Antonio Gómez Rufo y el difícil tema de la Guerra Civil

El autor madrileño Antonio Gómez Rufo. / e. c.
El autor madrileño Antonio Gómez Rufo. / e. c.

En esta novela, el escritor madrileño cuenta la historia de un muchacho de 17 años que, cuando se inicia la posguerra, encuentra el gran amor de su vida en la hija de un anarquista fusilado

IÑAKI EZKERRA

La contienda del 36 es uno de los temas más manoseados en los últimos años por la narrativa española, pero también uno de lo más difíciles y de los que más invitan a fracasar o a quedarse en la medianía. Lo prueba el hecho de que a día de hoy no hay un autor surgido en la etapa democrática del que pueda decirse que escribió la 'gran novela' sobre la Guerra Civil. Las mejores referencias literarias en el tratamiento de aquel conflicto bélico están en la generaciones que la vivieron y a las cuales se silencia misteriosamente: el Max Aub del ciclo 'El laberinto mágico', el Ramón J. Sender de 'Crónica del alba' o del 'Réquiem por un campesino español', el 'San Camilo 1936' de Cela... Lo que podría justificar ese silencio sobre los verdaderos testigos que, paradójicamente, se combina con el empeño de regresar al tema de manera recurrente, sería la aportación de un punto de vista original o novedoso. Conclusión que nos impone una pregunta básica cada vez que sale una nueva entrega novelesca sobre aquella tragedia: ¿qué es lo que aporta sobre lo ya dicho?

El idioma de los recuerdos

Autor:
Antonio Gómez Rufo.
Ediciones B.
380 págs.
Precio:
21,90 euros (ebook, 9,99)

De 'El idioma de los recuerdos', la recién aparecida novela de Antonio Gómez Rufo, diríase que llega con una clara respuesta a esa pregunta en su misma contraportada, en la cual se apela a un flechazo juvenil y al valor restitutivo de la nostalgia. Sus presuntas aportaciones al tema de la Guerra Civil serían, de este modo, el amor y la memoria. La primera de ellas quedaría explicitada en la pasión que sintió por Elena, la hija de un anarquista fusilado, el protagonista, Vicente, desde los días en que Madrid celebraba o lamentaba la victoria franquista y en que volvía a casa el hermano mayor de este último, Julián, un destacado miembro de la Falange que ostenta un carácter brutal hasta el estereotipo por no decir hasta la caricatura. La segunda aportación, la de la memoria, quedaría ya ilustrada en las primeras páginas del libro en las que Vicente comparece en la Marbella estival de 1999, cuando tiene 77 años y han transcurrido seis décadas desde aquella primavera de 1939.

Esos dos planos temporales han de ir alternándose a lo largo de todo el texto. Con la misma voz confidencial en primera persona que utilizará para referirse al pasado, habla en el tiempo de presente para recrearse en la descripción de su sentimiento angustioso de soledad, sus figuraciones de la muerte o el miedo a una y otra que experimenta en el hotel en el que se ha ido a hospedar dando por hecho que ese va a ser el último verano de su existencia. Y con esa voz irá rebobinando, en otros momentos, episodios significativos de su aventura vital así como ilustrando tales rememoraciones con una gran cantidad de citas de escritores famosos o con frases de una solemnidad que quiere ser poética y que a menudo se queda en una impostada grandilocuencia, como cuando afirma que «la noche debería estar prohibida» (página 12) o como cuando explica de forma innecesaria la metáfora de ese 'idioma de los recuerdos' al que alude en el propio título del libro con un lirismo deliberadamente efectista y forzadamente retórico.

Entre esos dos tiempos irá desgranándose la historia de ese amor, los años que Vicente y Elena viven en México, donde él se convierte en un próspero empresario; la muerte de ella durante una estancia larga en Madrid; los viajes de él, una vez viudo, de un lado a otro del Atlántico hasta que por fin se acaba instalando en España... Y el asesinato del hermano falangista, del que tenemos noticia desde el inicio del libro. Hay una extraña descompensación entre la pragmática ausencia de culpa en referencia a ese crimen por parte del protagonista y la ingenuidad colegial con la que este descubre escritores que le impresionan y transmite esa impresión al lector. Las mismas citas que maneja pueden hallarse en cualquier antología básica de Internet y no cumplen las expectativas del «homenaje a la literatura con mayúsculas» que se nos anuncia en la publicidad de la edición. A dicha ingenuidad del personaje se suma otra que atañe a la propia construcción de la novela, en la que se llega a reproducir el último parte de guerra de Franco como si fuera una primicia y no algo archiconocido por cualquier lector de cultura media. De ello cabe deducirse que 'El idioma de los recuerdos' no es exactamente una novela pergeñada para un lector exigente. Volvemos a la obligada pregunta inicial: ¿qué aporta esta obra al tema de la Guerra Civil? ¿El amor, la memoria o un producto de difusión y fácil lectura dirigido a un público de una preparación más bien roma?

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