Escribir deleitando

ANTONIO PARRA SANZ

Dicen que la esencia fundamental de los cuentos, en sus inicios, era puramente didáctica, o la enseñanza divertida, si seguimos la filosofía de la Edad Media. Hoy, muchos siglos después, un autor experimentado en el género, un juglar con muchos kilómetros literarios en las alforjas y muchas lecturas en los zapatos, es capaz de alumbrar una docena de relatos deliciosos en los que reproduce esa atmósfera medieval, y con los que nos deleita durante una hora.

Y ese autor se llama Manuel Moyano, novelista, ensayista, articulista, cuentista, observador impenitente de la realidad y magnífico conversador. Acaso todo ello sea necesario a la hora de sentarse e imaginar unos relatos ortodoxos según el canon de aquellos tiempos, a saber, con un joven que recibe su aprendizaje de un tío suyo que le rescata del hospicio, con una serie de viajes a nuevos y distantes reinos, mostrándole al muchacho hasta qué punto el mundo es ancho y también ajeno y, además, con unas situaciones, unos planteamientos de problema-enigma, cuyas soluciones encierran la correspondiente carga didáctica.

Grandes temas humanos, desde la memoria del pasado al amor a veces no correspondido y otras veces sustituido al más puro estilo del Arcipreste de Hita, reinos en los que el forastero es mirado con desdén, y por encima de ellos, las andanzas de un trastornado caballero, llamado Alamor, cuya vida seduce tanto a un árabe de nombre Cide Hamete Ben Engeli como para lanzarse a ponerla negro sobre blanco.

Una delicia de libro, sosegado y muy bien escrito, manejando la lengua con decoro medieval, y además ensalzado con las magníficas ilustraciones de Jesús Montoia. Todos son motivos para atraernos hacia la lectura con una calma de la que parece que todo el mundo prescinde en estos tiempos, y más nos valdría sentarnos junto a un buen fuego a disfrutar de estas hermosas, divertidas y edificantes historias.