El acoso escolar

ALBACETE

En la actualidad, nuestras autoridades públicas, tanto del poder ejecutivo como del legislativo y judicial, son las primeras en ofrecernos claros ejemplos de violencia verbal y acoso psicológico contra el adversario político o cualquier persona digna que defiende la equidad y la justicia, sin ningún tipo de intereses sectarios, disintiendo del comportamiento partidista de quienes ostentan el poder. En este espectacular contexto de virulencia verbal, las descalificaciones personales y las técnicas de mobbing político y mediático que se nos ofrecen en los medios de comunicación, posiblemente incidan en un incremento de la violencia, en los diferentes ámbitos: escolar, familiar, laboral, etc.

En la escuela, no constituye un problema nuevo; pero, hace poco más de un año, tras el triste final de Jokin, alumno de 14 años de Hondarribia (Guipúzcoa), que sufrió maltrato psicológico y físico por parte de sus compañeros de instituto, abocándolo al suicidio, se dispararon las alarmas sociales, políticas y educativas, generando múltiples debates, seminarios, estudios Sin embargo, no sólo no se ha conseguido frenar el problema, sino que los casos de acoso escolar afloran como algo natural y normal, en una sociedad cada vez más competitiva e insolidaria. (...)

Resulta obvia la indiferencia de la Administración educativa en este problema, por lo que es preciso exigirle responsabilidades políticas y sociales, para que supere el falso debate de las cifras, olvide el síndrome de la negación institucional y haga frente al problema de la violencia en las aulas.

Las situaciones brutales, producidas en los centros escolares, no se limitan a las peleas, robos o destrozos en las instalaciones, sino que hay que considerar igualmente el acoso psicológico, más peligroso y difícil de detectar. La conducta bullying se define como la violencia persistente guiada por un sujeto escolar y dirigida contra otro escolar, que no es capaz de defenderse a sí mismo, en una situación que se desarrolla en el contexto escolar. ( )

Si nos centramos en la asociación de antecedentes de malos tratos en la infancia y la presencia de trastornos psicopatológicos en la edad adulta, se ha observado un aumento de trastornos de ansiedad, dependencia de las drogas y comportamientos antisociales, incrementándose la probabilidad de presentar una sicopatología, en algún momento de la vida adulta. Consecuentemente, resulta evidente la importancia clínica y epidemiológica de la detección e intervención precoz. Resulta curioso, en otros casos relacionados con la violencia familiar o laboral, esa especie de pacto de silencio de las personas que suelen y pueden conocer la situación de acoso. Los estudios realizados permiten comprobar que la dinámica del bullying se ve favorecido por la pasividad de otros compañeros, que, a pesar de la evidencia del problema, se convierten en observadores interesados e inhibidos. Tal actitud tiene un componente defensivo, a fin de intentar evitar ser otro posible blanco de los ataques, convirtiéndose así en cómplices pasivos de la situación. Al no apoyar a la víctima de acoso, en cierta medida, sus compañeros están generando y manteniendo las situaciones violentas. Evidentemente, la violencia en las aulas no es una conducta desconocida, sino oculta y silenciada, aunque pase inadvertida para los adultos.

El alumnado que sufre bullying no siempre dispone de un contexto familiar o escolar que le posibilite informar del posible acoso que está padeciendo. ( )

En nuestro país, a pesar de la evidencia del problema, demostrado en diversas estadísticas, la realidad es que se ha hecho muy poco para afrontar con efectividad este tipo de violencia, en los ámbitos. No se debe olvidar que el centro escolar es el lugar propicio para la primera interacción social no familiar, por lo que las implicaciones que tienen esas relaciones en el contexto escolar son tan importantes como las que se derivan del contexto familiar. Las influencias de sus compañeros van a determinar cómo el escolar va construyendo sus propios esquemas y la representación del mundo físico y social. Consecuentemente, un clima de violencia va a tener consecuencias muy negativas para su desarrollo psicológico, social e intelectual, así como en la formación de una adecuada jerarquía de valores en cualquier adolescente.

Las Administraciones Públicas tienden a minimizar los hechos, a buscar explicaciones y sancionar a la baja al acosador, cuando no a inculpar al acosado si se defiende, a asignarle un diagnóstico psicopatológico e incluso a que sea tratado farmacológicamente, es decir, se libera al acosador de su carga y se abandona al acosado a su suerte.

Una vez más, es necesario insistir que nos encontramos ante un problema social que requiere un planteamiento holístico, en el que los primeros en cambiar actitudes deben ser nuestros representantes públicos, sindicatos incluidos. No debemos olvidar que la mayoría de los alumnos que muestran conductas agresivas en la infancia suelen convertirse en adultos violentos. Por tanto, la educación para la paz, la no violencia, la tolerancia y la solidaridad, desde la más temprana edad, constituyen el mejor medio para prevenir estas situaciones y la también preocupante violencia doméstica. Una tarea en la que deben trabajar colaborativamente, no sólo los padres y docentes, sino la sociedad, en general, porque es un gran problema para todos.

Ascensión Palomares Ruiz

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