El futuro del progresismo

Mark Lilla hace una reflexión sobre el arte de la política, que se debería colgar en las aulas de Ciencias Políticas

J. ERNESTO AYALA-DIP

En las elecciones norteamericanas las consecuencias no solo fueron unas medidas concretas contra un sector importante de la población, además de una errática política exterior de incalculables consecuencias mundiales, sino que también ha servido para que se discuta el papel de la oposición, el partido demócrata, en aquellas elecciones. Por ello es importante, a mi modesto entender, el libro del pensador de la Universidad de Columbia Mark Lilla 'El regreso liberal'. Importante por lo que dice de las administraciones republicanas y demócratas, por lo que dice de la administración de Reagan y por lo que ofrece como alternativa a los gobiernos reaccionarios y, sobre todo, al de Trump. Pero a su vez, Mark Lilla no ofrece ninguna alternativa teórica de fácil digestión para las mentes extremadamente delicadas y sensibles a lo políticamente incorrecto.

El autor hace una defensa de la necesidad de recuperar las señas de identidad de lo liberal. O del progresismo sin trabas impuesto por lo políticamente correcto o la ideología de las identidades. Las administraciones republicanas no hicieron, aparte de la demagogia del pan para hoy y hambre para mañana, más que exacerbar el afán de lucro, el individualismo y el sálvese quien pueda. Pues bien, ¿qué hizo entonces el progresismo bien intencionado? Orientar su lucha hacia la recuperación de lo identitario: por el color, por el sexo, por su lugar de origen, etc. Lilla no critica que se haya hecho esto, sino que solo se hubiera hecho esto sin que a la par se hiciera algo para que el votante medio recuperara su sentido de la comunidad, de la solidaridad con el demos. Solo si se lee con anteojeras, este libro nos puede parecer reaccionario. No lo es. Lilla solo intenta recuperar las señas de identidad del auténtico progresismo. Nos dice que las administraciones demócratas cerraron su ciclo de gobernanza sin abrir otro. Tal fue el caso de Jimmy Carter, de Bill Clinton, de Barak Obama. Que las élites demócratas practicaron el tan desgraciado «fly over country». Es decir, solo se ocuparon de los votos (y de las necesidades) de las clases medias de la costa este y oeste y dejaron desguarnecidos el centro del país donde viven los trabajadores industriales y los granjeros. Hace una reflexión sobre el arte de la política que me parece que se debería colgar en todas las facultades de Ciencias Políticas: «Uno se mete en política para resolver los problemas del país que existe, no el país que desearía que existiera». Pues eso, recomiendo este libro a politólogos y políticos que quieran ocuparse del país en el que viven y no en el que quisieran vivir.

 

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