El miedo a las armadas inglesa y argelina en nuestra costa y el gran susto del año 1602

Torre de Cope (Águilas). Aquí fueron apresadas unas 60 personas por el corsario Morato Arráez. / MURCIATURÍSTICA
Torre de Cope (Águilas). Aquí fueron apresadas unas 60 personas por el corsario Morato Arráez. / MURCIATURÍSTICA

FRANCISCO VELASCO HERNÁNDEZ

Cuando en 1587 el corsario inglés Francis Drake atacó la desprevenida Cádiz, el principal problema para las costas del reino de Murcia se llamaba Murad Raïs (castellanizado como Morato Arráez). Ese mismo año, el temido corsario argelino perpetraría un peligroso desembarco en Calblanque, con el que puso en tierra a un millar de soldados, que se batieron durante varios días con las milicias de Cartagena y los refuerzos enviados desde otras localidades murcianas. Tres años antes había hecho lo mismo en Callosa d'Ensarría, capturando a un buen número de aldeanos. Y a punto estuvo de realizar algo similar en la cercana villa de Mazarrón, al año siguiente (es el famoso «milagro de Bolnuevo»). Sí tuvo más éxito en 1586, cuando se atrevió a llevar a cabo lo que nadie hasta ese momento se había atrevido a hacer: cruzar el Atlántico y atacar a la indefensa isla de Lanzarote, apresando a buena parte de su población.

Las noticias del primer ataque a Cádiz se conocieron en Cartagena el 8 de mayo de 1587, una semana después de ser perpetrado. Se tomaron algunas medidas defensivas de escaso calibre, con el convencimiento de que la armada inglesa difícilmente embocaría el Estrecho para atacar algún puerto del Mediterráneo español. Lo que sí provocó fue la inmediata respuesta del rey Felipe II, que al año siguiente envió contra la infiel reina Isabel I la conocida como Armada Invencible (1588). De su desastre y de la réplica aún más desastrosa de la Contra Armada inglesa (1589) se debatió ampliamente en el congreso celebrado en abril en el Museo Nacional Arqueología Subacuática de Cartagena.

De todas formas, el ataque de Drake trazó un camino que los ingleses no tardarían en repetir. Fue así como, en 1596, un nuevo y poderoso desembarco combinado de las armadas británica y holandesa en Cádiz arrasó la ciudad durante varios días, incendió o capturó los barcos fondeados en su puerto y puso en fuga a todos sus habitantes. La alarma esta vez sí fue de gran envergadura, y en Cartagena, como en otras localidades del Sureste, se temió una hipotética invasión, con daños irreparables. Por el momento no se produjo ningún desembarco, pero la llegada de noticias sobre avistamientos de escuadrillas inglesas en el Mediterráneo confirmó en los últimos años del siglo XVI que ningún puerto ya podía quedar a salvo.

Entretanto, el familiar corso berberisco mantenía su acoso constante contra las costas del reino de Murcia. El número de apresamientos de naves mercantes y de desembarcos en el litoral creció espectacularmente en las últimas décadas del siglo XVI y primeras del XVII; y, con ellos, la captura de numerosos vecinos, ya fueran pescadores, agricultores, pastores o guardias, que fueron a engrosar la larga nómina de esclavos cautivos existente en Argel, Túnez o Tánger.

Cartagena y Mazarrón

Así las cosas, en los meses centrales del año 1602 se van a unir dos situaciones muy peligrosas para las costas del reino de Murcia, y para Cartagena en particular: la presencia desafiante de las escuadras inglesa y argelina. La primera de ellas apareció frente a la bocana del puerto la tarde del 18 de abril, con 93 navíos de guerra. Era una armada formidable, que podía poner en tierra a más de 10.000 soldados, lo que, para una ciudad pequeña, como Cartagena, con no más de 1.500 hombres capaces de tomar las armas, suponía un tremendo peligro. La gravedad era extrema, y se temía un trágico desembarco, como los acaecidos en Cádiz, Lisboa o La Coruña.

Por eso acudieron rápidamente refuerzos de diversas localidades del reino de Murcia, excepto de la capital, que se retrasaron varios días y llegaron cuando ya la amenaza había desaparecido. Afortunadamente, y tras calibrar la dificultad a la hora entrar y salir del interior del puerto cartagenero, la poderosa armada inglesa abandonó nuestras aguas, marchando hacia un destino desconocido.

Con todo, no iba a ser este el único susto. También el otro gran corsario, Morato Arráez, provocaría un enorme rebato en agosto de 1602. Ya vimos cómo mantuvo una presión constante sobre nuestro litoral en las últimas décadas del siglo XVI, que incluso motivó que se organizara una fracasada expedición desde Cartagena para capturarle en 1595. Pero, en ese mes, la necesidad de buscar información sobre la armada que el rey Felipe III preparaba para atacar Argel le llevó a nuestra costa. Concretamente, a la zona de Cabo Cope, donde abordaron tres embarcaciones, cuya tripulación huyó y se refugió en la torre construida al lado de ese cabo. La ciudad de Lorca se movilizó y envió una tropa de 300 soldados para protegerles, con un destacamento de unos 50 infantes y caballeros, que se adelantaron y llegaron a la torre antes que el resto de la infantería. Pero no contaban con que el viejo corsario desataría un terrible bombardeo sobre la torre y un duro asedio posterior, que obligó a rendirse al destacamento lorquino, con dos regidores al frente, a los guardas del baluarte y a los pastores y marinos de las embarcaciones que se habían refugiado en ella (algunos defensores murieron en el asalto).

En total fueron capturadas por Morato más de 60 personas, a las cuales trataron de rescatar sin éxito en Escombreras. Y aunque se le siguió de cerca y se preparó una emboscada en La Manga, donde recalaron sus naves, la escuadra capitaneada por Morato no cayó en la trampa y pudo marcharse tranquilamente hacia Argel con un magnífico botín de esclavos cristianos. Era la «ley de la buena guerra», que decían. Acabó de esa manera el año «caliente» de 1602, en que la amenaza sobre Cartagena y las costas del reino de Murcia estuvo a punto de materializarse en un trágico y fatal desenlace.