El arte de contar

El arte de contar

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS

Coincidiendo con el cuarto centenario (2005) de la aparición del Quijote, la Real Academia Española publicó una edición conmemorativa junto con todas las Academias de América y editó la obra cervantina para todos los hablantes del español. Pues bien, dos años después (2007) decidió hacer lo mismo con una obra americana y eligió 'Cien años de soledad', del colombiano Gabriel García Márquez, lo que implicaba decir a todo el mundo que la obra de García Márquez, de cuya aparición se cumplen ahora cincuenta años, era algo así como el Quijote de América y también el Quijote del siglo XX. Ciertamente así ha sido, por varios motivos. El primero, su gran difusión y éxito, pues ha sido traducido a tantas lenguas como la obra de Cervantes y, al igual que todo el mundo recuerda la frase «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...», la gente recita «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».

Hay que decir sobre todo que 'Cien años de soledad' no es únicamente un fenómeno literario hispánico, sino universal. Tuve la oportunidad y el honor, en 1992, de dictar la conferencia de clausura del congreso 500 años de soledad, celebrado en la Universidad de Zaragoza, con hispanistas venidos de todo el mundo, los había de Singapur, de Japón, de China, de toda Europa, de Australia. Cuando se le pregunta a Salman Rushdie por sus lecturas, surge la primera 'Cien años de soledad', que inspiró su novela 'Children's Midnight', que lo hizo famoso.

¿ A qué se debe esta unanimidad universal en la apreciación de 'Cien años de soledad'? Quizá la clave la dio el profesor Ricardo Gullón, quien, siendo catedrático en la prestigiosa Universidad de Chicago en 1967, saludó este libro con una reseña, una de las tres primeras que aparecieron sobre la obra, con el título 'Gabriel García Márquez o el olvidado arte de contar'. Acertó el profesor Ricardo Gullón en el diagnóstico: lo que García Márquez había hecho con su historia de los Buendía y toda la crónica de un pueblo mítico denominado Macondo fue devolver a todos los lectores el sabor de oír contar un cuento, donde ocurren las cosas como ocurrían en los cuentos infantiles que nos contaba nuestra abuela o nuestra madre, fenómenos maravillosos, donde un personaje, Remedios la Bella, comunica con los muertos o al sabio Melquíades le es dado inventar la escritura, que es una máquina contra el olvido, mientras Rebeca guarda un secreto inexpugnable. Contar historias y hacerlo con naturalidad es recuperar para la escritura moderna toda la tradición de los cuentos orales, pero no para decir cosas menores, sino para trazar con esa historia una versión de las guerras civiles de Colombia, y los cien años de soledad lo son la de una estirpe pero también de un continente.

Comienza con la creación de un mundo y, por tanto, conecta con el más arraigado sentido de lo que es la lengua y la literatura Es un clásico de nuestros días porque hace que lectores de edades distintas nos encontremos compartiendo idéntica pasión

Hay otra clave, que quise llevar a mi libro 'Poética de la ficción' (1993), en el que dediqué a 'Cien años' el capítulo siguiente al dedicado al Quijote. Radica en la modernidad de una obra que, como ocurría con la cervantina, se está haciendo mientras la leemos, ya que 'Cien años de soledad' es el descifrado de un manuscrito, el de Melquíades hecho por la lectura de Aureliano Babilonia. Otra vez se vuelve a dar que una obra en español marca un modo de hacer novelas que recuerda a la vez el artificio pero no se queda en él, puesto que se propone como una poética de la creación. 'Cien años de soledad' comienza con la creación de un mundo, como si fuera un génesis, y por tanto conecta con el más arraigado sentido de lo que es la lengua y la literatura. No es que sea moderno, es otra vez moderno, con ese quiebro de lo que se ha denominado técnicamente metaficción.

Finalizaré este breve comentario hablando de un español, quien les escribe, que leyó esa obra en 1969. Lo hice en la primera edición de Sudamericana, que todavía conservo. Acababa de comenzar la carrera de Filología Española, y conforme iba leyendo ese libro del que ningún profesor me había hablado todavía, supe que al elegir esa carrera había acertado. Porque la maravilla de leer y de llegar hasta altas horas de la noche con los ojos dilatados, de sumergirte en un mundo del que no te apetecía salir, es una experiencia irrepetible. Para mí es un honor que en esa edición conmemorativa de la Real Academia, quien la hizo, Claudio Guillén, se refiriera a mi estudio sobre la novela. Eso satisface, pero nada satisface tanto como poder comunicar a mis alumnos aquella experiencia de lectura y percibir que algunos de ellos me escuchan diciéndome con los ojos que a ellos les ha ocurrido lo mismo que me ocurrió a mí cuando joven. 'Cien años de soledad' es un clásico de nuestros días porque hace que lectores de edades distintas nos encontremos compartiendo idéntica pasión.

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