Perros apagados

Federico García Lorca, en una de sus fotografías más célebres./
Federico García Lorca, en una de sus fotografías más célebres.

El 13 de agosto de 1934 murió en España un torero. Tres días antes, en la plaza de Manzanares (Ciudad Real), un toro le había hincado un asta en el muslo. La gangrena hizo lo demás. Se llamaba Ignacio Sánchez Mejías. Fue un sevillano emprendedor que lidió toros, pilotó aviones, escribió teatro y ejerció de presidente del Real Betis Balompié, entre otras múltiples ocupaciones. Todo ello junto no habría bastado seguramente para que la posteridad se acordase de él si no hubiera ocurrido que la maestría de un poeta encaramó su nombre a la cúspide de la literatura.

FERNANDO ARAMBURUFEDERICO GARCÍA LORCA

En 'Alma ausente', la última parte de 'Llanto por Ignacio Sánchez Mejías', García Lorca se lamenta por el trágico final de un amigo

Pongo en duda que, fuera de los estudios eruditos, importe demasiado conocer la biografía de aquel hombre. No faltaron en su día quienes ensalzaran sus prendas. Luis Cernuda, poco amigo de obsequiar halagos, no tuvo empacho en conceptuarlo de «individuo vulgar y tosco». Ahora bien, una cosa es el hombre y otra su muerte. Sucede que la de Sánchez Mejías inspiró diversos poemas, no todos logrados, la verdad sea dicha. Por uno de ellos se le recuerda y probablemente se le recordará mientras perdure entre los aficionados a los libros el gusto por la literatura de alta calidad. Dicho poema, escrito el mismo año de su defunción, se debe a la mano genial de Federico García Lorca. Consta de cuatro partes que llevan el título genérico de 'Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías'.

Como es sabido, dos años después de la mortal cogida, el poeta será pasado por las armas en un paraje natural de la provincia de Granada. Desde entonces, el 'Llanto' consiste en la elegía consagrada a un hombre que tuvo una muerte violenta por otro que también murió violentamente. Al lector versado en las letras españolas no le resultará fácil obviar esta circunstancia que induce a revertir lo que el poema expresa hacia el mismo que lo escribió. La referida circunstancia pesa, en todo caso, más que el hecho de que el destinatario de la elegía fuese torero, ni tan siquiera de los más sobresalientes de su época. No es indispensable, pues, abrigar la pasión taurófila para conmoverse con la lectura del 'Llanto'. Desde la perspectiva de nuestros días, lo que en el poema se llora es más que nada el trágico final de un amigo.

Las cuatro piezas que integran el 'Llanto' siguen un estricto orden episódico. La primera, en la que se reitera a modo de campanadas fúnebres el famoso verso: 'a las cinco de la tarde', encadena imágenes relativas al percance taurino y sus fatídicas consecuencias. En la segunda, el poeta se resiste angustiado a ver la sangre del muerto. La tercera contiene una meditación serena ante el cadáver. La última, 'Alma ausente', confirma con desolada repetición la ausencia definitiva de Sánchez Mejías del mundo de los vivos y da paso, una vez asumido por el poeta el hecho incontestable de la muerte, a la interiorización del duelo.

Aún resuenan en 'Alma ausente' notas de pesadumbre en sus cuatro primeras estrofas. El tono, más apacible que en las piezas iniciales del 'Llanto', ya anuncia la resignación. ¿Quién, en su edad adulta, no ha pasado por un trance similar? Perdemos a un ser querido al que seguimos viendo después de muerto, yacente en su forma corporal, aún reconocible en sus facciones yertas. Y está uno tan absorbido por la congoja y el desconcierto y la incredulidad y, en fin, por el acontecimiento poderoso de la muerte, que aún no capta o no capta del todo o lo hace indirectamente la naturaleza irreparable de lo ocurrido. Damos sepultura al difunto y en adelante tenemos que vivir con su ausencia.

Un aire de rezo

El poema de García Lorca expresa sucesos luctuosos con un arte singular. Dicho arte no se limita a la pericia del poeta para crear imágenes e imponer al texto un ritmo que, apoyado en repeticiones, tiene un aire de rezo. Otra cosa, a la que acaso no podemos hallar explicación racional (por más que la pieza, como construcción literaria, se preste con docilidad al análisis académico), nos asalta durante la lectura. Percibimos que se desprende de los versos una intensidad, una fuerza poética poco común. Es un algo, una impresión, que no se deja definir, quizá porque nos golpea más allá de nuestras potencias intelectivas.

Esto es así porque el asunto del poema y la emoción que al evocar al amigo ya inhumado experimenta el poeta se reparten la potestad de dictarle a este las palabras. Las palabras, sometidas en última instancia a un criterio literario, sostienen el sentido del poema a partir de su significado convencional, el que los usuarios del idioma más o menos aceptamos; pero también, y con mucha fuerza en el caso del 'Llanto', a partir de la vibración sentimental de quien las convocó en la página. Ojo, no se trata de hacer explícita a la vieja usanza una emoción, sino de delegar los designios lingüísticos en un concreto estado de ánimo. De igual modo nos conducimos los demás mortales cuando, por ejemplo, nos hacemos de pronto daño o alguien nos saca de quicio. No nos conformamos entonces con el enunciado objetivo de un hecho (me he pillado un dedo con la puerta), sino que proferimos chorros de palabras (tacos, insultos, gruñidos) cuyo significado literal nos trae al pairo.

Interviene en tales ocasiones e igualmente en cierto tipo de poesía un componente instintivo o, si se prefiere, irracional. Carlos Bousoño lo ha explicado con precisión: antes de Baudelaire, «primero entendíamos, y después, precisamente porque habíamos entendido, nos emocionábamos.» De entonces acá, «nos emocionamos, y luego, si acaso entendemos». A mí, con todos mis respetos, no me parece que esté de más entender. Si todo es hermético, si nada se deja descrifrar, difícilmente logrará el lector sentir con el poeta, y la sospecha de fraude literario se afianzará.

Hay por fortuna en 'Alma ausente' una dosis equilibrada de irracionalismo y claridad expresiva. Frente a otros poemas de Lorca de la misma época, este se entiende sin grandes dificultades. En él el poeta dirige la palabra al torero fallecido. Le comunica que ya no cuenta para aquellos elementos que antes de morir conformaban su paisaje familiar. No lo conocen los animales, el niño, la tarde ni tantas cosas, seres y lugares que se quedaron del lado de la vida, del cual él desapareció para siempre, olvidado como uno de tantos muertos en «un montón de perros apagados». Montón que, sin saber exactamente en qué consiste, me lleva estremeciendo desde la primera vez que supe de él. No menos enigmática me resulta la «uva de niebla» en la estrofa precedente y, sin embargo, noto que la imagen, símbolo de lo que sea, obra en mí un efecto de bienestar, de tristeza en grado tolerable, y me agrada no entenderla del todo, como si de esa forma dispusiese de una provisión de poesía intacta para la siguiente relectura.

Termina 'Alma ausente' con una breve necrología en verso, aplicable al propio García Lorca, quien reunió en vida, como pocos, los atributos y méritos ponderados en las dos estrofas finales del poema. Habría que exceptuar en la serie de encomios el referido a la «apetencia de muerte», propia del torero que arriesga su vida, no de un poeta asesinado.

No te conoce el toro ni la higuera,

ni caballos ni hormigas de tu casa.

No te conoce el niño ni la tarde

porque te has muerto para siempre.

No te conoce el lomo de la piedra,

ni el raso negro donde te destrozas.

No te conoce tu recuerdo mudo

porque te has muerto para siempre.

El otoño vendrá con caracolas,

uva de niebla y montes agrupados,

pero nadie querrá mirar tus ojos

porque te has muerto para siempre.

Porque te has muerto para siempre,

como todos los muertos de la Tierra,

como todos los muertos que se olvidan

en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.

Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.

La madurez insigne de tu conocimiento.

Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.

La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,

un andaluz tan claro, tan rico de aventura.

Yo canto su elegancia con palabras que gimen

y recuerdo una brisa triste por los olivos.

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