Clara Usón y los muertos jóvenes

La escritora catalana Clara Usón./Mitxel Atrio
La escritora catalana Clara Usón. / Mitxel Atrio

En 'El asesino tímido', la escritora barcelonesa hace comparecer a Ludwig Wittgenstein y a la actriz de destape Sandra Mozarowski en un evocador retablo sobre la generación de la Transición

IÑAKI EZKERRA

El de los muertos jóvenes es uno de los temas fundamentales del Romanticismo y llega hasta el propio siglo XX renovado por distintas escuelas y corrientes. La poesía expresionista de Trakl lo aborda en composiciones memorables: 'A un muerto prematuro', 'El niño Elis', la 'Canción de Kaspar Hauser'... Trakl murió, por cierto, a los 27 años de una sobredosis de cocaína en 1914 y en medio de la Gran Guerra, que a su vez trituró a toda una joven generación europea. La tradición, el tópico, el mito de los muertos jóvenes se siguió nutriendo con las vanguardias transgresoras de entreguerras y después de la Segunda Guerra Mundial con la Generación beat, el movimiento hippie, el Mayo francés... En España esa herencia contracultural cuajó con fuerza tras la muerte de Franco y marcó más de una década. El poeta Eduardo Haro Ibars, que encarnó de forma emblemática la Movida Madrileña y la 'santísima trinidad' de sexo, drogas y rock and roll, murió de sida en 1988. Sobre esa generación que abrazó, con todas sus fuerzas, su ímpetu y también su desesperación juveniles, la vida, la libertad y el exceso en la época de la Transición, ha escrito Clara Usón su última novela, 'El asesino tímido', título inspirado en una cita de Cesare Pavese: «Un suicida es un asesino tímido».

Para ilustrar novelísticamente esa temática, la escritora echa mano de tres historias veraces, extraídas directamente de la realidad, que discurren cada una de ellas por su cuenta, pero que van alternándose, rozándose y hasta colisionando entre ellas. Una de esas historias es la de Sandra Mozarowski, una jovencísima actriz de cine porno que aprovechó la ola aperturista del destape en nuestro país y que murió a los 18 años en unas extrañas circunstancias que dejaron abierta la puerta a las más variopintas y escabrosas especulaciones sobre un posible accidente, suicidio o asesinato. Sandra Mozarowski era hija de un diplomático ruso y había tomado ese peculiar camino profesional contrariando a su familia. El hecho de que estuviera muy bien relacionada socialmente propició la leyenda de que era la amante del rey de España, un rumor nunca probado con el que el libro juega en el terreno de las insinuaciones y las especulaciones, pero ni confirma ni desmiente. Pese a la utilización mercantil de ese cebo para atraer a un tipo de público morboso o chismoso, lo cierto es que Clara Usón ha realizado una notable tarea de investigación en hemerotecas y filmotecas para informarnos sobre el caso y arropar narrativamente a su trágica protagonista; esfuerzo que sitúa a esas partes del texto en el género de la novela documental, pero que resulta insuficiente para la construcción de un personaje novelesco, objetivo que no acaba de cumplirse en estas páginas.

Dicha carencia no le impide, sin embargo, al lector disfrutar del repaso entre nostálgico e irónico que se hace en la obra por la filmografía nacional del destape así como de la crítica aguda a la inmadurez e ingenuidad que en aquellos años llevaba al español medio, y a la propia generación de la autora, a identificar la chusca visión de unos pechos desnudos y la más grosera avidez machista con la utopía democrática, si bien cuando el texto gana en calidad literaria es cuando la misma escritora se inmola como personaje y cuenta lances personales de su historia; cuando evoca su niñez, el Seat 1430 familiar y las playas del desarrollismo; cuando levanta acta de una juventud de los años 70 y 80 para la que las drogas se presentaban como una modalidad de rebeldía, de conocimiento y autenticidad progresistas, o cuando explica, en una confidencial y directa primera persona, la conflictiva relación con una madre que no era perfecta, pero que trataba de proteger de sus errores y sus impulsos autodestructivos a su propia hija.

Sin duda ese autorretrato de una juvenil rebeldía sin causa es el gran acierto de 'El asesino tímido'. A lo que hay que añadir que, en cambio, la relación de identificación que la novelista trata de establecer entre la historia de esa desdichada chica y su propia biografía contestataria resulta un tanto forzada. Como resulta más forzada aún la entrada en escena de Ludwig Wittgenstein en sus facetas más estrafalarias, o sea el audaz salto en el vacío que se nos propone de la pornostar al padre del 'Tractatus logico-philosophicus' o de la elegía amarillista por una irreflexiva joven que no debía morir a las reflexiones teóricas, argumentadas y filosóficas que hicieron sobre el suicidio Cesare Pavese y Albert Camus.

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