Elvira Navarro y el terror psicológico

La escritora Elvira Navarro. / EFE
La escritora Elvira Navarro. / EFE

En estos once relatos, la autora onubense logra turbarnos con su capacidad de sugerencia y de crear atmósferas en vez de con las técnicas del 'thriller' o la amenaza de la muerte inminente

IÑAKI EZKERRA

Quizá porque vivimos en una época fantasmagórica en la que la realidad virtual compite con la 'realidad real' y en que las nuevas tecnologías han modificado nuestra vida hasta ponernos al alcance de la mano lo que antes era prodigio, el cultivo del terror psicológico no está de moda en la buena literatura. Más bien, esa expresión nos remite al registro ligero y pedestre de los 'best sellers' de Stephen King, que son llevados al cine con el efectismo superficial de lo que llaman 'thrillers'. La capacidad de sugerencia y creación de atmósferas inquietantes de los relatos de Edgar Allan Poe o Nathaniel Hawthorne tiene pocos seguidores. En nuestra lengua, los cuentos de Cristina Fernández Cubas son una de las referencias más tardías y, si vamos hacia atrás en el tiempo, las ficciones más cercanas que destilan ese misterio refinado y sugestivo hay que buscarlas en el 'boom' latinoamericano. Por esa misma razón resulta una grata novedad la publicación de 'La isla de los conejos', un libro en el que la escritora onubense Elvira Navarro ha reunido once relatos de una inusual calidad literaria, que se adentran en un tipo sutil de terror psicológico que no reside ni en el empacho de tomate narrativo que simula la orgía de sangre ni en la burda amenaza del asesinato inminente.

El libro se abre con un relato, 'Las cartas de Gerardo', que es de los más logrados del conjunto y que logra ser divertido a base de plantear situaciones irritantemente insólitas. El instrumento del que se sirve la autora en ese texto para crear un clima turbador es la hostilidad. Hostilidad en la pareja que lo protagoniza y cuya relación se halla extraordinariamente deteriorada. Hostilidad en el albergue en el que ambos recalan para profundizar en ese deterioro que evidencia una inevitable ruptura. Hostilidad de ella hacia él, que llega al punto de desear que, por las noches, se duerma cuanto antes «por el mero placer de que se calle, de que cese». Y hostilidad del mismo servicio que debe atenderles y que queda sintetizada en este impagable diálogo con un chófer:

-«Nos gustaría llegar cuanto antes a Talavera. Aún no hemos desayunado- digo.

-Podríais haberos levantado antes. Aquí el desayuno termina a las once -replica el hombrecillo».

En 'La adivina', el cuento que cierra el volumen, se mezclan los mensajes de un servicio de videncia que recibe en su móvil la protagonista con sus problemas en una editorial y el resquemor que le provoca el hecho de saber que cobra por su trabajo menos que una becaria que la ronda. No es este el cuento más redondo de la colección, pero no lo es premeditadamente, dado que posee, a la vez que su propósito de cuestionar la solidez de la realidad ante el lector, una calculada y original construcción que consiste en alternar esos dos planos -el de los consejos para la vida práctica que le da una computadora y el de sus litigios de carácter laboral- de manera que aporta al resultado general del libro un final abierto, inconcluso y muy acertado. Ya hay otros relatos en los que se cierra herméticamente el mecanismo narrativo, como es el caso de 'Memorial', un cuento que apela a la confusión de planos reales y tecnológicos en la sociedad contemporánea planteando el caso, hoy sorprendentemente verosímil, de una madre muerta que mortifica a su hija a través de una cuenta en Facebook.

Delirio paranoico

Otro tanto puede decirse de 'La habitación de arriba', un relato en el que la heroína es la empleada de un hotel que empieza a tener los mismos sueños que tienen los huéspedes de sus habitaciones.

Hay en estas deliciosas fabulaciones una quebradura de la realidad en la que se advierte un eco, una resonancia, un aire al Borges de 'El Aleph' o al Julio Cortázar de 'Casa tomada', que no excluye, por una parte, el sello personalísimo de la autora y que, por otra, nos recuerda el viejo placer puramente literario de contar historias imposibles, de perpetrar fantasías que desconcierten al lector y lo saquen de su rutina de certezas tristes y mediocres. El mismo cuento que da título al libro, y en el que un extravagante inventor se propone llenar una isla de conejos para que estos acaben con los nidos de unos pájaros que perturban su paz, recuerda al Bioy Casares de 'La invención de Morel'. Pero lo que distingue, lo que caracteriza, lo que les da un toque personal y especial a la Elvira Navarro de 'La isla de los conejos' es el modo en el que extrae literatura de los juegos psíquicos o las trampas mentales que en las cabezas de sus personajes coquetean con el delirio paranoico o el pensamiento mágico.

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