Un lobo en el bosque

La canadiense Michaud escribe novela negra con rigor y muchos matices estilísticos

J. ERNESTO AYALA-DIP

A esta altura de la cosecha negra o policiaca, sus lectores ya sabemos que no solo necesitamos la intriga bien diseñada. Necesitamos el estilo, la profundidad psicológica de sus personajes, con ese deje de abismo que tienen que gastar si quieren perdurar. Pienso esto cuando termino de leer 'Brondrée. La frontera del bosque', de la escritora canadiense (Quebec) Andrée A. Michaud.

La acción de este 'thriller' se desarrolla en una zona boscosa, entre EE UU y Canadá. Cerca de este bosque se halla un pequeño pueblo donde todos sus habitantes se conocen. Sus hijos son amigos entre sí. Salen y se divierten. Algunos se internan en el bosque para escapar de la vigilancia de sus padres. Hasta que un día una adolescente es hallada asesinada. Claro que hay un sospechoso, del que todo el pueblo desconfía. Fue cazador y una de sus trampas fue encontrada al lado del cadáver de la víctima. A los pocos días desaparece la amiga íntima de la primera. También es hallada muerta. Probablemente también asesinada. Es cuando aparece en escena el inspector Michaud (no confundir con la autora) con sus dos ayudantes. No hay pruebas concretas contra nadie. Y todos los sospechosos de rigor, los habituales, tienen coartadas muy sólidas.

Michaud (la autora) urde una trama apoyada en cierto suspense. El relato se arma alrededor de dos voces, una ficcionalmente autobiográfica en la voz de una adolescente casi testigo directo de todo lo acontecido, y la otra omnisciente, la que sabe todo de todos, menos quién es el asesino. Me gustaría trasladarle al lector un fragmento descriptivo de la novela para que se hagan una idea del estilo de la autora: «Frenchie era una chica guapa de pelo casi tan largo como el de Sissy Morgan y Zaza Mulligan (las víctimas). Había en ella algo como inacabado, una falta de brillo que la convertía en una chica corriente comparada con las otras dos. Michaud no hubiera podido decir a qué se debía, quizá a la languidez de la inteligencia. Estaba a dos dedos de alcanzar la belleza, lo que intentaba compensar con la ayuda de un maquillaje demasiado llamativo y ropa provocadora». Así escribe Andrée A. Michaud. Siempre atenta a los detalles demoledores. Cuando uno se enfrenta a una novela de género (me molesta este término, pero para entendernos) escrita con este rigor y a la vez con tantos matices estilísticos, casi te olvidas de quién es el asesino. Incorporo ya a esta autora a mi carpeta de muy recomendables.