Meditaciones de un caminante solitario

ALICIA MORALESPROFESORA DE FILOLOGÍA CLÁSICA DE LA UMU

Suele Pedro Olalla recibir a sus visitantes en Atenas con un paseo por los lugares de la antigua democracia ateniense: la colina de la Musas, el Areópago con la Acrópolis enfrente, siempre dominando, hasta ascender a la roca del Pnix, lugar de reunión de la Asamblea ateniense, primer parlamento democrático. A la luz del atardecer en Atenas -esa luz increíble del Ática rememorada por tantos viajeros- y escuchando su voz pausada, las ruinas van recobrando vida y reviven también viejas nociones: isonomía (igualdad ante la ley), parrhesía (libertad de expresión), polites (ciudadano), demokratía (gobierno del pueblo).

Es un viaje a los orígenes de la democracia que Olalla convirtió en literatura en su magnífico ensayo Grecia en el aire. Herencias y desafíos de la antigua democracia ateniense vistos desde la Atenas actual. En este libro señalaba las resquebrajaduras y contradicciones de un sistema que generó la crisis de la deuda griega, como banco de pruebas del actual (des)orden mundial. Grecia, ese pequeño país mediterráneo que se está ahogando y del que ya nadie parece acordarse.

Ahora nos regala una nueva obra, 'De senectute politica. Carta sin respuesta a Cicerón', un delicioso librito que adquiere la forma -clásica- del género epistolar, que sirve al autor para desplegar una vívida conversación con Cicerón, homo politicus por excelencia del mundo antiguo. Olalla, trasunto moderno del antiguo Ático, intenta desvelar al orador romano los entresijos éticos y políticos del mundo actual. Difícil tarea.

Ante una democracia convertida en un '«nombre vacío de su esencia, usurpado por los poderosos», tenemos la obligación urgente de repensarla desde el principio, de volver al comienzo. Olalla nos conmina a hacerlo entablando un diálogo con los clásicos y aprendiendo de su experiencia. Nos avisa de la necesidad de reconquistar la idea aristotélica del ciudadano como aquel que participa del poder de gobernar y juzgar; de recuperar la noción de virtud política con su irrenunciable vocación de igualdad en un mundo cada vez más rico y cada vez más desigual.

Y ante el aparente oxímoron de cómo rejuvenecer la democracia en una sociedad envejecida, Olalla reivindica el envejecer no como decrepitud sino como el empeño ético de cada uno por desarrollar hasta el final una vida digna y políticamente consciente. «Envejezco aprendiendo cada día», dijo Solón. Y ello solo es posible en el seno de una pólis que busque la justicia y luche contra el abuso y la desigualdad. En definitiva Olalla rescata la pregunta esencial que nos legaron los antiguos: ¿Cómo debemos vivir?

 

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