Luna Miguel y un Humbert aburrido

La poeta y novelista Luna Miguel. / inés baucells
La poeta y novelista Luna Miguel. / inés baucells

En su primera novela, la joven poeta de Alcalá de Henares toma la relación de un profesor con una alumna para dar la vuelta a la 'Lolita' de Nabokov y contar la historia desde el lado de la víctima

IÑAKI EZKERRA

Cuando se habla de la 'Lolita' de Nabokov, a menudo se produce una confusión de planos tanto en la denostación como en el elogio. Hay quien la condena moralmente porque ve en ella un desvergonzado canto a la pederastia y hay quien la adora por eso mismo. Sin embargo, como obra que es de ficción, se sustrae a ese tipo de juicios tanto negativos como positivos, pues una novela no es un ensayo, que, por su naturaleza, nos remitiría a la realidad y en el que el autor debe dar cuenta moral de las tesis que defiende. Los héroes de las novelas no tienen por qué ser presentables moralmente. El propio género nació para que el lector, que no es necesariamente ni un pederasta ni un loco ni un asesino, pueda sentirse tal en el espacio ficticio que crean las páginas de 'Lolita', el 'Quijote' o 'Crimen y castigo' siguiendo los pasos del hidalgo Alonso Quijano, el estudiante Rodión Raskólnikov o el perverso Humbert Humbert. Por otra parte, en la novela de Nabokov juega un decisivo papel técnico la situación de permanente precariedad y furtividad en la que Humbert Humbert se halla. Esa situación actúa de gancho narrativo y mantiene la atención del lector al modo de un 'thriller'. Ese 'estar en lo prohibido' resuelve técnicamente la novela, porque aporta las debidas dosis de intriga, suspense y dramatismo: el diario oculto que descubre la madre, el encuentro a solas del padrastro y la niña, la persecución, el descubrimiento que hará Humbert de que no está solo en su perversa aventura. Si 'Lolita' hubiese sido la simple y llana exposición de las fantasías rijosas que tiene un adulto con una cría no habría sido la gran obra que es. Lo que la hace inolvidable es esa tensión no exenta de humor y sentido lúdico. Es ese aspecto el que ha obviado Luna Miguel en 'El funeral de Lolita', una primera novela que tiene por heroína a una periodista de treinta años, Helena, que se dedica con éxito a la crítica gastronómica y que recibe, por una compañera de estudios, la noticia de la muerte de su profesor de literatura en el instituto, Roberto, un hombre mayor y casado, con el que mantuvo una relación prohibida cuando ella tenía solo quince años.

La propuesta narrativa de Luna Miguel es clara y en principio sugerente: contarnos la historia de 'Lolita', de la Lolita que fue Helena en su adolescencia, desde el otro lado, desde el lado de la 'nínfula', no desde el lado del sátiro. El problema con el que se topa la autora es la debilidad de los mimbres con los que cuenta para hacer ese arriesgado cesto. Y es que el libro oscila entre dos polos opuestos e inconciliables que lo abocan a una contradicción insalvable. Por un lado, Luna Miguel se decanta por la opción dramática de presentar a su Lolita como una víctima del acoso sexual e incluso de una violación en la que no cabe ni la ironía ni el juego nabokoviano. Lo que cabe es toda la condena moral de los casos reales y sórdidos que narra nuestra prensa diaria, así como todo el peso de los tópicos de la corrección política que Nabokov rehuyó porque no pretendía escribir una novela realista. Por otro lado, Luna Miguel también se resiste al realismo de la literatura de denuncia en determinados momentos del libro, y pese a que conduzcan directamente a ella los materiales de construcción que utiliza. Diríase que se da cuenta de que esa opción aleja su texto del atractivo literario, del nivel creativo y del genio transgresor que late en el de Nabokov. Se da cuenta de que la condición limitada de víctima priva a su protagonista de las calidades y registros psicológicos que le otorgaría un cierto grado de malicia, indispensable para no caer en la paradoja de que una chica 'millennial' de quince años resulte más ingenua que una de doce de la década de los cincuenta, como lo era la 'Lolita' clásica.

Para resolver esa irresoluble contradicción generada por dos contrapuestos planteamientos (el de niña mala o víctima inocente), la autora pone en su protagonista un lenguaje desinhibido («Odio a mi padre y voy a castigarle follándome a un hombre mayor...», dice en la página 70) y la lleva a unos excesos que lindan con los personajes femeninos de Amélie Nothomb a la vez que contrastan con los poemas sentimentales que componen el mundo referencial de la chica y que parecen propios de una estudiante de Filología Hispánica.

Es ese el mundo que compartió con su corruptor; con aquel profe aburrido que es un adolescente tardío y la antítesis del temerario Humbert Humbert. Hay momentos en que esta novela, más que 'El funeral de Lolita', se asemeja a su asesinato literario.

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