Prosa y jardín

Holly Ringland somete a su personaje a una interminable sucesión de dramas

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Es fácil pensar en Oliver Twist o la pequeña Nell si nos preguntan por el personaje literario con peor fortuna de la historia. Al mismo tiempo, hay que reconocer que uno se acuerda de ellos porque son personajes memorables. Como lo son los libros a los que pertenecen. Por más que Dickens pudiese recurrir al patetismo, su talento se mostraba incapaz de no rodearlo de otros materiales de calidad y de situar al lector siempre cerca de alguna clase de valiosa verdad humana. Estas ideas surgen en la lectura de 'Las flores perdidas de Alice Hart', pero por el peor motivo posible. Su autora, la australiana Holly Ringland, parece haber conseguido lo contrario: someter a su protagonista a una sucesión de dramas sin más justificación que la sensiblería y el efectismo. El resultado es agotador. No diré que uno termina pensando que la protagonista merece todo lo malo que le pasa. Pero la novela tiene cuatrocientas páginas: igual la mitad, aproximadamente, sí se lo merece, incluyendo al menos una de las dos catástrofes, no sé si el incendio o si la inundación.

La protagonista de la novela, claro, es Alice Hart. Al comienzo del libro es una niña de nueve años que vive con sus padres en una finca rural de Australia. Situada entre un cañaveral y la bahía, la casa es un paraíso y un infierno. Lo primero tiene que ver con el jardín y con su madre, que abre ante la niña un mundo de fantasía y mantiene una relación especial e incomprensible con las flores; lo segundo tiene que ver directamente con el padre, que es un hombre violento que maltrata a su mujer y a su hija hasta límites que bordean el asesinato.

Al final de la novela, Alice Hart es ya «una mujer preciosa». Sin dar muchos detalles diremos que consigue escapar de aquel infierno inicial para ir recayendo en otros lugares de similar ambivalencia: paraísos que se vuelven infiernos, por lo general. Alice vivirá junto a su abuela y un grupo de mujeres llamadas 'las Flores' en una plantación de flores silvestres donde llegará a ser 'floriógrafa'. También llegará a ser guarda en el parque natural de Kililpitjara, «un paraje sagrado con un profundo significado espiritual y cultural para las mujeres anangu». En todos estos escenarios ya se ve que la naturaleza tiene una importancia decisiva. Los capítulos del libro se encabezan con el dibujo de una flor y con su 'significado'.

Podría decirse que el libro pretende ser una novela de formación, pero de formación espiritual. Además de a la traición, la mentira y el maltrato, la pobre protagonista es una criatura constantemente expuesta a fenómenos pseudopoéticos y emotivos («el primer oxígeno que respiró Alice estaba lleno de relámpagos y olía a lirios de lluvia»). Su destino viene a ser como un folletín en tiempos de Instagram. Está lleno de promesas, traiciones, secretos, lágrimas, puestas de sol y mascotas. El modo en que Holly Ringland no esquiva un solo cliché y parece convencida de la potencia conmovedora de su escritura termina siendo hasta interesante. También se pueden subrayar frases para mal: «Si se lo proponía, a base de caminar conseguía apagar la llama abrasadora del amor». «El cielo era de color azul celeste». «Desde la primera noche en que había encendido las guirnaldas de luces, estas se habían convertido en diminutas balizas secretas de su corazón».

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