Juan José Millás y el diarismo fantástico

Juan José Millás, en una firma de libros. / efe
Juan José Millás, en una firma de libros. / efe

En 'La vida a ratos', el escritor valenciano parodia la fórmula del diario para entregarse a la autoficción y a contar los hechos más estrafalarios con el tono cotidiano y propio del género

IÑAKI EZKERRA

Desde hace unos años se ha puesto tímidamente de moda en España el diarismo, ese género que tiene autores de referencia universal como Henri-Frédéric Amiel, Samuel Johnson, Joe Orton o Jules Renard y que consiste en hablar de la existencia cotidiana mezclando esta con reflexiones sobre uno mismo, sobre los otros o sobre lo que los otros -escritores, filósofos, artistas...- dijeron de los temas que le importan a uno. El diario tiene algo de metafísico y a la vez de doméstico. En esa combinación reside su secreto. Y a ese arte, a esa tradición que en España han cultivado el Josep Pla de 'El cuaderno gris' o el Max Aub de 'La gallina ciega', se han sumado en la etapa democrática autores como Juan Bernier o Andrés Trapiello y más recientemente el Ignacio Vidal-Folch de 'Lo que cuenta es la ilusión', el Iñaki Uriarte de los 'Diarios' o el Marcos Ordóñez de 'Una cierta edad', un dietario llegado a las librerías en las últimas semanas. Es en ese género en el que se ha adentrado o con el que más bien ha jugado Juan José Millás para escribir 'La vida a ratos', un texto que abarca 477 páginas así como un presunto y aproximado período temporal de tres años y medio durante los cuales la voz de un alter ego que se llama como el autor, y que responde a sus datos biográficos conocidos, nos va contando en primera persona unas vicisitudes que solo de manera figurada, y en una clave de licencia literaria, pueden ser calificadas de cotidianas: «Lunes. Ha muerto un amigo al que hace dos años doné un riñón» (página 370).

Las peripecias de esa aventura renal no acaban ahí. Unas líneas más abajo da cuenta de cómo ese amigo se entregó a un frenético consumo de alcohol que lo condujo a la tumba como a su donante al arrepentimiento de su generoso gesto. Y de ahí pasamos, sin dejar la página, a una jornada siguiente no menos infortunada: «Martes. Acaba de fallecer una amiga a la que hace años doné un pulmón». El desarrollo narrativo de este segundo trasplante presenta una deriva similar: su amiga comienza a fumar, cosa que no había hecho antes en su vida y acaso sin otra finalidad que hacer daño con sus cigarrillos al pulmón regalado: «Daba la impresión de que los encendía contra mí» (página 371).

Lo que en realidad hace Juan José Millás en 'La vida a ratos', lejos de escribir un diario convencional, es inventar un género -el 'diarismo fantástico'- que va más lejos de la clásica novela en la que la vida del protagonista se vierte en unas confesiones ordenadas según las fechas del calendario. Aquí de lo que se trata es de la adopción por parte del escritor de la fórmula diarística para desafiarla, satirizarla, burlarse de ella y forzarla en sus límites hasta frecuentar la ficción más disparatada y grotesca, pero sin abandonar en ningún momento el tono realista, cotidiano y característico de los diarios. Estamos, así, ante un experimento de autofabulación que sobrepasa las aduanas de lo novelesco, pero a lo que podremos y tendremos que llamar fatalmente 'novela' para constatar que su negociado creativo se dirime en un espacio de ficción y para diferenciarla de un diario o un dietario al uso. No todas las páginas de este obra narran extraordinarias aventuras fisiológicas como las de esos dos trasplantes de órganos, pero, aunque cuenten hechos más comunes y verosímiles, flota en todo el libro esa atmósfera irónicamente enrarecida e impagablemente divertida de la que Millás sabe contagiar no ya solo a toda su producción narrativa sino a sus propios artículos, sirviéndose, con su personal e inconfundible estilo, de fabulaciones hipocondríacas, metaforizaciones morbosas y fantasías neuróticas que son a su vez una genuina y desenfadada parodia de sí mismas; de esa clase de desvaríos obsesivos, aprensivos y depresivos.

Quizá para su comodidad, el autor ha tomado de su propia vida las circunstancias y costumbres del personaje, sus sesiones en el diván de un psicoanalista, sus visitas a un taller de escritura, sus rutinas urbanas, su pasión por los prospectos médicos, sus rituales y sus manías. El libro se inicia cuando el narrador tiene 67 años y su material se divide en el plazo temporal de 194 semanas, a su vez divididas en esos días en los que supuestamente se digna a escribir algo. Puede decirse, por la naturaleza y originalidad del planteamiento literario, que aquí está el mejor Millás, el autor en estado puro, liberado de la tiranía del género y del convencionalismo de tener que idear un personaje, urdir un argumento y atarse mínimamente a unas reglas cuyo dominio está sobradamente probado.

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