Un universo de almas en pena

Un universo de almas en pena

Duendes rutilantes pueblan el mágico mundo del gran Murakami

ANTONIO ORTEGA

La pragmática elección de vivir en soledad que los protagonistas de las novelas de Murakami (Kioto, 1949) exhiben alimenta con extraordinaria ponderación el encuentro con seres fantasmales que de alguna manera deambulan por la casa y ponen en jaque la ociosa tranquilidad de nuestro retratista. Así, en el cuadro 'La muerte del comendador' se advierten con claridad las sombras de los personajes del lienzo, que entablan oníricos diálogos con el protagonista y dotan de misterio las desapariciones, al tiempo que este va descubriendo el pozo ciego, la campanilla nocturna, el cuchillo de cortar pescado o el amuleto de la niña que llevaba atado al móvil.

En esta segunda parte, nos atrae la figura de Marie, la niña de 13 años, inteligente y misteriosa, a la que le va a hacer un retrato; oculta un pasado tenebroso y conoce muy bien las rutas de ese bosque animado que la llevan hacia su casa. Es importante también el protagonismo del elegante Menshiki, que a su vez busca a su hija perdida o el sueño de su deseo de ser padre. Y los secretos que guarda Tomohiko Amada, el nonagenario y enfermo autor de 'La muerte del comendador', cuyas claves habrá de descifrar nuestro protagonista adentrándose entre los árboles frondosos de las montañas de Odawara a través de un túnel del tiempo que lee en los ojos del anciano. Además de experimentar una extraña sensación al descubrir entre aquellas pinceladas los tonos jerárquicos del 'Don Giovanni' de Mozart bajo la lupa aniquiladora de la Gestapo.

Las noches de Chivas, la música de Bruce Springsteen, la compañía del búho que pasa las noches en el desván, las amantes esporádicas y algún viaje sin destino en el viejo Corolla son la esencia y los argumentos de su soledad.

Murakami acelera en esta segunda parte. Su narrativa va más rápida, apoyada en diálogos breves y en digresiones históricas o monólogos íntimos. Es menos realista y más fantástico, crea un universo de almas en pena y pocos seres vivos confortables. Aquella primera parte, que llegó a ser etiquetada como una novela pornográfica por la censura en China, cuando en verdad solo era una descripción realista de un acto sexual, deviene aquí en una confesión pessoana de un hombre sumido en el fracaso emocional.

Una vez alejados los fantasmas del cuadro y los enigmas de los vecinos, decide ir a visitar a Yuzu, su esposa, a la que había abandonado muchos meses antes. Murakami en su mundo y sus lectores endulzados por su magia. «Nunca sueño, excepto una o dos veces al mes (...) pero no tengo que soñar, porque puedo escribir», dice. Y esa es una de las claves de su literatura desde 'La caza del carnero salvaje', una exitosa combinación de realidad y fantasía capaz de agarrar al lector de las solapas y hacerle beber la pócima mágica de la literatura.

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