Domingo, 12 de agosto de 2007
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San Fulgencio 'city'
Nada es lo que parece en el pueblo español con más extranjeros. Está en el sur de Alicante y el 70% de sus vecinos son foráneos
Have a nice day, tenga un buen día, desea el dueño del Eastenders a todo el que llega por la mañana a degustar un full english breakfast, ese desayuno completo a base de huevos revueltos, tocino, setas, alubias asadas, una mitad de tomate y zumo de naranja. El cliente tiene la prensa del día -The Sun, el Daily Mirror- y una fuente de abundante té sobre el mostrador. A diez minutos de distancia por carretera, la escena se repite con otros matices. En el Bar Jazz hay café con leche y pincho de tortilla o cruasán para empezar la jornada. Para no apearse de la actualidad, un televisor escupe las noticias y luego sigue con los magacines habituales.

Y todo sucede en San Fulgencio, un pueblecito rural del sur alicantino partido en dos por el trepidante urbanismo, donde casi nada es lo que parece. Allí falta poco para que una urbanización de adosados del tamaño de quinientos campos de fútbol, donde han fijado su residencia y engordado el censo cientos de pensionistas británicos, sobre todo, y alemanes, holandeses y escandinavos después -hay gente de medio centenar de países-, se meriende al casco urbano con el beicon y los buñuelos calientes que tanto gustan digerir. Ya los mapas que dibujan los límites del lugar dejan en evidencia sobre el papel la diferencia espacial entre La Marina, es la urbanización, y el casco antiguo.

114 calles y plazas

La primera comenzó a levantarse en los ochenta y hoy tiene ya 114 calles, plazas y avenidas. El pueblo original, fundado en el siglo XVIII por el obispo de Cartagena, Luis de Belluga y Moncada, ha crecido en tres siglos hasta las 26 callejuelas bordeadas por edificios sencillos que los recién llegados evitan ocupar. Ya que es posible, prefieren estar entre los suyos y en sus villas pagadas con libras esterlinas a las inmobiliarias españolas y sin tener que aprender otro idioma.

Pero los problemas de integración en San Fulgencio no hacen mella en la fría estadística, que la han encumbrado recientemente como la localidad española con mayor número de extranjeros: siete de cada diez. La media nacional está en nueve por cada cien.

«No somos políticos, pero si quisiéramos podríamos dominar el Ayuntamiento. Somos muchos», advertían los residentes de La Marina en las últimas elecciones municipales. Al final, no formaron partido propio, ni es su propósito, sino que se acabaron integrando en dos de carácter «independiente» formados por españoles: AIM (Asociación Independiente Mediterráneo) y Progreso y Orden. La alcaldesa Josefa Mora (Partido Popular) que chapurrea algo el idioma de Shakesepeare, se codea desde el pasado 27-M con Mark Lewis y Michael Peter Blake, dos de los cinco tenientes de alcalde, que chapurrean algo de la lengua de Cervantes.

«Siendo mi padre alcalde, vino el entonces gobernador de Valencia a probar el famoso cocido con pelotas», esa receta típica alicantina, recuerda Manuel Ramírez, un hombre de 65 años que juega al dominó con la cuadrilla cada tarde de verano. Que él sepa, a ninguno de «los de arriba» -así llaman «a los de la urbanización» los lugareños- les ha picado la curiosidad por probar este plato hecho a base de col, garbanzos, cordero, pollo y apio. Ahora que en el estómago de Ramírez tampoco entra la mostaza dulce que tanto usan «aquéllos» para condimentar el roast beef.

Entre unos y otros ha habido hasta la fecha más cordialidad que ánimo de crear convivencia y causa común. Cuando hace dos años San Fulgencio fue invitado a participar en el Grand Prix, el programa de Ramón García, se presentaron más candidatos de los necesarios, pero no fue un sólo foráneo. Por cierto que el nadador David Meca hizo entonces de padrino.

Cuando falta agua en el pueblo y se echan a perder 60.000 kilos de melones, alguna que otra culpa recae en La Marina, donde a las villas «nunca» les falta agua en época de sequía, critican los autóctonos. Y como los extranjeros son muchos más en número y no tienen «más que un médico» que les atienda a diario, creen «desproporcionadas» las atenciones que reciben los de abajo «si ellos ya disponen de los servicios principales: colegio, teatro...», considera Mark Lewis, afincado en San Fulgencio desde hace 24 años con su mujer, su hija, cuatro perros y dos gatos.

Qué culpa tiene él de que la macrourbanización haya ido creciendo sin sólidos criterios de planificación territorial. Sin servicios ni infraestructuras que, luego sí, correrán a a cargo de las arcas municipales. Para sufragar estos gastos que demanda la población turístico-residente, el Ayuntamiento se verá entonces obligado a conceder más licencias de obras con las que obtener recaudos. Una pescadilla que se muerde la cola.

En todo caso, viejos y nuevos sanfulgencianos viven vidas paralelas, pero se saben condenados a entenderse. Pocas amas de casa se apuntaron a los cursillos de inglés que la anterior corporación municipal organizó para facilitar el entendimiento con sus vecinos. Se cuentan con los dedos de una mano los matrimonios mixtos (extranjeros y nacionales), y también las parejas surgidas.

Con la elevada edad de los nuevos moradores, no nacen muchos niños, pero los que hay han sido suficientes para tener que ampliar, de momento base de barracones prefabricados, el colegio público José María Manresa. Hasta hubo que impartir las clases en el polideportivo del pueblo durante una temporada. «Ha habido que poner clases de apoyo fuera de las horas lectivas. Un profesor de matemáticas no tiene por qué saber inglés, pero hay niños que no entienden otro idioma», explica Josefa Mora, la alcaldesa. Pero acaban aprendiendo español y haciendo de intérpretes a sus padres cuando estos tienen que hacer algún que otro papeleo. Y la demanda de servicios desde la zona extranjera no queda ahí: una ambulancia, un retén policial, un autobús para ir a la playa, un centro social para celebrar cursos de claqué y de teatro... «La distancia lingüística no será tan grande cuando la física quede totalmente resuelta», opina Reme García, responsable del punto de información para el turista de San Fulgencio.

«Retiro dorado»

June y Eric Edwards, británicos habituados a viajar por todo el mundo, aseguran que vinieron a España «a pasar un retiro dorado como los españoles, su cultura y su clima nos encantan», pero se han tenido que «conformar con vivir como los ingleses, porque estamos rodeados». A otros no les importa tanto. Dave le ha puesto Suzanne Wellace a su recién nacido. Esta londinense lleva cinco años en tierras alicantinas. Regenta el restaurante Picasso. «Mi marido es pintor y elegimos este nombre». La joven cambió hace cinco años el frío de la capital inglesa por los 300 días de sol al año de Alicante. No barajó un nombre español para su pequeño. «Ni hablar». La misma respuesta cuando se le plantea la posibilidad de variar los horarios en su local. Con puntualidad británica, sirve platos típicos ingleses a las doce y media y a las siete y media para cenar, porque a las once echa el cerrojo. En el Picasso se reúnen el último miércoles del mes las Ladies in Spain del selecto Club Luncheon, integrado por mujeres de clase alta inglesa.

Otros como Suzanne Wellace han llegado a través de los inspection tours que organizan las inmobiliarias de San Fulgencio. Es un viaje organizado que por unos 80 euros incluye billete de avión ida-vuelta desde Gran Bretaña, alojamiento y manutención durante cuatro días. Luego se descontará esa cantidad del precio final de la vivienda en caso de que el participante acabe comprando una. Dispone de veinticuatro horas para tomar una decisión si quiere conservar sus opciones.

Brend Brandenburguer, de origen alemán, llegó, en cambio, por amor. Y no por el de una oriunda, sino por el de una austríaca residente en la urbanización. La única que respondió a su anuncio, que el hombre publicó en un diario alemán. «Busco a una muñeca con el corazón en su sitio. No fumo, no bebo, y soy superfeliz junto a mi cerdo Reiner, que es tan limpio como un gato». Y seguía el texto: «El animal usa correa».

 
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