Quince niños saharauis han aprovechado el verano para tratar su salud en Albacete

Uno de los pequeños afectado por una ceguera podría recuperar la vista al recibir un transplante de córnea

MAITE MARTÍNEZALBACETE

Cuando Ahmed escucha el rumor de la fuente de la plaza del Altozano exclama una de las primeras palabras que ha aprendido a pronunciar en castellano: «piscina». Para este niño saharaui, de apenas seis años, ciego desde que nació, la piscina ha sido el gran descubrimiento de este verano, su primer verano en España, fuera de los campamentos de refugiados. En Albacete, este pequeño, no sólo ha descubierto la piscina. Lo más importante es que ha encontrado una esperanza, la medicina puede darle una visión que nunca tuvo. «Nos han dicho que el nervio óptico no lo tiene dañado, así que es posible que con el tiempo se le puede hacer un trasplante de córnea», nos cuenta Chrysta, su 'madre' de verano. Habrá que esperar a que Ahmed vaya cumpliendo años y que verano tras verano siga viniendo a Albacete para que los médicos observen su evolución.

Chrysta es una joven licenciada en Derecho, decidida a formarse en la atención a personas con discapacidad, que conocía la causa saharaui de cerca, pues había tenido oportunidad de viajar a los territorios ocupados en las Caravanas de la Paz en el Sáhara. Este verano alguien le dijo que faltaban familias de acogida para niños saharauis discapacitados y, dicho y hecho, allí que se ofreció, acogiendo en su hogar, la casa en la que vive junto a sus padres, a Ahmed. Ahora, su día a día, es hacer la vida un poco más agradable al pequeño, llevándolo a la piscina para que aprenda a nadar, al parque o a la Once, donde le ayudan mucho, «hasta nos han dejado juguetes adaptados».

Puertas abiertas

Como la familia de Chrysta, un millar de hogares en la provincia han abierto sus puertas a los niños saharauis que han venido a pasar un par de meses alejados del calor y la arena del desierto, dentro del programa Vacaciones en Paz, que en Albacete lleva 14 años celebrándose. Como Ahmed, otros catorce chicos llegaron con alguna discapacidad o problema de salud, lo que ha hecho más difícil encontrar familia. «Lo pensé muy bien y al final, con el apoyo de mi madre y mi novio, me decidí», relata Marisa, otra joven albaceteña, maestra de profesión, que este verano tiene a Rabab como compañera inseparable. Rabab tiene 16 años, es prima de Ahmed y como él está ciega. En su caso, los médicos no han dado ninguna esperanza, porque sí tiene dañado el nervio óptico. Sin embargo, su estancia en este 'primer mundo' le resulta muy beneficiosa.

Ella misma, en su particular español, nos cuenta que pasó seis meses en un colegio de la Once en Madrid, junto a su hermana mayor, también ciega. Allí aprendió a leer en braille, algo de matemáticas y una serie de destrezas básicas para dar cierta autonomía a un invidente. «Hemos estado en Madrid, con a sus profesores y nos han dicho que se nota que ha perdido entrenamiento», nos cuenta Marisa, «junto con sus padres, están haciendo lo posible porque vaya de nuevo a este colegio, pero los trámites son muy difíciles».

Un bastón en el Sáhara

Si la vida en los campamentos de refugiados no es fácil para nadie, menos todavía para una persona con discapacidad. «A Rabab le gusta mucho el bastón, -relata su 'madre adoptiva'-, cuando estuvo en Madrid aprendió algo a manejarlo, pero al llegar al Sáhara se le rompió». Y que un ciego se quede sin bastón en un lugar donde hay problemas de hambre, pues pasa a convertirse en un problema secundario. «Los niños discapacitados han estado un poco olvidados en los campamentos saharauis, su situación era muy mala, pues hay otros problemas políticos, sanitarios y de alimentación más de primera necesidad que resolver». Quien hace esta reflexión es Paula Andrés, voluntaria, que hace cinco años respondió a la llamada de esta comunidad para educar a estos chicos. Desde entonces, esta profesora de lenguaje de signos aprovecha sus vacaciones de Navidad y Semana Santa para, junto con otros voluntarios, viajar hasta los campamentos y echar una mano en la formación de este colectivo.

Este equipo de voluntarios, colabora a nivel escolar, familiar y también con el gobierno del Frente Polisario, en la educación de los niños sordos y mudos. «Cuando empezamos, en los campamentos no sabían muy bien cuál era el método correcto de enseñanza y nosotros les trasladamos la metodología que usamos aquí, que es la bilingüe». Gracias a su trabajo, los niños saharauis sordos están aprendiendo a leer y escribir, a manejarse con las matemáticas y también a comunicarse en lenguaje de signos.

«Estos niños no sabían ni que tenían un nombre, ni quiénes eran los que le rodeaban -relata Andrés-, la comunicación es lo que nos hace personas, lo que nos ayuda a pensar, a deducir, a expresarnos y eso es lo que les hemos dado". En el aula montada para la atención de niños sordos, también se atiende a los pequeños que son mudos bien por una parálisis cerebral o incluso porque sufren un mutismo selectivo a consecuencia del trauma que supone para ellos vivir en una situación casi de guerra.

Voluntarios

Los voluntarios de Albacete, -se han implicado profesionales de todo tipo, desde logopedas a artistas para elaborar materiales-, también echan una mano en un aula que se ha creado para atender la educación de las personas ciegas allí en el Sáhara.

Lucha por que cada vez salgan más niños con discapacidad de los campamentos a pasar un verano en paz aquí en España. «Invito a las familias a que acojan a un niño discapacitado, les aseguro que es una experiencia muy bonita», dice Andrés, que reclama para estos pequeños las mismas oportunidades que para los demás niños saharauis, «ahora son muy pocos los que se pueden beneficiar de esta experiencia, porque nos cuesta mucho encontrar familias, pero a ellos les hace mucha falta venir».

La experiencia se acaba y los niños vuelven a sus casas. Mañana a las 21 horas, tras dos meses conviviendo con familias albaceteñas, se celebra la tradicional fiesta de despedida, en el restaurante de La Pulgosa. Será un hasta luego, hasta el próximo verano.