'Roma' vs 'Roma'

'Roma' vs 'Roma'

Una crítica políticamente incorrecta

CHUMILLA-CARBAJOSA

Cuando oí hablar de la película de Cuarón pensé que se trataba de algún tributo a la Roma que Federico Fellini rodó en 1972. Quizá un ejercicio análogo al que hace unos años Sorrentino realizó con su 'La gran belleza' (2013), post-moderno y, para mí, fallido intento de equipararse a la magistral 'La dolce Vita' (1960). Pero nada que ver. Resulta que la Roma del director mexicano alude al nombre de un barrio del D.F. en donde se crió. Podría haber hecho un juego de palabras al estilo de 'París, Texas' (1984), espléndida película de Wim Wenders, llamándola 'Roma, México'. Pero se decantó solo por 'Roma', sin duda siendo consciente de que el título ya había alcanzado el cielo de la cinematografía por obra y gracia del genio de Rimini. Supongo que dicha elección, usurpando el título de un film previamente consagrado, nada le importa a la mayoría de la gente que por desgracia poco ha visto del cine clásico. Así que, sin poder ser ajeno a la campaña de 30.000.000 de dólares que Netflix ha dedicado para promocionar esta nueva 'Roma' cuya producción costó la mitad de esa cifra, y tras su éxito internacional en la Mostra del Cinema de Venecia donde consiguió el León de Oro, no pude resistir la tentación de verla. Paradójicamente, la película se proyectó por tiempo muy limitado y en muy pocos cines, así que tuve que pasar por la taquilla televisiva de Netflix para poder verla en un monitor de 42 pulgadas.

Me cautivó el gran hallazgo visual de la primera secuencia en blanco y negro, con el reflejo de un avión sobrevolando el charco de un suelo que está siendo fregado. Pero como diría Borges, cualquiera es capaz de inventar un verso feliz. Otra cosa es escribir un poema. La 'Roma' de Cuarón está llena de versos felices, pero he de confesar que poca poesía encuentro en su película, a pesar de su gran talento visual. Sé que mucha gente no piensa como yo y ha sucumbido al encanto de esta película, superando el aburrimiento que su inexistente trama provoca en otros muchos espectadores a quienes el respetable intento de Cuarón por jugar a la contra del modelo aristotélico, buscando la emoción en una historia minimalista y llena de tópicos, les resulta francamente soporífero.

Por la parte que me toca, estoy libre de toda sospecha y, precisamente porque conozco en profundidad el cine de Antonioni, Tarkovsky, Oliveira, Angelopoulos y tantos otros maestros del tiempo dilatado, tengo que decir que lo que Cuarón propone es algo que he visto en muchísimas películas, algunas muy conocidas y otras no tanto, de cineastas independientes que buscan otra mirada más contemplativa y reflexiva, diferente a la que impera en la industria audiovisual, en su mayor parte controlada por las grandes compañías. Les aseguro que conozco varias películas inéditas o malditas muy parecidas a 'Roma', que con 30.000.000 de dólares para su promoción llegarían tan lejos o más que la de Cuarón. Algunas fuentes han publicado que Netflix se ha gastado la friolera de 60.000.000 de dólares en la campaña promocional de 'Roma' en los premios Oscar. Finalmente, no logró la estatuílla a la mejor película pero sí al mejor director, mejor fotografía y mejor película de habla no inglesa. Así funciona el negocio de la vanagloria. Por otro lado, cuando se supera el sarampión del formalismo, uno se da cuenta de que, aunque la forma hace el contenido, también el contenido hace la forma. Quizá para muchos sea suficiente filmar con gran destreza audiovisual, evitando los primeros planos, la vida de una familia mexicana, durante los años 70, en torno al personaje de una criada indígena que a todos nos recuerda a aquellas muchachas de clase humilde que vivían en hogares pudientes en muchos países del mundo. Nada que objetar, salvo el aburrimiento. Mi opinión es puramente subjetiva y no tiene más valor que el del libre ejercicio de expresar algunas ideas, aun a riesgo de estar equivocado. Alguien me dijo a propósito de 'Roma': «La película no cuenta nada pero qué bien contada está, ¿verdad?». A lo que yo respondí: «¿El qué, la nada?».

¡Ay, la post-modernidad!

Vivimos en una época donde, por desgracia, las obras dependen demasiado de su contexto, y no pueden ser analizadas sin él. Por otro lado, sin profundizar en el oportunismo temático que lo vincula con el perverso muro xenófobo de Donald Trump, ¿qué significa que una plataforma de contenidos digitales, concebida para su consumo en televisores, ordenadores y dispositivos móviles, haya producido, como estrategia publicitaria, una película de autor que debería estar destinada a su exhibición en salas cinematográficas?

Ya se atrevieron a especular con la obra inacabada de Orson Welles, 'The other side of the wind'; película que, por respeto al genio de Welles, no he querido ver. Mientras muchos festivales se cuestionan el sentido de dar cabida en sus selectos templos cinematográficos a producciones pensadas para el consumo directo en cualquier parte y en cualquier contexto, Netflix, y otras plataformas afines, se están convirtiendo en el motor de la industria a la que pretenden dominar, empeñados en hacer pasar un elefante por el ojo de una aguja, haciendo que la gente se olvide de la importancia de ese ritual que define lo que es el cine de verdad, desde sus albores: la comunión colectiva, oscura y silenciosa en la proyección de una película en una gran pantalla para soñar despierto, sin interrupciones. Así de simple.

¿Podemos ver a Netflix como el caballo de Troya que el mundo del cine está acogiendo, sin saber muy bien cuáles serán las consecuencias? El cine comenzó a morir el día que la televisión se convirtió en su principal fuente de financiación y la publicidad impuso sus reglas de consumo. Vender es lo importante: mierda y cultura bajo un mismo envoltorio brillante. Así funciona hoy en día la industria audiovisual. ¿Tiene esto algo que ver con el arte?

Esa otra 'Roma' que para mí sí es cine con mayúsculas es la Roma de Federico Fellini. Una obra que también se aleja del «planteamiento, nudo y desenlace» que Aristóteles marcó a fuego en la narrativa de Occidente, pero por otros derroteros antípodos a los de Cuarón. 'Roma', la de Fellini, es una película asombrosa, construida como un gran fresco de personajes y situaciones repletas de verdad y fantasía, donde la memoria se estiliza y la imaginación aflora con una absoluta maestría por su humor, ternura, nostalgia, irreverencia, vitalidad, poesía... Una obra maestra que narra la esencia de esa inabarcable e íntima ciudad llamada Roma, y como ella es única, inimitable y eterna. Parafraseando a Bogart en 'Casablanca': «Al menos, siempre nos quedará esta otra 'Roma'».

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