Isidoro Valcárcel Medina: «¡Espabile, hombre!»

Isidoro Valcárcel Medina. / enrique martínez bueso
Isidoro Valcárcel Medina. / enrique martínez bueso

El artista conceptual murciano, Premio Velázquez, participa en el ciclo 'Cartagena piensa' hablando con Eugenio Castro del libro 'Conversaciones'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Empezamos: «Al móvil le llamo 'el inmóvil', porque la gente, gracias al móvil, se ha inmovilizado, está bloqueada, nunca dispone de sí, porque de repente aparece el móvil, que es un inmóvil». Quien le llama al móvil 'el inmóvil' es un murciano de España. Es un murciano de España nacido en 1937, así es que no parece probable que nadie asistente al parto pueda desmentir tal fecha. Un murciano de España nacido en 1937 que a día de hoy, incluso después de haber sido distinguido con el Premio Velázquez 2015, sigue siendo uno de los artistas conceptuales españoles más respetados. Por él -está claro que estamos hablando de Isidoro Valcárcel Medina- siente una atronadora e infatigable admiración Manuel Borja-Villel. Dicho queda. El jueves, dentro del ciclo 'Cartagena piensa', que cuenta con la colaboración de la Concejalía de Cultura de esta ciudad, Eugenio Castro (Las Herencias, Toledo, 1959) y el creador murciano fueron convocados para hablar, o lo que sea, del libro que ha unido a ambos: 'Isidoro Valcárcel Medina. Conversaciones', elaborado por Castro y editado por Pepitas. Conversaciones que tuvieron lugar entre 2003 y 2017. Lo que sigue son fragmentos del libro escogidos aleatoriamente (?), al vuelo (?), sin interés (?), por mandato de la autoridad no susceptible de poder quebrantarse (?). ¿O todo lo contrario?

Recuerda Valcárcel Medina que «economía, originalmente, es ahorro», y explica que «soy económico también en el arte, porque siempre encuentro que hay una manera más económica -y esto lo digo con toda la grandeza de la palabra- de expresar la idea». «¿Y cuál es la obligación del creador, según mi punto de vista?», se pregunta. «Prescindir de todo tipo de alharacas y adornos y llegar a esa economía en la expresión de la idea» es su respuesta.

Castro le plantea: «Hay propuestas -acciones artísticas- tuyas en las que interviene este factor económico, en razón de lo cual fueron propuestas no viables. Por ejemplo, las relacionadas con la Fundación Telefónica y el Museo Reina Sofía». Y Valcárcel Medina se lo explica, todo un placer que así sea: «Sí, efectivamente, al Reina Sofía le pedí las cuentas [de sus gastos, etc.] Como institución que usa dinero público, tiene la obligación, por la Ley de Administraciones Públicas, de comunicar a cualquier ciudadano cualquier pregunta que se le haga sobre sus actividades. Y en este caso, sobre su financiación. Lógicamente -digo lógicamente porque parece que no concebimos otra cosa-, no contestó, a pesar de todos mis requerimientos». ¿Y qué se dijo el artista cuando se topó con ese silencio? «Allá ellos, pero evidentemente ahí queda un testimonio bestial de lo que es la economía en nuestro mundo. Sea el mundo del arte, sea el mundo de las finanzas, sea lo que fuere, es eso: la economía es algo subterráneo». Eso se dijo, la verdad se dijo.

«Tal vez lo que persigo es colocar a la gente ante hechos 'normales' a los que nunca presta atención»

Y prosigue, ahora para hablar de su acción [artística] prevista para Telefónica: «Yo les propuse hacer una exposición cuyo coste fuese mil pesetas. Lo cual es algo mucho más limpio que lo del Reina Sofía, y más claro. Así que, eso es: la financiación del arte pertenece al mundo de la especulación. Si no montamos una exposición en la cual los millones se puedan justificar, pues no hay exposición».

Lo más barato

Sus acciones han hecho historia. Otro ejemplo: «Hice un trabajo en La Vaguada -que sabes que es un sitio donde hay cientos de tiendas-. Fui a todos sus establecimientos preguntando qué era lo más barato que tenían. Y me decían -en el caso de ser una camisería-: 'Bueno, pero ¿más barato de qué?, ¿de camisas?'. Y yo les respondía: 'No, no, el objeto más barato que ustedes vendan'. 'Pues lo más barato que tenemos son unos calcetines que están ahora en oferta y valen tanto'. Y yo lo apuntaba: tienda tal, lo más barato que tiene son unos calcetines que valen tanto. Y así todo en toda esa ristra enorme de establecimientos. Con eso hice un cartel en el que escribí: 'Lo más barato de La Vaguada...', lo cual es una publicidad que podía haber sido aceptada perfectamente como difusora de las bondades de La Vaguada, ¿no? Sin embargo, claro está, decía exactamente lo contrario de lo que ellos quieren decir. En los establecimientos anuncian que venden barato, o sea, que son económicos, pero siempre y cuando uno no se lance a comprar y entre en la tienda y diga: 'Deme usted lo más barato que tenga'. En tal caso ya no es publicitario, porque margina todo lo que tiene valor -pero sí se queda solamente con lo miserable, con lo raquítico-. Claro, yo puse esos carteles por allí, pero a medida que los ponía, los quitaban».

Qué 'personaje'. Qué auténtico. Desconcertante, de una inteligencia a prueba de poder permitirse hacer lo que le dé la gana. Y de los pocos caballeros que siguen utilizando la capa. «En 1967, una voz me llamó a mis espaldas. Era Ángel Crespo que me reconocía, en pleno Nueva York, como el único posible usuario de una capa», indica.

Castro le saca a colación otra de sus acciones, la de «llamar por teléfono a numerosas personas anónimas cuyos nombres han sido escogidos aleatoriamente en la guía telefónica para informarles de que a ti te han instalado ese aparato en tu casa y que tu llamada se debe a que quieres comunicárselo». A su juicio, «la mayor vitud de un acto tal reside en que, en la forma y en el fondo, no aspira sino a quedarse en él mismo, pues no deja de sostenerse sobre una bella inutilidad».

Toma la palabra, viva, escrita, Valcárcel Medina: «No hay duda de que aquel gesto está ligado a su momento histórico. Muchas veces pienso en qué pasaría si se hiciera ahora, ¡todo tan distinto en la comunicación!... Mucha gente tomó el número porque no fue capaz de encontrar un argumento para rechazarlo». Y, ¿sabén qué? Escuchen: «Al final de aquellos ochenta diálogos, siempre nos dábamos las gracias los interlocutores, fuera cual fuera la conclusión. Sí, es cierto; la cosa no iba más allá. Solo cinco personas me llamaron después. Tan inútil como inesperado; tan vulgar como diferente».

«Tal vez lo que persigo», reconoce el artista, «es colocar a la gente ante hechos 'normales' a los que nunca presta atención. Es una forma de decir: '¡Espabile, hombre!'. Creo que el arte tiene esa como misión importante. O sea, la excepción no viene tanto por el hecho provocado como por la incapacidad de reacción que se genera justamente por tratarse de un hecho en gran medida corriente. Por ejemplo, repartir unas octavillas por la calle es absolutamente usual; el 'problema' surge cuando esos papelitos no llevan dibujo ni escrito alguno..., cuando no son más que lo que son. Pero, fíjate, ¿por qué esperar una reacción concreta? A lo mejor, la gran respuesta -en el caso de las octavillas- es solo una mirada a los ojos llena de incredulidad, de sospecha, de estupor».

Estupor

¡Qué palabra, estupor, en boca de Valcárcel Medina! Volvamos por un momento al 'tema capa': «Yo defiendo algo mucho más arcaico que la capa y que es la buena educación. Es un arma a la que resulta difícil resistirse y oponerse. Las buenas maneras desarman al oponente, tanto que deja de serlo, si es que tenía ese propósito. Solamente una persona me colgó el teléfono, una alemana con la que no me entendía. Por contra, venturosamente, he de decirte que tuve dos ligues como consecuencia de aquella 'obra de arte'; ¡qué más se le puede pedir!».

Castro le pide que responda a algunas preguntas. Por ejemplo:

-¿Con qué personaje del pasado te gustaría encontrarte?

-Con Zenón de Elea.

-¿Con qué personaje del futuro?

-Con Perico el de los Palotes.

 

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