La vida es más ligera que una pluma

JOSÉ BELMONTE

Los sueños juveniles -escribe el mejor Marsé en uno de sus relatos más granados y señeros, 'El embrujo de Shanghai'- se corrompen en boca de los adultos». Gregorio León (Murcia, 1971), que conoce la narrativa del escritor barcelonés, que aspira, con la humildad y la ilusión de un principiante, a reproducir ese discurso denso que, sin embargo, da una sensación de ligereza hasta lograr lo que el propio Juan Marsé denominó «la escritura transparente», lleva a cabo en su nuevo relato un admirable ejercicio indagatorio sobre la condición humana, y aborda esos otros sueños que los adultos seguimos conservando a pesar de que el tiempo, que ni se para ni tropieza, haga verdaderos estragos. Porque 'La princesa de Macao' es, sobre todo, la historia de una ilusión. Es, incluso, una historia de amor bien trenzada, repleta de sorpresas, en donde apenas cabe el sentimentalismo ni la melancolía porque las circunstancias propician que los corazones se endurezcan para poder sobrevivir a tanta barbarie.

Gregorio León es, no haría falta recordarlo, un experto escritor de novelas policiacas, como ya dejó patente en títulos como 'El último secreto de Frida K.' y 'La emperatriz de jade'. Y, con acierto y pericia, se sirve de esa técnica para montar una obra mucho más ambiciosa que las anteriores, pero que posee los guiños, la gracia y la ligereza del discurso policiaco. No ha sido, sospecho, un libro fácil de llevar a cabo. Y la prueba reside en que está escrito y firmado entre las ciudades de Murcia y Alicante entre los años 2014 y 2017. Un largo periodo para meditar, para escribir, para hallar el tono preciso, para perfilar y configurar media docena de personajes que se mantienen en pie a lo largo de casi medio millar de páginas sin apenas fisuras. La historia de Ramiro y Diana, que en manos menos escrupulosas y expertas, podía haberse convertido en un verdadero naufragio de cursilería, se va complicando poco a poco con la aparición de nuevos e insólitos escenarios, de otros personajes que, lejos de convertirse en figurones, van tomando cuerpo y cobrando protagonismo. Un relato ambientado en la ciudad de Alicante durante los años más duros de nuestra Guerra Civil, en una parte de África en donde Ramiro expía la culpa de su enfebrecida imaginación, y, finalmente, en el portugués Macao a punto de ser invadido por unos japoneses hambrientos por extender su imperio, requería un cierto cuidado para no debilitar el nervio de la trama, y, sobre todo, una investigación previa para darle la verosimilitud y el realismo necesarios a estas páginas. Las guerras, las catástrofes, cualquier desastre, nos viene a decir el autor, siempre sirven para algo, para ser conscientes de nuestra fragilidad: somos más ligeros que una pluma (expresión extraída de la propia novela), y, por lo tanto, se impone la necesidad de recuperar a ese incómodo auriga que, a cada instante, nos recuerde que somos mortales.

 

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