¿Quién no encubre a un fantasma?

TRIFÓN ABAD

Los relatos de 'La primera vez que vi un fantasma' nos envuelven desde el inicio en un halo misterioso que nos resulta familiar. ¿Quién no oculta monstruos, fantasmas o seres atroces en el sótano de la mente? Quizá uno de los aspectos más afortunados de este libro sea la facilidad con la que Solange Rodríguez Pappe teje ese hilo invisible y tenso que une realidad, muerte y fantasía; un material casi transparente con el que se cosen los miedos y las pesadillas. El lector se adentrará en pasadizos transitados por fantasmas que pasean libres, humanos en espacios violentos o extraños que la escritora ecuatoriana va aclarando con acierto, mediante un lenguaje próximo que da vida a historias de fortuna y desenlaces dispares. Las propuestas atrapan gracias a un estilo fluido, que serpentea a través de imágenes afiladas y heridas abiertas en los confines de la realidad.

El resultado es un sugestivo conjunto de cuentos de diversa extensión; mientras los más largos ganan consistencia con el paso de la narración, profundizando en unos personajes que parecen levitar y rebelarse contra su existencia, los episodios más próximos al género del microrrelato deshacen sus cierres quizá suplicando algo más de vida para sus voces. Respira la antología una atmósfera oscura común, vertebrada sobre una poética de clara personalidad. Sabores y texturas envueltos en esa bruma que vive en lo cotidiano (tal vez ese es el más temible de los horrores), pasando desapercibida, rodeándonos e igualándolos ante la muerte y sus misterios. El límite de la lógica se ve desbordado en 'La primera vez que vi un fantasma' y libera los tentáculos de lo inquietante. Estos pueden brotar en un hotel abandonado o en las hogueras de una ciudad entregada al apocalipsis, acecharnos mientras deambulamos para extirparnos el corazón o anudar nuestro mundo a pesadillas confusas y huidizas. Quince cuentos editados por Candaya que logran dejarnos un poso perturbador y nos recuerdan que alguna vez, inevitablemente, todos empatizamos con esos fantasmas y los encubrimos. Quizá porque nosotros mismos ya lo somos.