Ramón González o cómo sobrevivir al Bataclan

El escritor Ramón González. / alberto ferreras
El escritor Ramón González. / alberto ferreras

En esta novela testimonial, el escritor manchego narra con gran calidad literaria su experiencia durante el atentado yihadista en la célebre sala de París, que estuvo a punto de costarle la vida

IÑAKI EZKERRA

El 13 de noviembre de 2015, sobre las diez de la noche, un grupo yihadista irrumpió en la sala Bataclan del bulevar Voltaire de París y abrió fuego sobre las 1.500 personas que escuchaban un concierto de la banda estadounidense de rock Eagles of Death Metal. El dramatismo de lo que estaba sucediendo en aquel recinto cubierto y diseñado para espectáculos musicales tenía algo en común con el del asesinato de Miguel Ángel Blanco: la muerte anunciada. No la muerte que ya se ha producido una o varias horas atrás, sino la que va a tener lugar en eso que llaman 'tiempo real'. Los medios de comunicación informaban en directo de que los terroristas «habían empezado a ejecutar» a las personas que se hallaban en el interior de aquel teatro. Este hecho, el de saber que se iban a suceder los asesinatos, pero que «nadie podía hacer nada en esos momentos para evitarlo», ese sentimiento de impotencia que unía de modo fatalmente empático a quienes sufrían la amenaza con quienes la percibíamos a través de las radios o las televisiones en aquella inolvidable noche, es lo que ha sabido contar, transmitir, reproducir exactamente Ramón González en 'Paz, amor y death metal'.

Ramón González es un español que nació en 1984 en Daimiel, una localidad de la provincia de Ciudad Real, y que llevaba ocho años viviendo en París, donde trabajaba como consultor informático. Ese día, acudió con Paola, su novia de nacionalidad argentina, y con otra pareja, Lucía y Carlos, a aquel concierto que terminó en un baño de sangre. Leer las páginas de 'Paz, amor y death metal' es algo más que introducirse con una cámara en medio de aquella matanza. Es ponerse en la piel de quien pudo ser una de sus víctimas mortales. Del reto de hacer partícipe al lector de esa sensación insoportable de que una bala pudiera acabar con su vida en cualquier instante, este autor de 34 años sale absolutamente victorioso porque no cae en ningún momento ni en la contención ni en la sobreactuación. No hay una sola palabra de más en un relato que se narra en un pasado de primera persona y que, al centrarse en los momentos más críticos, se lee como el mejor y más conseguido 'thriller', porque, además del carácter autobiográfico, posee un valor exclusivamente literario. Quiero decir que Ramón González podría haber fracasado en esta difícil empresa de contar unos sucesos que lo implicaban de forma extraordinaria y por esa razón misma. Podría no haber tenido la inteligencia precisa para hacer con esa dura vivencia un texto literario; haber incurrido en la afectación estilística, la torpeza efectista, el trascendentalismo pedante y en mil vicios que acechan en la selva de la escritura. Se ha dicho que esta experiencia traumática lo convirtió en un escritor, pero esa afirmación no es exacta. El escritor estaba ahí antes de que ocurriera lo que se cuenta en este texto. Lo está en el modo en que lo cuenta, sin distraer al lector de lo importante, y también en lo que su mirada pudo seleccionar de aquella caótica y excepcional situación.

Y así lo vemos con una lograda sensación de realismo moverse entre el gentío antes de que llegara el horror, pedir unas bebidas para su chica y sus amigos, bailar, considerar la posibilidad de irse a otros puntos de la sala. Y así también lo vemos cubrirse la cabeza con las manos cuando comienzan las detonaciones o contemplar cómo la peor posibilidad que un tiro le alcanzara en otro lugar del cuerpo y se prolongara su agonía. Y así, en medio de las carreras y los empujones por la supervivencia, que él confiesa honestamente haber dado a los otros, surge un chusco mensaje en el móvil ajeno a la tragedia: «Hola. La fusión jurídica de las tres sociedades acaba de concluir. (...) Mañana volvemos al trabajo. Buenas noches a todos».

Ramón González cuenta en esta novela testimonial cómo al día siguiente no volvió al trabajo; cómo en realidad no volvió nunca al trabajo que había tenido hasta entonces porque no le satisfacía y cómo acabó buscando una rutina más gratificante en dar clases en un centro de enseñanza secundaria al noroeste de la ciudad del Sena para la 'Éducation Nationale'. Cuenta su convalecencia, su alejamiento de la música o cómo en un principio ocultó a su familia lo que había vivido aquella noche porque su madre tenía problemas de corazón y podía ocasionarle un infarto; cómo su novia tardaría meses en contárselo a los suyos; cómo recibió la ayuda de una psicóloga, madame Girard, que le aseguró que olvidaría en diez días el rostro del terrorista que recordaba de aquella noche. Un pronóstico que no se cumplió.

Temas

Libro

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos