Carpe díem

ANTONIO ORTEGA

De la tristeza elegíaca de los poetas murcianos en general, de Dionisia García a Ginés Aniorte, por ejemplo, a la poesía celebrativa que alientan algunos poetas valencianos como Carlos Marzal o Vicente Gallego, con el maestro Brines al fondo, se advierte ese cambio en este nuevo poemario de Jesús Cánovas, magnífico ejemplo de bien hacer poético, de rigor estilístico y de coherencia temática.

La poesía de Jesús Cánovas ha contenido desde sus inicios un bagaje de meditación y metafísica, de existencialismo y espiritualidad, y de sutil melancolía ante la soledad de hombre solo. De 'A la desnuda vida creciente de la nada' (1989) a 'Fanal de la aventura' (2000), 'Transluminaciones y presencias' (2005) y 'Otra vez la luz, palomas' (2015), siempre ha buceado en el tenebroso espíritu que convoca la luz como fuente de su felicidad.

'Convocada soledad' viene a plantear la dicotomía de la luz frente a la oscuridad, del amanecer rompiendo la noche, de los paisajes en los que deja sus reflexiones más profundas. El maralbertiano, las aves que revolotean por el puerto, la playa de Calabardina, un barco varado, representan el polo positivo de ese carpe díem que Jesús busca en su ensimismamiento, para luchar contra el miedo, la oscuridad, la nada.

Jesús Cánovas realiza un esfuerzo de la memoria, se convierte en peregrino ante un dilema, es el aquí y el ahora en el río de la vida. Y para huir de esa profunda tristeza que es el vivir se recrea en el vuelo de las gavinas o en la eterna constancia de las olas. Ha encontrado un formato apropiado con el heptasílabo, lleno de agilidad en la lectura y en el que ahormar la densidad metafísica de sus pensamientos. Los poemas no son extensos, buscan la atención del lector en su lacónica brevedad.

Ha alcanzado Jesús un nivel poético notable y una coherencia expresiva y temática que hacen de 'Convocada soledad', poemario que se sitúa en el difícil podio de la poesía bien hecha.