La animalidad de los humanos

Personas y animales, protagonistas de problemas de índole moral

MANUEL CIFO

Aunque el personaje de Elizabeth Costello, pensadora y escritora australiana, había aparecido («sin avisar, sin ser invitada») en 'Las vidas de los animales' (1999), será a partir de la publicación del libro titulado con su nombre, en 2003, cuando este ente de ficción (alter ego del propio Coetzee) vaya cobrando vida propia y conformando otros escritos de su autor, quien suele manifestar que nunca ha tenido control sobre ella, al tiempo que la define como una persona «arrogante, dominante, intolerante y escéptica frente a la racionalidad humana».

En esta ocasión, Costello se convierte en la piedra angular de cinco de los siete relatos que componen el libro, escritos en un intervalo de catorce años. Unos relatos en los que las personas, sobre todo las mujeres, y los animales comparten protagonismo a un mismo nivel. Así, en el primero de ellos, 'El perro', se plantea el tema del miedo, a causa del imposible acercamiento entre una mujer, que pasa dos veces al día en bicicleta frente a una verja, y el perro que acude a ladrarle amenazante. En el segundo, 'Una historia', se afronta el tema de la culpa, centrada en una mujer que acude una o dos veces por semana a la ciudad para hacerle el amor a un hombre, tras lo cual recoge a su hija y regresa a su casa, sin sentir el más mínimo remordimiento por su falta de fidelidad y lealtad hacia su marido.

A lo largo de los cinco restantes, asistimos al progresivo deterioro físico y mental de Elizabeth, quien, en 'Vanidad', celebra su 65 cumpleaños, en Melbourne, junto a sus dos hijos, nuera y nietos, y se muestra como una mujer que se arregla porque desea que la miren al menos una vez, aunque pueda parecer una persona un tanto estrafalaria, como los personajes de Chéjov. El tiempo pasa y, en 'Una mujer que envejece', la escritora, ya con 72 años y graves problemas cardíacos, visita por primera vez a su hija, que vive en Niza, adonde acude también el hijo, que reside en Estados Unidos. A la propuesta de sus hijos para que se instale en Niza, ella reacciona suscitando un interesante y profundo debate sobre el tema de la muerte y su deseo de «concentrarse en morir bien». Poco tiempo después, la vemos instalada en una aldea española, cuidando de una gran cantidad de gatos semisalvajes y de un pobre idiota llamado Pablo, mientras vive «el crepúsculo de su vida», cada día más impotente y cercana a la muerte, y aprovecha para escribir informes en los que quiere dejar constancia de la memoria de millones de animales que mueren a diario sin que quede rastro alguno de su existencia. Impresionante relato el de 'El matadero de cristal', cargado de hondas reflexiones sobre los derechos de los animales, la animalidad de los humanos y la humanidad de los animales.