Jorge Franco y los hijos del narcotráfico

El autor colombiano Jorge Franco. / Gabriela Montoya
El autor colombiano Jorge Franco. / Gabriela Montoya

El escritor colombiano, que obtuvo el premio Alfaguara en la edición de 2014 con una novela sobre la orgía sangrienta del narcotráfico, cuenta ahora la suerte de los vástagos de los capos

IÑAKI EZKERRA

El del narcotráfico colombiano es un tema que se ha prestado a distintos tratamientos literarios: desde el ideológico, que hurgaba en sus implicaciones políticas con una cierta tendencia a exculpar al cuerpo social, hasta el de la novela negra, que extraía desde una perspectiva más bien frívola su lado más pintoresco, pasando por el fresco sociológico, abocado a la recreación costumbrista. La literatura del escritor antioqueño Jorge Franco se distingue en que enfoca esa cuestión desde un punto de vista ético que resulta especialmente incómodo: el de la responsabilidad colectiva o, dicho de forma más cruda, el del envilecimiento de una comunidad. Jorge Franco aborda narrativamente ese fenómeno que ha sacudido fuertemente la vida de su país como Günter Grass encaraba el nazismo en 'El tambor de hojalata' o Fernando Aramburu el terrorismo etarra en 'Patria'. En 'Rosario Tijeras' (1999) retrató los años locos de la narcofiesta, la Colombia desquiciada del auge de las mafias, del exceso, la violencia y la impunidad. En 'El mundo de afuera', obra con la que ganó el Premio Alfaguara quince años después, relataría los años previos en los que se fue fraguando la pesadilla. Ahora, en 'El cielo a tiros', lo que cuenta es el después de la 'era Escobar', los años de la resaca, la historia de los hijos de los capos caídos en desgracia en un país en el que, por otra parte, la lacra del narcotráfico no es algo superado.

'El cielo a tiros'

Autor
Jorge Franco
Editorial
Alfaguara
Páginas
382
Precio
18,90 (ebook, 12,99)

El protagonista de la novela es Larry, uno de los dos hijos de Libardo, un jerifalte de la droga al que se dio por desaparecido doce años atrás durante los cuales el joven ha estado viviendo lejos de su país. Larry viaja de Londres a Medellín en el momento en que han sido hallados los restos de su progenitor; es decir, para reencontrarse con el cadáver de aquel hombre grosero y temible. Y para reencontrarse también con el pasado, con los suyos, con sus antiguos colegas, con su hermano mayor Julio, que ha heredado el carácter del padre muerto, o con Fernanda, su madre viuda, una exreina de la belleza que hoy se siente desterrada del paraíso de la abundancia en el que nadó mientras vivía su marido. Sin embargo, antes de esa cita materna, un amigo, Pedro, lo retiene y lo mete en medio de la Alborada, una fiesta popular que se celebra la noche del 30 de noviembre al 1 de diciembre y que se caracteriza por un desmedido consumo de alcohol y un espectacular derroche de pólvora. Con los movimientos de nuestro hombre en ese festejo, en el que no faltan los mafiosos que rememoran indiscretamente las anécdotas de su padre, se inicia el libro, que pronto pasa, en el capítulo siguiente, a las fechas en las que Libardo afrontó conmocionado la noticia de la muerte de Escobar. Y de ese pasado lejano, el tercer capítulo nos lleva al pasado inmediato del viaje de Larry de regreso a su país y de su conversación en el avión con Charlie, una compatriota que también debe enfrentarse a la muerte de su padre aunque de un modo diferente que le sirve al autor para establecer dos categorías sociales de la Colombia actual: «A Charlie y a Larry los unía la muerte. A ella la de su padre, un muerto digno, alguien respetado y conocido. El de Larry, por el contrario, ilícito, desaparecido, indecoroso hasta en su muerte.» (Página 83).

Jorge Franco cuenta todo eso con un estilo cuidado y ameno, repartiendo con solvencia el relato entre los distintos tiempos así como entre la primera persona de su héroe y la clásica tercera omnisciente. Pero el gran acierto de la novela es la manera en que profundiza en la descripción de ese magma viscoso de la delincuencia asumida y consentida que crea una grave alteración de los valores, una hipocresía, una 'moral' y un poder paralelos a los oficiales en una sociedad; el modo en el que el texto va dejando ver todas las contradicciones de ese submundo de marginalidad y estigma, pero también de riqueza y dominio, que a la vez estaba a la vista de todos. Contradicciones como la de la víctima que ha sido beneficiaria; que siente miedo a los señores de la droga y a la vez orgullo de participar en una medida de ese mundo; de beneficiarse de él y de un sentimiento de grupo, de privilegio, de seguridad, de acceso a su dinero fácil como a una suerte de conciencia de clase y de rebeldía frente al Estado que se pretendía legítima. Contradicciones como la de esos hijos avergonzados y a la vez desposeídos de un negro reino así como depositarios de un doble y confuso rencor hacia sus padres, no se sabe bien, en ciertos momentos, si por lo que estos fueron o por lo que dejaron de ser.