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ALBACETE - ALICANTE - MURCIA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

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Dejar de aprender, fumar inglés
JESÚS FERRERO
Si todos los años vamos a decir las mismas cosas y proponernos dejar de fumar, ver menos televisión o aprender idiomas, ya va siendo hora de parar de una vez por todas y hacer algo. Hacer algo en serio. Empecemos por la de romper la adicción al tabaco. No es fácil. Esta decisión se toma una vez para siempre o no se está decidiendo todos los años (por estas fechas, en enero) Para qué engañarse. No todo el mundo es igual. Unos dejan el tabaco y otros no.
Es bueno hablar las cosas, sacarlas a la luz. Por eso, no es desaconsejable tener charlas sobre el abandono del vicio. De hecho, en estas reuniones familiares en Navidad los fumadores que más hablan de dejarlo son los que más fuman.
Antes, hace años, uno fumaba rubio o negro y se escondía porque era adolescente y estaba mal visto. Más adelante, a medida que ese adolescente crecía, el mero hecho de fumar se convertía en algo positivo que daba facilidades sociales. A menudo en las fiestas, las chicas se acercaban a pedir fuego y la hora y ya no se iban.
Esto ha cambiado. Fumar hoy no es políticamente correcto. Fumar hoy es consecuencia de, una de dos, o un vicio mal curado o de franca rebeldía contra el sistema social actual. Los fumadores se reúnen clandestinamente, se apoyan unos a otros y se pasan cigarrillos. Fumar está penado y castigado. Y resulta agradable saberse parte de La Résistance. Si quiere fumar, fumará.
Sin embargo, hay quien preferiría no hacerlo. La gente habla de un buen libro de Allen Carr,The Easy Way To Stop Smoking. Consiga el libro en inglés y mataría dos pájaros de un tiro.
Lo de ver menos televisión va a ser más fácil ya que uno se ha dado cuenta de que el fluir de la vida no sigue las hojas del calendario. Empieza el mes de enero y piensa que la gente va a ser mejor, que alguien se ha propuesto no hacer el mal ni hacer daño al prójimo y ve que no, que no es así.
Comprueba que hay cosas que no cambian, como el abuso de los anuncios televisivos en momentos inapropiados. Y querría pedirle perdón al cronista de Jumilla por alusiones en algún escrito y concederle que no hay nada más cruel ni peor que recibir anuncios a discreción cuando una película está cerca del desenlace. Esos anuncios que, repetidos hasta tres y cuatro veces sin ton ni son, de colonia de mujer con silueta de jarrón de porcelana y vestido rosa salmón ralentizan ese momento final de la historia en que sólo escuchamos a Jack Sparrow en susurros decirle a la dama de boca diminuta : «It would never have worked between us, darling» («lo nuestro nunca resultaría, querida») y lanzarse de cabeza al mar.
La publicidad parece haber perdido toda lógica, aún habiendo comenzado un nuevo año, y no sigue su función primera de dar a conocer un producto al público para que lo adquiera, haciéndole ese producto atractivo y sugerente. La impresión que el espectador recibe es la de desagrado y hastío. Esta publicidad machacona va contra el séptimo arte, contra la salud pública, contra el espectador y el descanso y contra sí misma. Nada tiene que ver con aquella otra publicidad ingeniosa ofrecida en pequeñas dosis que nos hace sonreír en los intermedios de otro tipo de eventos televisivos.
Los anuncios son lo mejor de la programación si están bien hechos y se ponen en el momento preciso al igual que pasa con todo. Por ejemplo, las tarjetas navideñas o los villancicos. Parece que este año ha habido menos tarjetas de Navidad, ya sea por la influencia de las tradiciones anglosajonas (Halloween en octubre, Santa Claus o Papa Noel en diciembre) o debido al avance imparable de las nuevas tecnologías como la telefonía móvil o Internet y los correos electrónicos. Hay cosas que uno querría que no se perdiesen.
Una postal de felicitación se envía con tiempo, ni demasiado pronto ni demasiado tarde. Pues lo mismo debería suceder con los villancicos. Un coro de voces masculinas en armonía entona Adeste fideles a dos voces. El resultado puede ser conmovedor. A continuación se inventa otro que este oyente involuntario desconoce «son las cuatro menos diez» y lo repite el coro produciendo un bis «las cuatro menos diez». Las voces se difuminan en el silencio del insomnio hasta que, aproximadamente unos ocho segundos después, la sintonía del despertador desmiente este último canto y evidencia que son las «seis en punto» y que hay que levantarse para iniciar el madrugador viaje de regreso. Los chicos del coro no decían la verdad con la hora, habían perdido la noción del tiempo entre canto y canto y entre tanta camaradería. El nocturno de villancicos resultó agradable.
Si usted ha leído el título de ahí arriba «Dejar de fumar, aprender inglés» en lugar de su versión original, y si hoy fuma y no quiere fumar más, a lo mejor ya ha dado un primer paso para lograrlo, ¿no le parece?
Aprender idiomas, y aprender inglés en concreto, es una cuenta pendiente que llevamos en la sangre. Como dice el chiste, si usted pregunta a un británico qué es un español, no le extrañe que le diga que se trata de un tipo bajito que se pasa toda la vida estudiando inglés.
Y algo habrá que hacer para cambiar esa idea de que somos unos tipos bajitos.

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