El suntuoso retablo de La Purísima vuelve a brillar

Esta obra barroca y churrigueresca fue instalada en la parroquia en 1939, tras permanecer en el desaparecido convento de Justinianas de la Plaza del Altozano

ANA MARTÍNEZALBACETE
INAUGURACIÓN. El párroco Javier Avilés en la reinauguración del retablo de la parroquia. / M. PODIO/
INAUGURACIÓN. El párroco Javier Avilés en la reinauguración del retablo de la parroquia. / M. PODIO

Tras algo más de un año de un minucioso trabajo de restauración, el retablo churrigueresco de la parroquia de la Purísima Concepción, procedente del desaparecido convento de Justinianas ubicado en la Plaza del Altozano, luce con su máximo esplendor gracias al programa de conservación asumido por la Comisión Mixta Iglesia Católica-Junta de Comunidades, desarrollado por la Consejería de Cultura y, más concretamente, por la Dirección General de Patrimonio y Museos.

La restauración, que ha supuesto un coste cercano a los 158.000 euros, ha corrido a cargo de la empresa Alfagia Conservación de Bienes Culturales que ha logrado devolver a esta obra todo el brillo y belleza que le imprimió el escultor Francisco Montllor en 1702.

Según ha escrito el historiador Luis Guillermo García-Saúco Beléndez en un tríptico editado por el Instituto de Estudios Albacetenses (IEA) a propósito de la restauración de este retablo, la obra procede del desaparecido convento de Justinianas de la Concepción que estuvo situado en la Plaza del Altozano. Fundado en 1571 por Juana Ruiz de Cañabate, se estableció en una casa-palacio blasonada del siglo XVI cuyos escudos renacentistas de su fachada están depositados en el Museo Provincial de Albacete.

Como la capilla del convento era pequeña, en 1680 se inició la construcción de un espacioso templo de manera que pocos años después se planteó la ejecución de un suntuoso retablo -el hoy restaurado- como culminación del adorno de aquel edificio.

García-Saúco afirma que el 22 de abril de 1702 se firmó el contrato de ejecución con el escultor y ensamblador Francisco Montllor, por una cantidad de 7.500 reales de vellón y con un plazo de ejecución de 12 meses, de tal modo que el 22 de abril de 1703 la obra debería estar concluida y plantada, a falta del dorado y la policromía que se llevaría a efecto, según otro contrato de 1708, a lo largo de otro año, por los maestros doradores valencianos Antonio de Moya y Joseph Ychez, por la cantidad de 4.500 reales de vellón.

Imágenes originales

El historiador albaceteño hace en su escrito una interesante observación: en este flamante relato se colocaría una imagen de la Inmaculada Concepción más antigua que habían traído en el siglo XVI las monjas desde Murcia. Por este motivo, en el contrato se especificaba que habría de labrarse una peana «bien trabajada con buena hojarasca» en el nicho principal. «Evidentemente, aquella imagen renacentista, quizá del escultor y arquitecto Jerónimo Quijano, el autor de las columnas de la Catedral, y que se conserva en propiedad privada, contrastaba claramente con el estilo del nuevo marco barroco, por lo que años después, en 1745, la comunidad monástica encargó a Francisco Salzillo una de sus más exquisitas producciones escultóricas, una talla con idéntica advocación que en los años de la Desamortización (1837) volvió con las monjas al convento de Justinianas de Murcia, donde se guarda», escribe el historiador albacetense, que se permite añadir una sugerencia: «Quizá sería deseable hacerle una copia para presidir de nuevo este gran retablo y sustituir la talla industrial que hoy alberga el camarín».

Precisamente, con la Desamortización de Mendizábal se produjo el cierre del convento de Justinianas que, tras diversas vicisitudes, quedó clausurado en 1837.

Fue entonces cuando el convento pasó a ser delegación provincial de Hacienda. En 1935 y ante el deterioro del convento se planteó la construcción de un nuevo edificio en parte de lo que habían sido huertos conventuales y con la idea de hacer más espaciosa la Plaza del Altozano.

Mientras las imágenes fueron donadas a otras iglesias y perdidas en la Guerra Civil, el retablo fue donado a un carpintero con la condición de desmontarlo.

Tras la destrucción del retablo que había en la parroquia de la Purísima como consecuencia de la Guerra Civil, el carpintero Rogelio Martínez Fernández decidió en 1939 regalar y montar el retablo de Justinianas que durante más de cuatro años había permanecido desarmado en la cueva-sótano de su casa. «El montaje no fue perfecto, se excluyó -quizá por altura- un plinto en el ático y algunas piezas faltaron, se hicieron repintes y los barnices han oxidado, pero debemos felicitarnos de que aquella obra artística se salvara de una destrucción cierta y la memoria de aquel carpintero debe recuperarse».

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