¡Ay España de mi vida!

Pérez-Reverte exhibe en esta obra su larga experiencia de viajero y lector

JOSÉ BELMONTE

No es ninguna novedad el hecho de que Pérez-Reverte se interese por la Historia de nuestro país. En esta ocasión ha reunido en un volumen casi un centenar de artículos aparecidos, a lo largo de cuatro años, en la revista 'XL Semanal' donde colabora desde hace lustros. Pero conviene recordar que en sus propias novelas el fondo histórico resulta siempre determinante. En su primer relato, 'El húsar', de 1986, la guerra contra Napoleón está presente al igual que sucede en ese delicioso juguete cómico-satírico titulado 'La sombra del águila' o, con otro tono bien distinto, en 'Un día de cólera'. Sin olvidar la relación directa de la serie dedicada a Alatriste y nuestro Siglo de Oro, 'El maestro de esgrima' ambientado en los últimos años del reinado de Isabel II, la Ilustración y 'Hombres buenos' y, por no alargar la lista, la trilogía de Falcó y nuestra Guerra Civil.

Sentido común... dentro de lo posible

Se mire como se mire, Pérez-Reverte utiliza la Historia como fuente de inspiración. Y para ello es preciso acudir a una amplia documentación donde ni siquiera descarta a quienes, en estos últimos años, han tratado de tomarnos el pelo, como es el caso de Pío Moa al que no tiene inconveniente alguno en calificarlo de payaso, con todas sus letras. Reverte recurre, pues, a fuentes primarias, empezando por los clásicos, desde Estrabón a Tito Livio. Pero nunca olvida ese otro rico y delicado material que nos han proporcionado los escritores a través de la ficción pura y dura: Larra, Galdós, los noventayochistas (Baroja, Valle, Unamuno, Ganivet), de los que obtiene una suculenta información, Ortega, Miguel Hernández («Ay España de mi vida/ ay España de mi muerte»), y sus compadres Javier Marías y Juan Eslava Galán, entre otros muchos. Sin olvidar al grandísimo Chaves Nogales que los tres ilustres académicos -Reverte, Muñoz Molina y Marías- han logrado rescatar de sus cenizas. De hecho, en el apartado titulado 'A manera de prólogo', Pérez-Reverte saca a relucir casi un centenar de citas en las que España, con su esplendor y sus miserias, se erige como protagonista. El escritor cartagenero guarda sus fuerzas para el epílogo, para las conclusiones finales, donde, para aviso de navegantes, deja bien claro que lo suyo es «una mirada propia, subjetiva, hecha de lecturas, de experiencia, de sentido común dentro de lo posible». Y añade: «A fin de cuentas, una larga vida de libros y viajes que te conforman la mirada no transcurre en balde, y hasta el más torpe puede extraer de todo ello conclusiones nutritivas».

Y cierto es que el alimento, con estas páginas tan golosas y atractivas, está garantizado. Porque Reverte sabe hallar en tono justo para su relato, dotándolo de las cualidades propias de sus novelas, con las que atrapa al lector desde la primera página, antes, incluso, de llegar al primer punto y aparte. Un tono que tiene mucho que ver con las viejas historias contadas al amor de la lumbre, con los mecanismos de la oralidad. Sin bajar la guardia ni un solo instante -serán muchos los historiadores y los aficionados a esta materia que, con el cuchillo en la boca, busquen anacronismos y errores infructuosamente-, con seriedad, con absoluto rigor, Pérez-Reverte hace un acopio de sus típicas expresiones a las que nos tiene acostumbrados en sus artículos periodísticos. Así, de vez en cuando, decide saltarse el guión y hacer una elegante y oportuna exhibición de su humor ácido, quevedesco, que tanto nos divierte.

El ojo sano de Aníbal

Cuando habla, por ejemplo, de los asesinatos de Dato y Canalejas, deja bien claro que escabecharon a este último en tanto miraba el escaparate de una librería, «cosa que en un político actual sería imposible». Por su parte, en el caso de Aníbal, muchos siglos atrás, que, como se sabe, era tuerto, asegura que «no podía ver a Roma ni por el ojo sano, o sea, ni en fotos, porque de pequeño lo habían obligado a zamparse 'Quo Vadis' en la tele cada Semana Santa, o algo así, y acabó la criatura jurando odio eterno a los romanos».

Los más perjudicados en esta tan particular 'Historia de España' son, sin duda alguna, nuestros reyes, en donde Felipe IV («putero y meapilas»), Fernando VII («ese hijo de la grandísima puta», «el rey más infame del que España tiene memoria», «cobarde, vil, cínico, hipócrita, rijoso, bajuno, abyecto, desleal, embustero, rencoroso y vengativo») y su hija querida Isabelita II («muy aficionada a los intercambios carnales»), se llevan la peor parte. Y, por el contrario, no escatima elogios cuando se trata de personajes de altura, como Cánovas del Castillo («un pedazo de político») o Adolfo Suárez: «Un grande entre los grandes, a medio camino entre nobleza de espíritu y trilero de Lavapiés, y, además, guapo».

Los cientos de miles de seguidores de los artículos de Pérez-Reverte saben, con certeza, que no es, ni mucho menos, un personaje que desee lo peor para España. Si el término no estuviera tan manido, diríamos, incluso, que Arturo Pérez-Reverte es un verdadero patriota que se pone de los nervios cuando observa el empeño de todos en cargarnos este maravilloso invento llamado España. De ahí que, una y otra vez, con rabia, con no poco enojo, pregunte qué hubiera ocurrido si Lope, Calderón, Quevedo, Cervantes o Velázquez, «esos geniales hijos de puta, hubieran escrito en inglés o en gabacho».