Joaquín Berges o deserciones de variada índole

El escritor Joaquín Berges./
El escritor Joaquín Berges.

En esta novela que coincide con el centenario de la Guerra del 14, el autor aragonés relaciona dos casos de deserción con la huida de un hombre maduro de hoy de su entorno familiar

IÑAKI EZKERRA

El pasado 11 de noviembre se conmemoraban los cien años del armisticio que puso fin a la sangría de la Primera Guerra Mundial. Coincidiendo con esa efeméride, llega a las librerías 'Los desertores', una novela en la que el escritor zaragozano Joaquín Berges recupera la memoria de dos soldados británicos, Albert Ingham y Alfred Longshaw, dos seres reales, que lucharon en aquella conflagración y que fueron fusilados por deserción. El punto de referencia geográfico en torno al que pivota la acción del libro es el escenario en el que tuvo lugar la batalla del Somme, en la que murieron 600.000 jóvenes y resultaron heridos más de un millón, todos ellos de nacionalidad inglesa, francesa o alemana así como de edades comprendidas entre los veinte y los treinta años.

Hacia esos parajes de la campiña francesa, hoy poblados de cementerios y monumentos que evocan el derramamiento de sangre, se dirige el protagonista que ocupa el primer plano de la novela, un tal Jota que es un hombre de nuestros días, situado ya en una edad madura y que ha trabajado como abogado en el mercado de alimentos de la capital de España. Es precisamente dentro de uno de los camiones de ese comercio de frutas y verduras, conducido por una mujer llamada Geike, donde Jota parte a su aventura sin encomendarse a nadie y provocando, con su desaparición repentina, la inmediata alarma de su familia.

Los motivos que en la novela justifican que ese personaje se embarque en ese extraño viaje son -según se nos explica- dos fundamentalmente. Por un lado, se da la circunstancia de que su propio padre tuvo oportunidad de copiar las cartas que el soldado Ingham envió al suyo durante su participación en la Guerra del 14 hasta que fue fusilado por su propio Ejército. Por otro lado, Jota se siente identificado con la figura del desertor por la manera en que ha llevado su matrimonio con una tal Magda desde el mismo inicio de éste, ya que de quien de verdad estaba enamorado era de Rosa, la hermana de su mujer. De este modo, en la deserción que protagonizaron hace un siglo esos dos muchachos, que serían enterrados juntos, Jota ve una proyección de su propia vida. Y no sólo eso sino de la vida de su propio padre, que abandonó el hogar conyugal fugándose con la cuidadora de sus hijos mientras su mujer yacía enferma.

Como puede observarse Joaquín Berges ha reunido en 'Los desertores', de un manera que no cabe calificar más que de 'forzada', dos tipos de historias absolutamente dispares en su naturaleza y en los contextos temporales en los que transcurren: una de ellas de sombrío carácter bélico y otras dos de cuernos, que rozan el culebrón de forma temeraria. Sin duda, el punto débil de esta novela reside en la relación del primero de esos relatos, el de guerra y huida de la guerra, con los otros dos de carácter sentimental; relación que se basa en una pura metáfora -la de la fuga- entre insuficiente y desproporcionada para explicar la travesía de Jota hacia un lugar trágico de la historia de Europa y acaso también para explicar el propio libro, que se basa en dicha peregrinación. Dicho de otro modo, ¿es suficiente una metáfora para justificar una novela?

A esa objeción, que linda con el aspecto casi técnico de la obra, puede añadirse otra de carácter más subjetivo, pero que condiciona objetivamente la ausencia de profundidad en los dos personajes, Albert y Alfred, que comparten un fatal destino: la interpretación plana que hace el texto de la historia de éstos; ese planteamiento moralmente justificativo y hasta reivindicativo de su acción desertora, que coincide con la tesis, por otra parte generalizada, que achaca íntegramente a los viejos militares y políticos europeos de la época la responsabilidad de aquella carnicería histórica que fue la Gran Guerra. Y es que, aunque así fuera y aunque aquella joven generación corriera a las trincheras, engañada por sus mayores, la exculpación de toda posible participación en el clima de entusiasmo bélico que precedió al horror no se corresponde con la hoy creciente reclamación del papel estelar de la juventud en la vida pública. Hay una contradicción no resuelta entre la exaltación de ese protagonismo de lo joven en las decisiones políticas y «esa otra deserción» añadida de toda responsabilidad cuando esas decisiones conducen a un mal puerto. En cualquier caso, 'Los desertores' y la propia conmemoración centenaria de aquella escabechina sin precedentes nos brindan una buena excusa para la reflexión y para preguntarnos si la breve edad justifica esa cara inocencia.

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