El silencio de los toreros

JOSÉ BELMONTE

Del caos siempre surge la luz. El Caos, en la mitología griega, fue anterior a los propios dioses; es, dicho con otras palabras, el estado primigenio del cosmos. Y, si echamos mano de su etimología, viene a significar «el espacio que se abre», una hendidura por la que se cuela la vida y se inicia el universo. Una metáfora que bien podría definir la literatura de uno de los escritores más singulares del panorama narrativo actual, Patricio Peñalver (Murcia, 1953).

'La muerte del Minotauro', como cualquiera de sus anteriores obras ('Una novela sin nombre', 'El murmullo de las estaciones' y 'Tiempo de transición'), es un relato de gran complejidad, un tanto desordenado -en ocasiones, el lector está más necesitado de un buen mapa que de una brújula al uso-, pero repleto de deliciosos y amenos juegos intertextuales, que van desde el García Márquez de 'Cien años de soledad', al Marsé de 'Últimas tardes con Teresa'. Estamos ante una obra superior a las que la preceden, más elaborada, mejor cuidada, pero en la que se percibe una cierta anarquía -en ocasiones, más que deliberada- que nos podría conducir a la confusión. No olvidemos que en una carta que Joyce envía a uno de sus amigos, a propósito de su recién escrito 'Ulises', el novelista irlandés confiesa, sin cortarse un pelo, que el caos interno de su obra sólo obedece al deseo de joder -esa es la palabra que emplea, traducida al español- a sus muchos detractores, y, muy especialmente, a algunos críticos que le amargaban la existencia.

No es tarea fácil poner en pie una novela como 'La muerte del Minotauro'. Existe, desde luego, un hilo conductor, una trama sólida en la que se cuenta la historia de un torero español en su campaña americana (Peñalver utiliza nombres un tanto tópicos para que nadie identifique al personaje), pero, al mismo tiempo, el relato está moteado de frases geniales y de agudas reflexiones, así como de una determinada información que solo un buen conocedor de la tauromaquia es capaz de sacar a la palestra; como ese silencio que guardan los toreros, conscientes de su responsabilidad y del peligro, camino de la arena.

 

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