Bajo un cielo sin dioses

Bajo un cielo sin dioses

Tercera entrega de la serie en donde el lobo guapo Falcó se muestra más complejo, cínico y canalla

JOSÉ BELMONTE

No se equivocan quienes piensan que la tercera entrega de esta serie dedicada a Falcó supera a las anteriores. No hace falta más que abrir sus páginas y comprobar que Reverte permite a su protagonista que obre por su cuenta, otorgándole un plus de cinismo. Falcó, que acaba de cumplir los 33 años, se revela como un lobo cauto que no se fía ni de su propia sombra. Un tipo frío y calculador que solo sube de temperatura ante un cuerpo bien torneado y una cara bonita. Ahora presume, incluso, de ser un buen bailarín, como el astuto Max Costa en 'El tango de la guardia vieja'. Nadie, sin embargo, conoce tanto a Falcó como el Jabalí, el Almirante, su poco escrupuloso jefe de operaciones, quien asegura de su aventajado discípulo que su conciencia no vale una mierda, y nos avisa de que para él solo hay dos clases de mujeres: las que te llevas a la cama y las que te puedes llevar. «Has conseguido -añade páginas más adelante- lo que pocos consiguen en la vida: aparentar exactamente lo que eres, y que parezca que lo aparentas».

En cierta ocasión le pregunté a Juan Marsé si no consideraba que a su Pijoaparte, uno de los personajes más grandes que ha dado la literatura española del siglo XX, no lo había pintado demasiado guapo. «Si no fuera así, tratándose de un simple ladronzuelo, sin estudios y sin labia, nunca se hubiera comido una rosca», me respondió con más razón que un santo. La belleza de Lorenzo Falcó llama también la atención. Pero sus armas de persuasión no se reducen tan solo a un rostro bonito y arrebatador.

Rico catálogo

Falcó cae bien tanto a hombres como a mujeres. Y también al lector, a pesar de su conocida y bien ganada fama de canalla. ¿En dónde, pues, reside su grandeza, su poder de persuasión? Para contestar a esta cuestión tendríamos que remontarnos a otros personajes creados por el propio Pérez-Reverte: desde Lucas Corso y Teresa Mendoza hasta el mismísimo Alatriste, el espadachín a sueldo cuyo estricto código de honor no le permite matar por la espalda. El novelista no oculta su predilección por Falcó, y le confiere una nobleza épica, de raigambre homérica, que deja plasmada en una de sus más flamantes descripciones cuando se refiere a «la sensación de caminar como un guerrero antiguo bajo un cielo sin dioses, dispuesto al combate, sin necesitar nada ni a nadie».

Falcó, el Jabalí... y todo un nutrido y rico catálogo de personajes que no pasan de puntillas por estas páginas. Como Küssen, cuyo rostro, con un determinado ángulo de luz, parece una máscara de piel muerta, Sánchez, Acajou, Bayard, las bellísimas Nelly, María y Eddie, que terminará por convertirse en un zapato a su medida. Sin olvidar los divertidos 'cameos' de Marlene Dietrich y el mastodóntico y fanfarrón escritor norteamericano Gatewood que responde al perfil de Hemingway. Y Picasso. ¿Un genio, un estafador? Un tipo singular que, como el Foulques de 'El pintor de batallas', se atreve, nada menos, que a plasmar en un lienzo lo que es la guerra. Reverte arriesga mucho sacando a escena a un personaje como Picasso. Pero si se trata de hablar del 'Guernica', el genio malagueño tenía que aparecer sembrando aquí y allá la polémica. Excelentes diálogos entre el artista español y Falcó, que, aunque de chiripa, logra estar a la altura de las circunstancias en un dialéctico fuego cruzado chispeante y divertido, con frases que merecen ser subrayadas, marca de la casa. Sin olvidar, claro, a Neretva que está presente sin estar, como una sombra furtiva que pasa constantemente por la mente de Falcó, que de ningún modo logra olvidarla. Hay, me temo, Eva para rato. La puerta queda abierta para futuras entregas. Y, sin embargo, la presencia/ausencia de Eva tiene su razón de ser. A través de 'Sabotaje' la entrega anterior queda mejor explicada, con alusiones oportunas a esa historia que transcurrió en Tánger.

Ya se sabe: París bien vale una misa. Aunque en los tiempos en los que se mueve Falcó no sea, precisamente, una fiesta. No es el París melancólico, decadente y edulcorado de una de las últimas películas de Woody Allen, quien se permitió el anacronismo de juntar en una misma escena a Buñuel, Picasso y Belmonte. En el París que nos retrata Reverte -la ciudad que, una y otra vez, visita y reinventa el escritor cartagenero en novelas como 'El club Dumas' y, más recientemente, en 'Hombres buenos'- se mastica el ambiente prebélico de un conflicto que vestiría de luto a toda Europa; un París infectado de espías, de agentes secretos y de intereses contrapuestos en donde ha hecho mutis por el foro la bohemia y la Belle Époque para dejar paso a la música triste del jazz que suena desgarradora en los garitos.

Menos miedo

En resumidas cuentas, un típico producto de la coctelera revertiana en estado puro. Con sus habituales ingredientes, ahora con más frescura y más sabor que nunca. Y una pizca de humor quevedesco. Sugerente, repleto de frases geniales. Una conocida música que en cada ocasión va cambiando de letra: «Es posible que los hombres que fueron acariciados por muchas mujeres encaren sus horas finales con más decisión y con menos miedo».

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