Recuerdos de Rosario la Dinamitera

El prestigioso profesor Cano Ballesta ofrece en estas páginas una auténtica lección de vida

JOSÉ BELMONTE

En 1888 un pintor asturiano, Darío de Regoyos, y un poeta belga, Émile Verhaeren, unen sus fuerzas, mezclan sus habilidades artísticas y publican en Barcelona uno de los libros que más impacto y repercusión tuvo en esos años finales del convulso siglo XIX. Se tituló 'España negra' y tuvo su anécdota. El escritor de Bruselas había publicado sus textos con anterioridad en su país y diez años después fue nuestro pintor impresionista el que rescatara esta materia literaria para ilustrarla. El resultado es de una perfección inusual. Regoyos siempre trató de inclinar la balanza hacia lo positivo, pero Verhaeren quedó fascinado no por los paisajes idílicos y deslumbrantes, sino por lo sucio, por lo pobre, lo viejo, lo atávico. Ni qué decir tiene que esta mezcla explosiva, casi contra natura, dio lugar a una obra maestra.

Casi siglo y medio después, otro pintor, Carlos Santamaría, y un profesor jubilado, Juan Cano Ballesta, emprenden un viaje juntos por paisajes y lugares de raigambre literaria, noventayochistas, repletos de recuerdos del pasado, de viejas piedras que hablan de un glorioso ayer ya finiquitado: desde Pastrana, residencia en su día de la princesa de Éboli, hasta Asturias -en donde degustan de una singular primavera-, pasando por tierras gallegas, Madrid, Pedraza, Zamarramala y el Escorial. Las acuarelas de Santamaría le hacen justicia a los textos impecables de Cano Ballesta. Y a la inversa. Tal para cual. A la limpieza de la pincelada del uno le corresponde una prosa lírica de muchos quilates, repleta de reminiscencias literarias, de recuerdos personales. El murciano Cano Ballesta, nacido en la pedanía del Rincón de Beniscornia, anduvo durante más de medio siglo por tierras alemanas y estadounidenses como profesor de Literatura Española, dejando tras de sí su indeleble huella. Ahora, ya octogenario, habitante de la ciudad de Madrid, nos ha legado este testimonio personal en el que deja patente no solo su conocimiento de la materia que siempre ha impartido, sino también su especial sensibilidad para interpretar la realidad que le circunda en clave creativa. Al llegar a Buitrago, por ejemplo, al contemplar los paisajes de ese pueblo, no puede evitar que le venga a la memoria cierta lectura personal en la que une al oriolano Miguel Hernández con Rosario la Dinamitera, quienes, durante la Guerra Civil, se encontraron aquí precisamente, sacando, a continuación, algunos de estos versos: «Buitrago ha sido testigo/de su condición de rayo/ de las hazañas que callo/ y de la mano que digo». Páginas más adelante, en la Villa Imperial, Juan Cano, en tanto que nos recuerda el inconfundible arte de El Greco, compara la ciudad de Toledo de aquellos tiempos con esta otra, la actual, con centenares de vehículos que invaden sus calles, junto a un río Tajo del que huyeron sus ninfas. Un libro impecable, atractivo, hermoso. Una auténtica lección de vida.

 

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