Queremos tanto a Mendoza...

Queremos tanto a Mendoza...

El barcelonés se aproxima al mejor Mendoza con una novela bien escrita, repleta de ingenio

JOSÉ BELMONTE

No es bueno vivir eternamente del pasado. Ni exigirle a un autor que supere, con cada una de sus obras, el libro precedente. Es demasiado pedir. Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) no es, precisamente, de los que viven del cuento y mucho menos de las rentas de haber escrito dos de los relatos más rotundos y mejor conseguidos de la narrativa española del siglo XX. De un lado, 'La verdad sobre el caso Savolta', aparecida meses antes de la muerte de Franco y que, con justicia, se consideró el pórtico de entrada de la recién estrenada transición, y 'La ciudad de los prodigios', en donde Mendoza, de la mano de sus tres grandes amores, Cervantes, Galdós y Baroja, enseñó a los más testarudos y despistados el camino del saber contar a la manera clásica, con un hilo argumental sólido, con una escritura transparente y con sentido común literario, que diría su amigo Marsé.

Después de esas dos aludidas novelas, fuimos muchos los que sentimos la decepción de no hallar a un Mendoza que las superara, acaso por haber puesto el listón demasiado alto, como si en esos dos libros se hubiera dejado la vida y hubiera desembuchado todo lo que llevaba dentro de un solo golpe. Pero no es verdad que, a partir de entonces, su trayectoria creativa entrara en una noche oscura sin retorno. Hay títulos merecedores de buenos elogios, como 'Una comedia ligera' o 'Riña de gatos' con el que obtuvo el denostado Premio Planeta. Títulos, en definitiva, notables, pero nunca a la altura de lo que cabía esperar de él.

'El rey recibe' es una obra que, en algún momento, nos recuerda las mejores páginas de sus dos grandes títulos, sin llegar a tanta excelencia. Se nota, de entrada, que Mendoza es un narrador un tanto asilvestrado que, sin plan aparente, como su querido don Pío, es capaz de montar un relato ingenioso, deslumbrante y atractivo para el lector. El protagonista, Rufo Batalla -sería digno de analizar en otro momento la razón del nombre de cada uno de los personajes que desfilan por sus páginas-, está a medio camino entre el innominado protagonista de 'El misterio de la cripta embrujada' y el soberbio Onofre Bouvila de 'La ciudad de los prodigios'. Un tipo listo, pero despistado, enamoradizo, a quien le gusta escuchar a los demás con respeto, pero que en el fondo termina haciendo lo que le da la real gana.

Mendoza nos sitúa en el terreno que mejor conoce, en la década de los setenta. Y, con una envidiable y genial sutilidad, va marcando el paso del tiempo no con fechas concretas, sino con la alusión a determinados acontecimientos: desde la muerte de Janis Joplin hasta el asesinato de Carrero Blanco. La Barcelona y el Nueva York del relato son escenarios en donde nuestro autor se ha movido a lo largo de sus setenta y pico años de fructífera vida. Queremos tanto a Mendoza...

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