Una luciérnaga en la noche

Raquel Lanseros descubre las verdades ocultas de sus señas de identidad

ANTONIO ORTEGA

Desde la lectura que Jaime Gil de Biedma hizo de la teoría de Robert Langbaum en 'La poesía de la experiencia', muchos y muchas poetas, desde la década de los ochenta, han sondeado aquellos principios esenciales de llevar al propio poema hacia una cierta rehumanización de lo cotidiano, de lo concreto y familiar, por la que se dota al poema de un carácter confesional y cercano, al mismo tiempo que se eleva cada hecho hasta una dimensión histórica como proceso de conciencia y pertenencia a una sociedad y a una época diferencial.

Muchos han sido, desde la figura totémica de Luis García Montero, quienes dieron a su producción poética un manojo de matices diversificados que oscilan entre la hiperrealidad del barrio de vecinos a la ambientación personal de una sentimentalidad que llama la atención por su complicidad, pero que presenta el problema de su reducción a la esfera de lo privado.

Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973) nos ofrece en 'Matria' una selección de poemas que pueblan su horizonte sentimental y reflexivo, meditativo, partiendo de una búsqueda personal, de sus raíces y su interioridad. La mirada se posa en el objeto, en lo concreto, en lo real, como una señal de identidad imprescindible para ser al mismo tiempo que poema, protagonista del mismo. Leemos que la madre sufriente, el padre poderoso, el abuelo en la memoria rediviva, son fragmentos en los que la poesía y la biografía se mezclan en esto versos narrativos y bien construidos, en el rumor del tiempo convulso y en la felicidad que la sangre deposita en la herencia familiar y en cada nueva generación.

También dirige su mirada y su corazón a la tierra que habitamos, a la tierra del Sur, donde España enarbola su historia fratricida aún sin sanar las heridas ni el dolor ni encontrar un camino común. Es la geografía del sur de Europa, morada para todos los que llegaron durante tantos siglos o la lejana silueta de Hispanoamérica, otro tesoro de nuestra herencia que debemos amar porque habita entre nosotros igualmente como un hijo en el exilio.

Y por otro lado, de pronto, adquiere una dimensión extraordinaria cualquier detalle particular: el croar de una rana, la luciérnaga en la noche oscura del alma, los perros con su medalla de la lealtad bien visible o el ombligo que se autoproclama centro del Universo. O sea, emociones privadas que se transforman en lágrimas públicas, felices o tristes, tienen su amparo en 'Matria', en el regazo placentero y afectivo de Raquel.

La autora de 'Leyendas del promontorio' (2005), 'Los ojos de la niebla' (2008), 'Coroniria' (2009) o 'Las pequeñas espinas son pequeñas' (2013), se cuestiona en esta etapa poética sus ideas poéticas, sus personas amadas, su tiempo revuelto y su convulso espacio vital, para huir del desengaño. Acaso empañada de memoria, siempre atenta a al discurso bien hecho.