Imperecedero Maupassant

Las piezas cortas del francés forman parte del canon del buen cuentista

J. ERNESTO AYALA-DIP

Pocos escritores como Guy de Maupassant desnudaron con tanta inmisericordia la moral y el aburrimiento de la rica burguesía francesa de la segunda mitad del siglo XX. Lo hizo desde un sentido estricto del naturalismo más sutil, pero también desde la certeza de un estilo cortante, llamado siempre a retratar los días anodinos de unos burgueses sin remedio, condenados al castigo de repetir días tras días los mismos actos mundanos. Sus piezas cortas forman parte ineludible del canon del buen cuentista. Y sus novelas, sin llegar ninguna a la grandeza lapidaria de un Flaubert, ni tampoco a la de un Zola, mostraron sin embargo un poderoso instinto para la observación psicológica. Los salones parisinos, la alta burguesía colonialista y algunos de sus más célebres petimetres... de todo ellos nunca hubiéramos tenido exacta medida sin la narrativa, entre muy pocos, del autor de 'Bola de sebo'. Tres años antes de morir en medio de una repentina locura, Maupassant escribe su último libro, la novela 'Nuestro corazón'. Ahora comento un libro suyo con tres cuentos, 'El placer', tres relatos, dos cortos y uno, el del medio, más extenso. Ninguno lleva el título del volumen, pero los tres apuntan al placer, los placeres secretos, clandestinos o enloquecidos.

No hace mucho, en una serie televisiva, de esas que todavía sirven para no creer que ese medio solo está pensado para idiotas, un hombre le pregunta a su mujer por qué todavía está con él. La mujer le contesta: porque me quieres. El personaje femenino de su última novela podría haber contestado algo parecido. Todo lo contrario de lo que pasa con las mujeres de 'El placer', no porque no lo deseen sino porque las circunstancias familiares y sociales no se le permiten. Sus destinos son menos felices. Casi diríamos, desdichados. Pero la maestría descriptiva de Maupassant hace que casi nos alegremos de encontrarnos con estos personajes, algunos, hombres. El mundo de los prostíbulos, que el autor galo conoció de sobra, está retratado con un sentido de la distancia moral apabullante. No hay sentencia moral, no hay veredicto social.

Esas mujeres que esperan a sus clientes, y esos clientes que conforman la sociedad bien pensante, los destripa Maupassant en dos frases, apenas unas líneas demoledoras y llenas de sabiduría psicológica. Tambien con algo de piedad, no la del perdona vidas sino la del que comprende al ser humano en sus condiciones ambientales. Un prodigio de literatura.

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