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Opinión

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LAS HORAS Y LOS SIGLOS

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Hay quienes han vivido la experiencia del sentimiento religioso en su máxima extensión a través de una obra de arte (al observar el Cristo crucificado de Goya, leyendo unos fragmentos de la Guía espiritual de Miguel de Molinos, escuchando un réquiem de Francisco Guerrero, etc.) El sentimiento de Dios puede surgir en cualquier momento, espontáneamente, de la mano de una impresión estética, o no surgir nunca. También puede ser, ha sido lo más general, la educación recibida en la infancia la que ha tatuado unas creencias ajenas que, lentamente, quizá deformadas, han llegado a inscribirse en el consciente y subconsciente nuestro.
En muchos casos, estas creencias han ido acompañadas de un profundo temor a caer en el castigo del pecado impuesto por las instituciones religiosas, en definitiva, por aquellos que niegan vivir libremente, esto es, en base a nuestra propia responsabilidad individual. Ha sido, todavía lo es, un sentimiento basado en la culpa, un amor muy terrenal hacia un falso reflejo, lo que ha movido a la enseñanza y práctica religiosa oficial.
El guionista de la célebre Taxi Driver, Paul Schrader, vivió una educación familiar basada en ese temor divino, que le impidió, incluso, no ver ninguna película hasta cumplida la mayoría de edad. En su libro El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson, Dreyer (1972), recoge la siguiente cita del filósofo holandés Gerardus van der Leeuw: «La religión y el arte son líneas paralelas que se cruzan solamente en el infinito, allí donde se encuentra a Dios». Está claro que ese tipo de religión, a la que se refiere van der Leeuw y Schrader, no es la de las instituciones religiosas, no está auspiciada por ningún Papa, ni gurú, ni puente alguno entre Dios y el hombre. Siendo -por el contrario- el único puente, el único pontífice, el propio espíritu individual.
Tienen el arte y la religión un registro común que nivela su trascendencia: su dimensión espiritual. Un territorio que ni la mente ni otros límites pueden dominar, que se ubica en las altas esferas de la sensibilidad humana, esa sensibilidad que roza lo incomprensible, una mística más allá de la razón, un fuerza alígera por la que nuestra alma transita el mundo que rebasa sus límites comunes.
Diríamos que la experiencia mística tiene mucho de experiencia estética, y viceversa. Que en ambas circunda lo sublime con su hálito inefable. En aquello extraordinario por su grandeza, por superar nuestra limitada visión humana, reside lo sublime. Una especie de temor que seduce, que contraría y atrae, como la mirada a un abismo infinito. Así el arte puede rompernos con solo mirarlo, por la impresión que nuestros sentidos captan en la realidad material de una dimensión más allá de toda ordinaria aprehensión.
La visión clara de lo religioso, como de lo artístico, se da cuando no está fundada en previas concepciones. El fenómeno, para ser captado totalmente, ha de ser vivenciado como un nacimiento en el que no se sabe nada, desnudos frente al instante, salvo de lo que ese espontáneo instante que ocurre nos ofrece. Mística y estética se funden en un mismo sentimiento que revoluciona todo el ser desde sus entrañas y oscuridades más profundas hasta la base misma de la conciencia racional. Algo así como un caos instantáneo que ordena nuevamente la realidad vital. Quizá en un solo segundo el infinito se reconoce y ya queda integrado para siempre en el cosmos de nuestra experiencia.
Esas líneas paralelas (arte y religión), que lo son en tanto que fundaciones humanas, parecen tener un destino en común que sobrepasa lo finito. Allí, en lo infinito, se produce la unión místico-estética (espiritual), en un viaje aparentemente imposible. Pero sólo aparentemente. Pues a medida que nos vamos despojando de los equipajes inservibles, de las prendas baldías, de la memoria memorizada, del mañana previsto, el camino cobra sentido.
Un viaje que comienza como un destello de luz temible, pero que pronto comprendemos que nos es tan íntima como nosotros mismos, porque esa luz reside precisamente ahí: en el interior de uno mismo. Ahí está, siempre lo estuvo -en el centro de cada ser- la letra primera, el infinito.
www.lashorasylossiglos.blogspot.com

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