Le gustaba la literatura, eso es todo

ANTONIO PARRA SANZ

Esta frase, que fue el epitafio que Adolfo Bioy Casares ideó para sí mismo, bien podría resumir lo que pretende Manuel Moyano con este volumen, demostrarle al mundo, y a sus lectores, que es un hombre profundamente herido de literatura, no un letraherido, término que incluye un cierto deje folclórico, sino un hombre herido hasta en sus mayores profundidades, porque solo quien respira por una herida literaria es capaz de acercarse de esta forma a sus autores favoritos, a los que de verdad han dejado un poso en su memoria, y en el alma, a los que sustentan su verdadera naturaleza como escritor.

No es nueva la faceta sociológica del autor cordobés afincado en Molina de Segura, como ha demostrado de forma sobrada en anteriores y precisos volúmenes, pero este tiene un halo que agradará a todas aquellas personas que se hayan visto siquiera arañadas por el veneno dulce que supone la literatura. Figuras como Auster, Lovecraft (dos autores más que presentes en las narraciones de Moyano) aparecen en estas páginas, junto a otras como Bukowski, Dylan Thomas, Lorca, Kipling, Cunqueiro, Cioran, y por supuesto Borges y Cortázar, otros dos pilares del ambiente literario del autor, o incluso nombres como Bob Dylan o Kubrik, literatos tangenciales tal vez.

A todos ellos les dedica un texto sentido, agradecido incluso, por todo aquello que su lectura le proporcionó, y muestra también otra de sus pasiones, los viajes que le han llevado a conocer el entorno o las casas de aquellos autores, incluso sus propias tumbas, y que nos presentan a un Manuel Moyano curioso, sociólogo, casi entomólogo de los grandes ejemplares de la fauna literaria, de esos mamíferos que escribían, y que él casi ha convertido en mariposas extraordinarias a las que observar a través del cristal del amor por la literatura. Una pequeña joya que sin duda cualquier lector debería disfrutar.

 

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