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ALBACETE - ALICANTE - MURCIA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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Eduardo Punset afirma que la principal enseñanza de su enfermedad fue experimentar que la solidaridad es innata al ser humano y muy anterior a las religiones

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Volver a la manada
:: JESÚS FERRERO
Con 'El viaje al poder de la mente' Eduardo Punset cerró su trilogía sobre las tres cosas esenciales que mueven al ser humano desde el inicio de los tiempos: La búsqueda de la felicidad, el amor y el ejercicio del poder. Cuando lo publicó había superado un cáncer y, supongo que por esa razón, el libro es diferente a todos los demás. Su hilo argumental se entrelaza de manera constante con reflexiones personales y recuerdos sobre su vida. A veces parece que quisiera dejar su testimonio por si no había tiempo para hacerlo después. Afortunadamente sí lo hubo. Lo sigue habiendo. Punset afirma que la principal enseñanza de su «percance biológico» fue experimentar que la solidaridad es innata en el ser humano y muy anterior a las religiones. «Determinadas circunstancias suscitan un despliegue de la moral innata, el altruismo y la generosidad en los individuos que cuesta apreciar en la vida ordinaria».
Cuenta en su libro que se siente agradecido por haber vivido en primera persona la conexión emocional y «los caudales impresionantes de altruismo» de aquellos pacientes hacinados en los pasillos de los hospitales esperando su turno para someterse al «martirio a cámara lenta» de la quimioterapia. Mucho antes de todo eso, sus charlas con investigadores y científicos de medio mundo ya le habían hecho concluir que la especie humana ha sobrevivido gracias a «dosis exageradas de optimismo» y a la vigencia de esos principios morales innatos. Una visión alentadora respecto a lo que somos, y enfrentada a esa otra en la que impera la competencia y la ley del más fuerte.
Me vino todo esto a la mente tras conocer el trabajo de un grupo de profesionales del Hospital de San Juan de Alicante dedicados a mejorar la vida de los enfermos durante el tiempo en que permanecen ingresados. Lo que más atrapó mi atención fueron sus cursos de empatía dirigidos al personal hospitalario con el fin de mejorar el trato humano que reciben los pacientes. Les enseñan cómo hablarles, cómo mirarles, y a comprender sus miedos y tristezas. Cosas sencillas que tienen su importancia en todos los ámbitos de la vida, pero más aún cuando la enfermedad nos hace vulnerables.
¿Quién no ha estado alguna vez ingresado en un hospital? O aún peor. ¿Quién no ha tenido ingresado alguna vez allí a un ser querido? Es cierto. Cómo se agradece en esos momentos un trato amable y sentirte comprendido. Hace tiempo, la enfermedad de alguien muy querido me hizo compartir una habitación de hospital con unos desconocidos. Fue precisamente en el Hospital de San Juan. Un hombre y su hija adulta asistían a las horas finales de una madre y abuela. La mujer, de blancos cabellos ondulados, estaba en coma. Supe de su vida y de su manera de ser a través de los conmovedores relatos de su hijo. Eran días estivales en los que el tiempo pasaba muy lento y en los que el mundo exterior se reducía a la misma foto fija que nos devolvía una y otra vez el ventanal. Pero también fueron días en los que llegué a sentir por ese padre y su hija un afecto muy especial. Todavía lo siento, aunque ya nada sepa de ellos. Mi padre y yo compartimos su sufrimiento, y ellos el nuestro. Como si las dos enfermas que había en la habitación sólo fueran una. Nos consolaban con amables palabras, y nosotros a ellos, nos sonreían y nos hablaban de sus cosas para animarnos, y también nosotros.
Recuerdo cómo me acercaba a la cama de aquella adorable y desconocida mujer de blancos cabellos de la que nunca llegué a ver su mirada. Le acariciaba la mano inerte, y le sonreía como si pudiera verme a través de sus párpados cerrados. «Qué resecos tiene los labios», dijo un día su nieta. Sin pensarlo, saqué de mi bolso una barra de cacao y se los pinté con extremo cuidado, como si fueran muy frágiles y se pudieran romper. Sentía a esa mujer como algo mío, y, sin embargo, mi verdadero dolor lo causaba el sufrimiento de la persona que ocupaba la cama de al lado. Tenía muchas menos canas y el pelo bastante más largo y despeinado. Un día, cuando llegué por la mañana, me la encontré peinada. La nieta de la señora en coma le había cepillado el pelo y le había hecho una coleta. Como si también la sintiera suya aunque no lo fuera. Para mí ese gesto fue de tal belleza, que aún me emociona recordarlo. Igual que el trato de una joven enfermera que, una noche, decidió sentarse junto a su cama para intentar tranquilizarla con caricias y susurros porque no podía darle más calmantes. Desde el otro lado de la habitación en penumbra, aquel hombre desconocido que velaba a su madre ausente, me sostuvo en silencio un instante la mirada, para que en ella pudiera ver su sufrimiento reflejado en el mío. Los dos eran el mismo. Fue una amistad profunda, desgarradora, precipitada por los acontecimientos, labrada por el frío arado del dolor. Sentí esa solidaridad, altruismo y generosidad de la manada descrita por Punset.
A nosotros nos dieron el alta y ellos se quedaron, aunque no mucho más. Todavía tuve tiempo de verlos una vez más. Fui a visitarles y a llevarles otra barra de cacao para los labios. Y a los pocos días, la mujer desconocida de blancos cabellos murió. Me da mucha tristeza pensar en ello. Pero de vez en cuando lo hago, a pesar de que es muy duro porque yo también acabé perdiendo, como ellos, a mi ser querido, sólo que unos meses después. No quiero olvidarme de la belleza de esa solidaridad innata que al parecer todos los seres humanos tenemos, aunque esté medio sepultada bajo el peso de otras preocupaciones y pensamientos generalmente mucho menos importantes. «El cáncer me devolvió a la manada», afirma Punset. Aquellos días de hospital, a mí también. Qué pena que lo único que nos hace tomar el camino de vuelta sea el sufrimiento.

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