La decepción no es un accidente

JOSÉ BELMONTE

Rafael Balanzá, alicantino, pero residente en Murcia desde 1986, es uno de los narradores españoles actuales más originales. El esquema de sus novelas, su estilo, el modo de plantear la trama, lo personajes que utiliza tienen muy poco que ver con lo que nos viene ofreciendo la mayor parte de sus contemporáneos. Sus referentes literarios habría que buscarlos fuera de nuestras fronteras, quizá en la literatura anglosajona, pero, sobre todo, en la herencia de ciertos autores hispanoamericanos: desde Borges hasta Cortázar, sin olvidar ciertas pinceladas de lo mejor de Sábato. Desde el principio, desde sus inicios, con títulos ya señeros, aplaudidos por la crítica más exigente, como 'Los asesinos lentos' (Premio Café Gijón) y 'Recado de un muerto', su anterior producción, Balanzá ha apostado por un estilo envolvente que requiere de la colaboración necesaria de un lector ya curtido, dispuesto a desentrañar las trampas de las que está sembrado el camino.

Como Borges, no está dispuesto a malgastar ni una sola palabra. El lenguaje es, en apariencia, sencillo, sin concesiones líricas ni innecesarios barroquismos, y esto iguala a nuestro autor con la novela policiaca más atrevida, esa novela moderna, surgida en estos últimos lustros, en la que, al margen del obligado precepto de entretener, aporta otros muchos incentivos que la igualan con la mejor literatura de siempre. No es, pues, extraño que en las páginas de Balanzá aparezcan alusiones a obras como 'El desierto de los tártaros' de cuyas aguas bien hubiera podido beber y abastecerse nuestro autor. Y por si ello fuera poco, el libro que aquí se reseña está ahíto de frases geniales que nos ponen a cavilar, a bucear en el fondo de su mensaje: “La decepción -leemos- no es un accidente, es la norma de vida”.

'Los dioses carnívoros' es un libro escrito con impecable precisión. Una novela sin fisuras, sin puntos muertos. Una vez más, como ya nos tenía acostumbrados con sus anteriores aportaciones, lo que aquí importa no es tanto la trama -que es sólida, que está sabiamente construida- cuanto esa atmósfera casi irrespirable, como si nos hubiéramos sumergido en un mar de mercurio sin la menor posibilidad de retorno.

 

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