El país de los hombres solos

El país de los hombres solos

Pérez-Reverte recrea uno de los personajes más emblemáticos de la literatura española

JOSÉ BELMONTE

En las figuras, ya míticas, inolvidables, de Jaime Astarloa ('El maestro de esgrima'), Lucas Corso ('El club Dumas') y Diego Alatriste (de la serie dedicada a este personaje) ya se perciben, de manera implícita, las voces y los ecos de esta nueva criatura que, por lo que se ve, Pérez-Reverte tenía guardada en su recámara, a la espera de tiempos más propicios, en esta España del primer cuarto del siglo XXI en donde están en el alero tantos conceptos, tantos ideales. Conceptos como el honor, como patria, y otros más cercanos pero igualmente olvidados o desterrados para siempre, como amistad, honradez, fidelidad, etc.

Ruy Díaz, es decir, el Cid Campeador, el que en buena hora ciñó espada, conocido como Sidi por propios y ajenos, es, como los personajes anteriormente citados, un héroe cansado, un jinete a lomos de un hermoso caballo que vive, tras ser desterrado por su propio monarca, con todos sus fieles en ese difícil terreno que es la frontera entre reinos. Cabe suponer que en esos años, en la Edad Media, la vida era un sinvivir, y las armas se convierten en la prolongación del propio brazo. Se nota, desde la primera página, que Pérez-Reverte se siente cómodo escribiendo un relato como el presente: ambiente guerrero -muchos pasajes de la novela solo podría escribirlos quien ha estado en medio de una batalla, porque, después de todo, todas las guerras son la misma guerra-, soldados que siguen fielmente a su jefe, gente que lucha por unos ideales, aunque también mire por su sustento y el de sus allegados; y un líder que defiende a muerte a los suyos, que ocupa la primera línea de batalla para que cunda el ejemplo. Un tipo honrado, justo, paciente, disciplinado, que puede ser duro en ocasiones hasta el punto de cortarle las manos y de ahorcar a uno de su tropa, de su propio pueblo, Vivar, si no cumple las normas establecidas.

La voz

La novela de Reverte no es un texto que guarde una fidelidad absoluta al primitivo cantar del Cid, que tanta fortuna haría -dentro y fuera de España- en la literatura posterior. Un poema, por cierto, que entusiasmó a Menéndez Pidal, y desconocido hasta finales del siglo XVIII y que, desde entonces, se ha convertido en la obra más genuina de la medievalidad. El escritor cartagenero no rehúye de aquellos datos que nos ofrece la literatura, como la renombrada jura de santa Gadea, el nombre exacto de los acompañantes del Cid en el destierro, o el hecho de que el héroe castellano dejara a buen recaudo a su esposa y a sus dos hijas en Cardeña, al resguardo de un monasterio. Asimismo, el lenguaje empleado, como ya sucedió en la serie del capitán Alatriste, ambientada, aquella vez, en el siglo de oro, está cuidadosamente escogido, hasta conseguir que el lector se familiarice y asuma ciertos vocablos propios de la época. Pero, al mismo tiempo, sin caer ni en anacronismos ni en palabras técnicas que podrían enturbiar la marcha del relato. Un equilibrio bien logrado. Es posible que la novela de Reverte más cercana a la que ahora se publica con el nombre de 'Sidi' sea 'El húsar', su primer relato de 1986. Es ahí, tan tempranamente, cuando el entonces reportero despliega todo su conocimiento para que se perciba con meridiana claridad lo que significa verdaderamente el fragor de una batalla, lo que supone entrar en combate cuando las guerras aún se dilucidaban sobre el terreno y no desde un laboratorio a base de nuevas tecnologías y otros inventos del demonio. En el narrador omnisciente de 'Sidi' se percibe la voz de Reverte, su cúmulo de experiencias, el reportero, también cansado, pero no vencido, que cuenta en voz baja, para quien quiera escuchar, lo que es la guerra: «...nueve partes de paciencia y una de coraje (...) En diecisiete años de pelear había visto a hombres de valor probado en las batallas, a guerreros temibles, desmoronarse cuando la espera se prolongaba demasiado. Ser vencidos de antemano por la tensión. Por la incertidumbre».

Morir cansado y sin honra

Pero al margen de las expresiones típicas de ese tiempo -no es preciso utilizar un diccionario, pero convendría tener uno a mano por si acaso-, que contribuyen a darle mayor realismo al relato, otro de los grandes aciertos de Pérez-Reverte, es, sin lugar a dudas, la perfecta recreación del ambiente bélico: se huele a sudor, a estiércol de caballo, se aprecian los rostros sucios, las ropas hechas añicos, las venas del cuello tensas -como cuando Pérez-Reverte emitía en directo sus crónicas desde Eritrea, desde Beirut o Sarajevo- y la espada presta para ser desenvainada. La guerra es, como en estas páginas se deja apuntado, el país de los hombres solos. Y entre esos hombres destaca gente, además del Cid, de hondo calado, como muchos de sus soldados, cuyo breve papel es suficiente para ofrecernos una estampa cabal de los mismos, o de sus aliados moros, como el valiente Yaqub al-Jatib, el hombre de confianza del rey moro de Zaragoza.

'Sidi' es, además de todo lo apuntado, un libro marca de la casa, de esos a los que ya nos tiene acostumbrados Reverte: escrito primorosamente -esta vez ha procurado que los diálogos sean más cortantes, más directos y sentenciosos- y con brillantes frases y expresiones que invitan a cualquier lector, lápiz en mano, a subrayarlas: «Huir solo sirve para morir cansado y sin honra».