Hemingway y los sanfermines

JOSÉ MANUEL MARTÍNEZ CANO
Hemingway y los sanfermines

Un año más, una de las pasiones hispánicas más desatadas y épicas, a la vez que bestial y absurda, se ha celebrado más pendiente de la estadística de corneados y de traumatismos craneoencefálicos, que de la belleza y otros ritos atávicos que subrayan el valor del hombre ante la bestia, ante la muerte. Las fiestas de San Fermín, que sin sus encierros no serían más que unas vulgares algarabías lugareñas, están en el mapa mundial del alto voltaje adrenalínico gracias al escritor estadounidense Ernest Hemingway, que un día gris y lluvioso en París, como tantos otros, muermo y aburrido de repetir tanta ronda nocturna de un café a otro -Le Select, Le Rotonde, La Closerie des Lilas, Lavigne's, Dome, Ritz, Crillon - en conversación con Gertrude Stein y por recomendación de ésta surge un viaje a Pamplona para levantar el ánimo y entusiasmar a un escritor al que París, con sus boxeadores y camareras, se le quedaba corto. También, esos escritores de la llamada generación perdida de la que él formaba parte, tenían que cicatrizar las heridas sufridas de la I Guerra Mundial, y nunca mejor dicho en el caso del Hemingway, que fue herido en la retaguardia.

Esta fiesta total que son los sanfermines, sin tregua al sueño ni al descanso, donde todo vale y los efectos etílicos acentúan el héroe que todos llevamos dentro, han cosmopolitizado un recorrido de apenas cuatro minutos, algunos más cuando algún morlaco se queda rezagado, y han hecho de la cuesta de Santo Domingo, la curva de la entrada a la Estafeta o Mercaderes, lugares míticos como batallas entabladas y registradas en manuales de historia, dignas de figurar al lado de las Termópilas o Maratón. Cierto es que la historia mágica de España guarda un lugar ancestral, festero y popular a los sanfermines, pero aquel verano de 1923 en que Hemingway llegó con su esposa Hadley a Pamplona fue crucial para estas fiestas pues ahí empezó a gestarse una de las más bellas novelas del autor americano, Fiesta, cuyo título original fue el bíblico The Sun Also Rises, pues Hemingway desconfiaba de que el público no captase el verdadero sentido español de la palabra fiesta. Hemingway regresó a París extasiado de lo que vio en Pamplona, aparte de fotografiar, con el realismo genial del escritor de Illinois, hombres corriendo delante de los toros desafiando a la muerte, el destino que los dioses oscuros nos esconden en cada rincón del alma. Además del carácter puramente local y taurino, la novela se hace eco del espíritu de una generación trastornada por la guerra, que se evade con la bebida y fiestas frívolas, y que trata de escapar a todo excepto a las emociones más fuertes que les ofrece la vida, como en este caso esa lucha que se libra en un ruedo, entre el hombre y el toro.

Para este solitario cazador de valores absolutos, las corridas de toros y su ambiente eran una fuente inagotable de estímulos -no se olvide que escribió otra novela dedicada a la tauromaquia, Muerte en la tarde-, en ellas se daban cita, en un mismo instante, toda la esencia de la lucha: el peligro y el coraje, el miedo y la malicia, la dignidad y la honra, el silencio y la alegría, el sol y la oscuridad, respeto y desprecio, elegancia y sensualidad. Todo eso, como dice Eric Nepomuceno, uno de sus biógrafos, «era, naturalmente, extensivo en el país y a su gente. Aquella España mágica era el marco ideal». Y en ese marco, escenario históricamente dramático para lo que se avecinaba poco después surgió Fiesta, una novela que es la mejor promoción turística que jamás haya tenido Pamplona para sus fiestas de julio y muy por encima de la realidad de lo que hoy son sus sanfermines, una cita multitudinaria con muy poca o casi ninguna épica.

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