La sospecha de un crimen

PATRICIO PEÑALVER

Comenzar a leer una novela de 860 páginas, en estos tiempos raudos, no supone a priori una tarea sencilla, y mucho menos cuando lo que en el fondo se narra no es nada baladí. En este volumen, cuyo grosor se asemeja a los de la época decimonónica, a contracorriente con la etapa actual de la rapidez y la levedad, muy pronto nos adentramos en una historia subyugante con un estilo que atrapa, en cierto modo proustiano, que juega con el tiempo y nos presenta el panorama de la sociedad del pasado siglo a través de ese universo propio que cada familia conforma.

Con esta enorme narración, el autor que ya tiene un largo recorrido como excelente y celebrado poeta, se estrena como novelista y lo hace a lo grande, con una obra que comienza en plena Segunda Guerra Mundial y recorre la posguerra española, hasta finales del pasado siglo, contando los avatares y el progresivo deterioro en el seno familiar de tres hermanos que al tener que bucear en su infancia se encontrarán inconscientemente con el mal que se causaron. Ahí pronto hallaremos a Julia, su protagonista principal, internada en un sanatorio psiquiátrico, luchando contra el exterior y con sus secretos, durante más de dos décadas, con el padre Víctor y con alguna que otra estancia en un convento con la madre Leonor, que entre la moral católica, conocedora de ciertos misterios de la familia, tendrá al final que tomar partido, cuando al morir los tíos de Julia y ésta sea nombrada heredera, sus hermanos Bruno y Elvira inicien una auténtica guerra de intrigas para cambiar con sus sutilezas el destino del dinero, jugando con la fidelidad y el cariño y también con la fragilidad de Julia.

Ante ese pasado que no se sabe si salva o condena, con los hechos narrados en primera persona, a través de las cartas que se escriben unos a otros, iremos teniendo noticias de una hija que no sabe que es adoptada y la sospecha de un crimen, y al final será el lector con su complicidad, ante un espejo, el que tenga que juzgar.

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