Y Macondo se hizo eterno

Y Macondo se hizo eterno

Editores, escritores, profesores y críticos recuerdan qué les supuso la lectura del libro

V. U. / A. A.

Una epifanía. Una revelación, un viaje sin retorno, un sentimiento parecido al del primer amor o incluso un acto de pasión. Hay muchas maneras de leer y de sentir 'Cien años de soledad', tantas como lectores y miradas, y por eso no hay duda de que degustar sus páginas no deja a nadie indiferente. Menos a quien la devora, revuelve con mimo sus líneas y trata de retener, a lo largo del tiempo, esa primera sensación que brinda el placer de descubrir los secretos que esconde Macondo. Escritores, críticos, docentes y editores confiesan a 'La Verdad' todo aquello que supuso para ellos, para su profesión, personalidad y vida, la lectura de esta obra maestra del Nobel cataquero.

La única diferencia actual entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ochoLas estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra

La leyó relativamente tarde, confiesa que «quizá un tanto abrumada por la fama que, en algunos libros, puede llegar a convertirse en un lastre. En clase de literatura, en BUP, había leído distraídamente 'Crónica de una muerte anunciada', y había escuchado al profesor contarnos 'El coronel no tiene quien le escriba', igualmente con el interés puesto a medias en otras cosas. Tiempo después, y tras varias noches seguidas sin poder cerrar 'El amor en los tiempos del cólera' hasta acabarlo, decidí que había llegado el momento».

Para Natalia resulta imposible hablar de 'Cien años' sin caer en tópicos. «La magia empieza, sí, por el principio: esa primera frase ('Muchos años después...') que, como la de alguna otra novela antológica ('Todas las familias felices se parecen'), establece con exactitud un tono; un pulso; un hilo narrativo en permanente tensión que encadena al lector, página tras página, sin soltarlo ni para tomar un respiro.

Reconoce que de su lectura, aunque los personajes sean inolvidables, «la impresión que más retengo es la del exceso: 'Llovió cuatro años, once meses y dos días'. La exuberancia invasiva de la naturaleza, en agudísimo contraste con la sobriedad del paisaje castellano en el que yo me hallaba, me hizo recordar otras lecturas de aquella época ('La Vorágine' o 'Canto General'); solo que 'Cien años de soledad' posee un pálpito mucho más vibrante que la primera y resulta más veraz, en su desbordante imaginación, que la segunda. Por eso, Macondo ha pasado ya al imaginario colectivo como un lugar mítico y eterno».

«Ha llovido bastante más de cuatro años, once meses y dos días desde que la leí por primera vez. Fue en verano, a la edad -calculo- de 17. El libro rondaba desde hacía tiempo en nuestra pequeña casa de la playa; un volumen algo maltrecho y, a mis ojos, viejo. Lo había comprado mi madre en los años setenta, aún soltera. Se encontraba en una escueta estantería, junto a unos pocos títulos muy diversos, pero como algo importante que me daba mucho respeto; solo el nombre de Gabriel García Márquez ya me lo provocaba. No había leído nada suyo y sentí que era el momento. Quería saber, por encima de todo, qué había detrás de aquel título y de la no menos fascinante etiqueta de 'realismo mágico'».

Desde el principio tuvo la sensación de encontrarse ante «una maquinaria perfecta. Las palabras, como arenas movedizas, me arrastraban hasta el fondo de la novela. Lo hacían de manera plácida y despaciosa, aunque no pude evitar sufrir cierto vértigo, la sensación de estar llegando a estratos de Macondo que, de alguna forma, me inquietaban. Sin embargo, pese a ello y mis distracciones adolescentes, concluí con provecho su lectura. Después llegaron 'El coronel...' y 'Crónica...', libros de los que podría decir que incluse disfruté más, o aprecié mejor. En cualquier caso, la huella de 'Cien años' ha sido mayor: su imaginario es inolvidable por potente, al igual que la maestría de Gabo».

Una amiga mencionó entusiasmada el nombre de Gabriel García Márquez y se quedó, «como me suele ocurrir, con la música de las palabras, con ese toque exótico del heptasílabo. No hay ninguna razón para empezar a leer la obra de un escritor por un título o por otro, pero yo leí primero fascinado 'Ojos de perro azul', 'La hojarasca', 'La mala hora' y 'El coronel no tiene quien le escriba, y de un modo progresivo fui probando un poco más de aquel nuevo y extraordinario manjar del espíritu que era la narrativa del autor colombiano». «El caso es que, cuando se le concedió el Nobel, ya había disfrutado de su obra completa y, desde luego, había leído como el rayo 'Cien años de soledad', que perturbaría mi espíritu y mi carne durante algunos años. Reconozco que algunas noches me he ido a la cama con algunos libros tan emocionado o más que con ciertas mujeres. Con este me fui tembloroso y estremecido, y así permanecí toda la lectura, en estado de trance, a sabiendas de que asistía a un suceso excepcional. Aquello era otra cosa, sin duda, y lo que contaba el novelista no lo habíamos escuchado nunca, y algunos ni lo habíamos soñado. Aurelianos y Josearcadios iban sucediéndose en una trama desquiciada y febril, barroca y ebria, casi infinita».

Reconoce que, años más tarde, «recompuestos y serenos, pondríamos las cosas en su sitio, aduciríamos influencias y excesos, lugares comunes y disparates, pero en aquel momento, mientras sostenía el libro con las dos manos, no había otra cosa en mi vida que el amor, la muerte y el misterio que rezumaban las páginas prodigiosas de esta novela única».

«Inolvidable aquella primera vez». Recuerda José Belmonte las sensaciones que produjeron entonces en él las páginas del libro de García Márquez. «Fue en la edición de Plaza y Janés de tapa dura. La de marzo de 1973. En la portada de Joan Minguell, un cúmulo de hojas caducas y otoñales esparcidas por el suelo, en medio del exuberante boscaje, como haciendo alusión a 'La hojarasca', con la que en 1955 se inició en el mundo de la creación literaria. Leí 'Cien años de soledad' gracias al escritor colombiano Daniel Potes Vargas, que entonces, a principios de los años setenta, andaba por Murcia. Sus hijos eran compañeros de instituto. Hasta ese momento, nunca había contemplado una biblioteca en una casa particular. Un verdadero milagro para un muchacho de la huerta, de apenas 16 años, que no tuvo libros en su infancia. Daniel depositó en mis manos 'El coronel no tiene quien le escriba', la obra favorita de Gabo, quien llegó a afirmar, en uno de sus arrebatos de bravuconería, que se esforzó en escribir 'Cien años de soledad' para hacerse famoso y que la gente le prestara mayor atención a esa otra pequeña joya. Y a renglón seguido, unos días después, 'Cien años de soledad', donde toma cuerpo la magia de Macondo, el coronel se olvida de su gallo y ciertos personajes son capaces de volar en una alfombra mágica, de lo que nadie parece sorprenderse. Fue tal mi perplejidad, tanto mi asombro, que aprendí párrafos enteros de memoria, como esos personajes de 'Fahrenheit 451' que, agazapados en el bosque, intentan preservar los libros del fuego».

Goytisolo no ha olvidado cuándo leyó la novela, porque fue la misma semana de su publicación, y el propio autor quien le regaló un ejemplar. «Durante una época vivimos en Barcelona apenas a 200 metros de distancia, mis hijos fueron al mismo colegio que los suyos, y nos tratábamos mucho». La novela le gustó mucho aunque, tal y como confesó al autor cuando le pidió su opinión, «habría eliminado la última parte, en la que habla de los descendientes del coronel, solo porque considero que no tenía el encanto de la primera. Pero me gustó mucho, igual fui demasiado franco». Pero es, de las suyas, la novela que más le gusta, tanto que no necesita volver a leerla porque la recuerda bastante bien «y eso siempre es buen síntoma. Aportó mucho a la literatura y ayudó a relanzar a otros autores hispanoamericanos. De su generación, García Márquez es sin duda uno de los más grandes».

Contesta a la pregunta desde una sala llamada García Márquez, con una foto del autor y frente a una reproducción de la primera portada, en la sede de Sudamericana (Buenos Aires), ahora del Grupo Penguin Random House. «Descubrí 'Cien años de soledad' gracias a Eduardo, un librero que recorría las redacciones de los diarios y revistas con un maletón negro, nos recomendaba libros y conseguía otros que no se encontraban en Barcelona. Yo trabajaba en la redacción de la revista 'Interviú', debería ser el año 1977. Gracias a Eduardo descubrí una literatura que no enseñaban en los colegios ni institutos y me convirtió en mejor lectora», relata. Le impactó no solo la historia, sino cómo estaba narrada, «el precioso lenguaje que utilizaba». A partir de su lectura, García Márquez se convirtió en uno de sus autores de cabecera, al que tuvo la suerte de saludar y escuchar en el Hotel Quinta Real de Guadalajara, México.

No puede recordar cuándo leyó la novela pero sabe con seguridad que la estudió en quinto de Filología Hispánica, en la Universidad de Barcelona. «Me gustó porque, más allá de ser un texto ameno, accesible, fantástico o mágico, con tirón narrativo, el profesor que nos daba clase supo realizar una lectura profunda de la obra. Ahora, como docente que imparte clases de Literatura Hispanoamericana en la Universidad, tengo que releerla a menudo para refrescar la memoria. Si bien es cierto que, con el paso del tiempo, 'Cien años de soledad' puede no gustar tanto, por parecer que es un libro más de acción que de reflexión, cada vez que tengo que analizar la obra surge algo nuevo, nuevas concordancias, interpretaciones o referencias implícitas que provocan una lectura profunda y más enriquecedora del libro. Para mí es un libro que está vivo porque ofrece múltiples lecturas, tantas como lectores hay y habrá».

No fue el libro que le convirtió en escritora, pregunta con la que los periodistas suelen atormentar a los que se dedican al oficio de escribir, pero sí el que le convirtió en lectora. «Fue lo más parecido a la primera vez ante el mar, la primera vez de enamorarse. Un torrente. Ningún otro libro, por bueno que haya sido, ha conseguido superar la impresión que esta novela causó en mí. Y es que me había desvirgado», confiesa. Recuerda la sensación de cerrar el libro y darse cuenta de que acababa de asistir a un acontecimiento importante, de que su vida acababa de cambiar para siempre. «Cuando mi madre me lo dio a leer yo no sabía entonces quién era Gabriel García Márquez, ni me importaba. Pero al terminar sentí un enorme pesar por no poder agradecerle en persona: si hubieran existido entonces las redes sociales, hubiera atiborrado de tuits al pobre hombre». Corría el año 1992 y la escritora acababa de cumplir 17 años.

Su relación con esta novela es radical, «para bien y para mal», y tan particular que incluso lo ha explicado en una novela. La leyó por primera vez con diecisiete años, allá por 1975, «en uno de los muchos viajes en Talgo que hice entre Madrid y Bilbao. Me pareció una de las experiencias de lectura mágica más grandes de toda mi vida, si no la mayor. Sentí que García Márquez abría ante mí una puerta nueva que expandía indefinidamente las posibilidades de embrujo de la literatura. Leer de una sola sentada 'Cien años de soledad' fue un acto de pasión, un arrebato», relata. Años después decidió leerla de nuevo. «Y, para mi asombro, me resultó insoportable. Toda la magia se había disuelto. Solo quedaba una narración artificiosa hasta la extenuación y aburridísima... Leí veinte o treinta páginas, tal vez algo más, y cerré el libro discretamente, casi como un ladrón temeroso de ser sorprendido en mitad de la noche. Opté por quedarme con el recuerdo mágico en vez de con la realidad decepcionante. ¿Tanto puede cambiar nuestra mirada?».