Entre Allan Poe y José María Merino

Un conjunto de hermosos relatos que hacen honor a lo mejor de la tradición del realismo mágico

JOSÉ BELMONTE

En los últimos tres años, Antonio Soto Alcón, el autor de 'Lolitas', uno de los libros más deliciosos e impactantes de la literatura del último cuarto de siglo, el que fuera ganador en su día del prestigioso Premio Dionisia García que convoca anualmente la Universidad de Murcia, conocido pintor e ilustrador, ha sacado a la luz tres obras que no ha dejado indiferente a nadie. El primer lugar, 'La sombra de Arthur', con todo ese enorme despliegue de ironía y humor ácido y que ha merecido ser distinguido como Libro del Año en la Región de Murcia; y, a continuación, poco tiempo después, 'Los perros del mundo también amamos', un libro repleto de encanto y nostalgia, con poemas de enorme mérito, en donde el lector percibe sobre su propia piel la fina lluvia parisina y el aroma del café de esos garitos en donde, a finales del XIX, polemizaron los grandes parnasianos y los simbolistas.

'El meditador del tiempo' es su primer libro de relatos. La primera incursión de Antonio Soto en el mundo de la narrativa. No son, sin embargo, cuentos al uso, de los llamados tradicionales. Y tiene su lógica. Un escritor como él, acostumbrado al ritmo y a la música de la poesía, se halla felizmente contagiado de este género y aborda la prosa desde parámetros propios del verso. Y eso que gana el lector, y también la literatura. 'El meditador del tiempo' es un conjunto de relatos a los que se les ha extraído todo lo que pueda tener de superficial y prescindible este género y se ha recurrido únicamente a la más pura esencia. El resultado no puede ser más brillante. Como en los buenos libros de poesía que el propio Soto Alcón nos ha regalado en los veinte años que lleva en el oficio, 'El meditador del tiempo' se caracteriza por su unidad interna, por la continuidad, a lo largo de sus páginas, de un mismo tono, de un mismo ritmo que nos mantiene siempre atentos y despiertos. No se renuncia, no obstante, a lo que siempre ha resultado esencial en un cuento: su capacidad de asombro, su sorpresa, basada, en muchas ocasiones, en la presencia de elementos fantásticos y maravillosos próximos al más puro estilo del realismo mágico. De ahí que podamos decir, sin temor a equivocarnos, que los padres de estas meditaciones sean escritores como Edgar Allan Poe, Franz Kafka, Óscar Wilde, Jorge Luis Borges y, acaso en menor medida, García Márquez, Julio Cortázar y quizá alguno de los nuestros, como Javier Tomeo, José María Merino y Luis Mateo Díez. El resultado es, en definitiva, una prosa repleta de lirismo, y unos relatos, cuentos, reflexiones, meditaciones o como cada uno quiera llamarlos, de una extraordinaria belleza.

 

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