El poder sanador de la belleza

INÉS BELMONTE AMORÓS

En 'Hacia la belleza', hay una atmósfera que te atrapa. Es en gran parte culpa de los personajes, los cuales se parecen entre sí: seres hipersensibles que vagan entre la mediocridad y el genio y que, más allá de lo considerado valiente, temerario o cobarde, quieren darse la oportunidad de sanar. En este sentido, la búsqueda de la belleza estética representa este deseo de resiliencia. El arte, admirado, analizado o producido, funciona como bálsamo para los dos personajes protagonistas, Camille y Antoine, quienes llegaron a cruzarse en el tiempo y espacio.

La novela comienza con la decisión de Antoine de abandonar su plaza de profesor de historia del arte en la universidad de Lyon para solicitar un puesto de vigilante de sala en el museo de Orsay. De este modo, la obra se abre con una incógnita: ¿Qué hace un catedrático de universidad de vigilante en una sala de museo? Más concretamente, la sala sobre Modigliani que alberga el retrato de Jeanne Hébuterne, la amante suicida de este.

'Hacia la belleza' puede calificarse de thriller romántico. El poder sanador de la belleza es un tema pilar de la novela, pero también la culpa: la culpa como un sentimiento al que los personajes se someten; y que, más que conducirlos, los empuja hacia ciertos senderos. El estilo de sus líneas es muy digestivo, y conduce fácilmente al lector en las entrañas de la historia, entreteniéndolo sin esfuerzo. No obstante, a veces se cae en explicaciones innecesarias y en descripciones que, de tan románticas, rozan el patetismo y el cliché. Los personajes, por su parte, se dejan atravesar por sentimientos puros y pretendidamente profundos, pero de tanta intención de profundidad, termina resbalando en el espejismo y lo predecible.

Se trata, en fin, de un entretenimiento certero para combatir el hastío de una tarde lluviosa o de los días lentos del verano.