El contador de historias

García Márquez recuerda a otros grandes cuya vocación esencial fue el periodismo

J. ERNESTO AYALA-DIP

Hace unos días, en un metro de Barcelona, fui testigo de un asunto que se ha vuelto epidemia: los robos a los turistas. De pie en el vagón, pude observar cómo un individuo le iba sustrayendo el móvil a un hombre que tenía a su lado. Este charlaba con su mujer e hijo. Como yo iba siguiendo segundo a segundo el hurto del cual era víctima, atiné a decirle algo así como: «Me parece que le están robando el móvil», sin señalar a nadie. El hombre, como un rayo, cogió el brazo del ladrón y le hizo soltar el aparato. Quiso, pero no pudo atraparlo y el ladrón escapó porque ya se habían abierto las puertas de metro. La familia era turista. Les pregunté de dónde eran y me contestaron que colombianos. De Bogotá. El hombre se apresuró a mostrarme su agradecimiento con exclamaciones del tipo: «Es usted un buen ciudadano», mientras buscaba chocar su puño con el mío. «En Colombia hay mucho delito, pero allí, desgraciadamente, morimos o matamos». Su declaración me dejó helado y me acordé de los relatos de Gabriel García Márquez, del asombroso y tórrido paisaje humano y físico de su literatura. «No conozco Colombia», le dije, «pero leí 'Cien años de soledad'». «Ah, ahí está Colombia, amigo», y se apeó no sin darme antes un abrazo. Como iba con mi mujer, nos miramos como diciéndonos: «Parece que ya no hace falta que vayamos a Colombia».

Con esta experiencia colombiana, me puse a leer 'El escándalo del siglo', de Gabriel García Márquez.

El volumen me ha recordado a otros grandes escritores (Dickens y Hemingway, por ejemplo) que cifraron en el periodismo su vocación esencial, como si el resto, su eximia literatura, solo hubiera sido un entretenimiento en sus vidas sin mayor importancia. Todavía suena en mis oídos su célebre declaración de principios sobre el papel del periodismo en la sociedad: «No quiero que se me recuerde por 'Cien años de soledad', ni por el premio Nobel, sino por el periodismo. Nací periodista y hoy me siento más reportero que nunca. Lo llevo en la sangre, me tira». Muchos seremos los que lo recordaremos por su obra de ficción. Pero es verdad que no debe perderse de vista su ingente obra periodística. Escribir un reportaje es contar una historia. La que relata en este volumen, por ejemplo, sobre la muerte de una joven en Roma, da la exacta medida de todo el arte de la narración que puede llevar una buena historia si se la sabe contar. ¡Y vaya si Gabo lo sabía!

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