Peluqueros y 'pelucandos'

Todo lo que escribe Landero es un primor. Desde que a finales de los ochenta publicara su inolvidable y canónica 'Juegos de la edad tardía', el escritor de Alburquerque ha contado sus apariciones en el mundo editorial por éxitos

JOSÉ BELMONTE

Todo lo que escribe Landero es un primor. Desde que a finales de los ochenta publicara su inolvidable y canónica 'Juegos de la edad tardía', el escritor de Alburquerque ha contado sus apariciones en el mundo editorial por éxitos. Y no tanto porque haya vendido decenas de miles libros -que también-, sino, sobre todo, porque ha hecho las delicias de los lectores y ha contentado a la mayor parte de la crítica más exigente con ese estilo tan personal, único e intransferible, del que siempre hace gala, que lo acerca a las doctrinas cervantinas y, más próximo a nosotros, a los predicamentos del mismísimo Galdós, que estaría encantado de tenerlo como aventajado discípulo.

En 'El balcón en invierno' ya se intuía, en buena medida, su última y flamante novela, 'La vida negociable'. En aquella, a caballo entre lo autobiográfico y la más pura ficción, aparece, por ejemplo, el primo Paco, polifacético y afanoso personaje «versado en misterios», que jamás se cansa de soñar y vivir. Es, sin duda, el precedente de nuestro Hugo Bayo, que vive intensamente los últimos vestigios de su niñez, que sabe sacarle la enjundia a un secreto que sólo comparte con su madre, y que, poco a poco, en su paso por la vida, va entendiendo finalmente aquellas palabras de su padre, quien le aseguraba que todo es negociable, hasta los sueños y las ilusiones. Landero crea, al menos, media docena de personajes de muy hondo calado. Personajes que sólo pueden salir de su pluma, como Leo, la «desligachada», feúcha y excéntrica muchacha que se convierte en pareja de Hugo, una rara pareja que, como se anuncia en estas páginas, semeja &ldquoel cocinero y el grumete de un barco fantasma&rdquo. O los peluqueros y los 'pelucandos' (vocablo que inventa Landero) que aparecen en estos capítulos en los que apenas hay referencias al tiempo de la acción ni al espacio, ni falta que hace. En definitiva, un Landero puro, marca de la casa, de escritura cálida y verbo fluido que parece contar sus historias al amor de la lumbre.

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