Benjamín Prado y el detective ideológico

Benjamín Prado. / borja agudo
Benjamín Prado. / borja agudo

En esta novela del autor madrileño, el sabueso ilustrado Juan Urbano se adentra a través de sus pesquisas en el drama de la trata de esclavos que está en los orígenes de ciertas grandes fortunas

IÑAKI EZKERRA

La constante renovación del género negro ha seguido, en general, la ruta de la humanización realista de sus héroes, unas veces a través de las debilidades de estos -el alcoholismo, la infidelidades a la pareja, las paternidades calamitosas...- y otras, a través de un sibaritismo maniático que en Hércules Poirot se manifestaba en un fervor impenitente por el clasicismo victoriano, y en Pepe Carvalho por un placer más popular y rasante, como el gastronómico. Lo que ya es realmente difícil de hallar en la novela criminal es a ese tipo de superdetective multifacético y sabelotodo que no puede oír que se hable en suajili sin demostrar que lo domina a la perfección por una niñez que pasó en Tanzania en una anterior vida. O que lo mismo te repara un helicóptero que una mayonesa cortada, es decir que vale tanto para un roto como para un descosido. A ese modelo, que quizá está más cerca de la literatura de espías que de la policíaca, nos remite Juan Urbano, el investigador privado que protagoniza varias novelas de Benjamín Prado y que reaparece ahora en 'Los treinta apellidos'.

Urbano es una especie de James Bond en versión precaria. No solo es un sagaz detective capaz de hacer labores de espionaje, sino también novelista, creador de un negocio de biografías a la carta y profesor de Lengua y Literatura, así como historiador y genealogista en esta nueva intriga narrativa. Nuestro hombre comparece en ella después de pasar tres meses oculto y bajo identidad falsa en una 'madriguera de lujo' de un pueblo mediterráneo, por orden judicial, supervisado por el Gobierno español y en calidad de selecto testigo protegido. En esa reclusión a la que le han forzado unos artículos que escribió sobre las corruptelas y los crímenes de un banquero y empresario vengativo, ha recibido, de dos agentes 'de élite' de la Guardia Civil, un curso oficioso de 'krav magá', el «sistema de defensa personal que utilizan las fuerzas y cuerpos de seguridad de Israel, Estados Unidos y Gran Bretaña». O sea que se encuentra ajustado como un reloj para iniciar una nueva y justiciera aventura.

La nueva aventura se le presenta de la mano de Lluís Espriu i Quiroga, el heredero de un rico y poderoso clan familiar forjado económicamente con ignominiosos negocios de ultramar y con la fusión de dos estirpes, una gallega y otra catalana: los Quiroga de Feijóo y los Espriu i Maristany. Uno de sus ilustres antepasados, Juan de Maristany, se dedicó directamente a la trata de esclavos y es recordado por el siniestro mérito de masacrar la isla de Pascua, saquear el legado cultural de los 'rapanui' y llevarse a latigazos a todos los varones que quedaron vivos para venderlos en Perú. La novela pone, de hecho, un pie en el género histórico al abrirse con el relato, narrado por una omnisciente tercera persona, de esa escabechina decimonónica del 'negrero del Masnou'. A la vertiente histórica se suma asimismo la ideológica, o la explícita incursión en el género de denuncia política al dibujarse en el libro la tesis de que los 'treinta apellidos' a los que se refiere el título y que son los que realmente representan un poder efectivo en el Ibex-35, corresponden a las familias que han venido gobernando en la sombra nuestro país desde hace un par de siglos.

La 'oferta laboral' que Juan Urbano recibe responde a lo que Lluís Espriu i Quiroga se plantea como un deber de conciencia. Sabe que su bisabuelo tuvo una hija secreta de la que surgió una rama bastarda a la que él ahora quiere localizar y resarcir, contra la voluntad de los demás herederos que nunca han querido saber nada sobre ese asunto y prefieren seguir ignorándolo todo. El 'encargo genealógico' que el protagonista recibe, de dar con los incómodos parientes de ese clan, encierra, sin embargo, una contradicción en el planteamiento supuestamente ético de la obra: si el origen de la fortuna es ilícito, no puede haber redención ética en quien quiera compartir esta con esos desheredados, que, por otra parte, deberían rechazarla en nombre de sus escrúpulos. Incluso al propio Juan Urbano, que se erige en conciencia crítica de la España y la Europa nacidas del expolio colonialista, debería quemarle en las manos el dinero de sus ilegítimos honorarios. Otra contradicción que aflora desde las primeras páginas, desde los tres capítulos en los que se dilata de modo innecesario la primera cita entre contratante y contratado, está en el abuso que ambos hombretones hacen de las invocaciones melosas a sus madres y que los cuestionan como personajes de un género paradigmáticamente duro y ácido.

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