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La vuelta al cole de nuestros hijos supone uno de esos marcadores en el libro de cada vida que nos hace detenernos a ver cuánto llevamos leído y cuánto nos queda por leer

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Enseñarás a volar
:: A. ESTÉVEZ
Ha comenzado el curso escolar. Un año más. Vivimos los días como si el tiempo no pasara cuando en realidad es tan efímero que si fuéramos conscientes de ello a cada rato, viviríamos en un estado de pérdida permanente. La vuelta al colegio de nuestros hijos supone uno de esos marcadores en el libro de cada vida que nos hace detenernos a ver cuánto llevamos leído y cuánto nos queda por leer. El pasado jueves, día de reencuentros y emociones, una profesora del colegio de mi hija contaba apenada que de pronto se había dado cuenta de lo mayores que eran sus hijos porque se había pasado el verano yendo sola a la piscina cuando hasta entonces era impensable hacerlo sin su compañía. Intenté imaginarme a mí misma en esa situación. Y no fui capaz. A modo de autodefensa, preferí seguir pensando que el verano, durante mucho tiempo, iba a ser esa época del año en la que casi nos confundimos entre nosotros de tanto estar juntos, y en la que tanta cercanía nos hace copiar la risa, los gestos, las miradas y las palabras del otro. Miré a mi hijo pequeño y me tranquilizó que todavía estuviera en la escuela infantil. Entró en su clase con su mochila al hombro, su ropa de estreno, y una mirada solemne que prometí copiar en la primera ocasión que tuviera de enfrentarme a algún temor. Se quedó sentado en un pupitre de su estatura, junto a otros niños de su talla, en un aula repleta de dibujos, letras, colores, juguetes, cuentos y afectos.
En la 'sala gran' de la escuela, desde la que se accede a todas las clases, las maestras habían expuesto un mural de bienvenida y consuelo destinado a los padres en el que podía leerse: «Les contaremos cuentos, les daremos cobijo, los llevaremos a caballito y los animaremos a volar, a aprender, a mirarse, a hablarse, a jugar y a estar juntos y contentos».
A quienes lo leíamos, se nos nublaba de emoción la mirada. Un hijo te conecta fácilmente con esa parte de la vida donde anida la belleza. Nos desvela lo que somos frente a lo que creíamos o a veces aún creemos ser. Ponen las cosas en su sitio. Y nada vuelve a ser lo mismo.
Ese primer día de colegio no trabajé igual. Me había acostumbrado a levantar la mirada del ordenador y ver a mi hijo junto a mí haciendo puzzles en el suelo, tranquilo, callado, buscando mi cercanía. Me había acostumbrado a levantarme de vez en cuando de mi escritorio para asomarme a ver cómo mi hija devoraba libros, plácida, absorta, transportada. Y también me había acostumbrado a oírles a cualquier hora por la casa con sus juegos, sus risas y sus riñas.
Escucho y leo en los medios de comunicación hablar de recortes en materia de Educación. Oigo a políticos y a sindicatos de profesores. Oigo hablar de cifras, de aumento o descenso en el presupuesto, de número de docentes, centros escolares, o estudiantes. Echo en falta que se hable menos de cifras y más de los niños. Echo en falta que bajen a la arena y que piensen en cada pronunciamiento, declaración o estadística , que están hablando y decidiendo sobre niños de ojos solemnes o llorosos, niños con sus mochilas llenas de ilusiones y temores, niños que dejarán un día de serlo aunque sus padres no quieran pensarlo, niños que llevarán con ellos toda su vida las torpezas y los aciertos de sus mayores. Me inquieta escuchar tanto últimamente que la Educación ha de ser una prioridad en cualquier sociedad. Porque hay cosas que son tan obvias que no haría falta decirlas. No quiero que se diga. Quiero que sea cierto. La formación de nuestros niños y jóvenes es un tema de tanta importancia que estoy echando en falta otro discurso que no me suene tanto a demagogia. Será que de tanto como se usa, al final todo me parece lo mismo.
Vuelvo a la Escuela a la hora de la salida. Su algarabía tiene un trasfondo conmovedor. En la puerta de un aula han pegado un folio donde hay escrito un poema. Dice así: «Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Pero sabrás que cada vez que ellos vuelen, piensen, sueñen, canten, vivan…estará el camino enseñado y aprendido». Y de nuevo se me nubla de emoción la mirada.

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