El corazón del rey sabio

ANTONIO ORTEGA

Las rosas del sur' es la segunda parte de la monumental odisea del escritor leonés por las 74 catedrales que se anclan como un sueño dormido en la diversa geografía de España. Hace ya diez años que publicó la primera parte, 'Las rosas de piedra', en la que visitó las del Norte. Ahora, sale de Madrid y recorre Extremadura, Castilla-La Mancha, Levante, Andalucía y las islas Baleares y Canarias.

Hay en Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) un fino observador de la piel de toro. A la descripción de cada catedral, junto con escuetas estampas históricas del lugar, no exentas de erudición, en su paisaje exterior o en su morada interior (altar, coro, capilla, girola, baptisterio, escultura, cuadro), añade la insignificante anécdota del diálogo con la vendedora de billetes, el vigilante de turno, el capellán soñoliento, el obispo engalanado o la procesión del pueblo que ofrenda su fe y su Virgen. Los datos históricos, arquitectónicos, pictóricos, las leyendas y la memoria popular, esto es, el asombroso contraste entre la Historia que allí se guarda y la contemplación real no se hacen pesados, se camuflan entre la chispa vital de la conversación con el camarero del restaurante a punto de cerrar o el soñador dueño del hotelillo que duerme justo detrás de la catedral. El lector puede enfocar en esas escenas del viajero una perspectiva diferente, cómplice y popular, aunque ahí cabe la crítica, casi siempre algo triste, de una España profunda, con alma de cerrado y sacristía, que ha encontrado en estos santos lugares.

Destaca entre ellas la catedral de Murcia, «un faro en el 'skyline' de la ciudad», a caballo entre el gótico y el barroco, que conserva para el viajero un cierto vestigio árabe por su planta y proporciones majestuosas. La primera mirada de asombro se centra en la fachada-retablo, que esplende la riqueza de tantas culturas y religiones allí soterradas y la altísima torre con su campanario de más de noventa metros. Una vez dentro, el viajero expresa su emoción al contemplar su grandiosidad y luminosidad. Y empieza su particular viaje contemplativo por el interior. Se detiene en la capilla de los Vélez, recuerda las leyendas de los laberintos subterráneos hasta Monteagudo o que el corazón de Alfonso X el Sabio se conserva en la capilla mayor y pregunta dónde está el ajuar de la Virgen de la Fuensanta. Y sigue su camino.

Lo mismo hará con el resto de catedrales, las visitará en una jornada completa y partirá de nuevo a otro lugar. Con un lenguaje exquisito, con respeto a las creencias y la historia de cada ciudad, con la elegancia de quien no quiere ser pesado, tratando de absorber el misterio que se oculta en cada rosa de piedra. Una piedra es una rosa, una rosa es una rosa. Monumental.

 

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